• Sept. 11, 2013, media noche

 

 

En días pasados, en el artículo “Qué difícil es decir lo siento” (El Nuevo Diario, 06-09-2013), el Sr. Juan Abea Guerrero llama la atención en la necesidad de rescatar los acontecimientos de los años ochenta, papel que según su criterio deberían asumirlo -con carácter urgente- los principales protagonistas. También insiste Abea en que las obras concluidas deben ser objeto de una ponderada discusión colectiva.

A pesar de estos aciertos, Abea, quizás por desconocimiento, enfila contra la historia y los historiadores, presentando aristas negativas de los mismos, reciclando una ligera y vieja opinión que hizo en su tiempo el poeta Manolo Cuadra Vega. Pero esta afirmación, equívoca del articulista, nos presenta la oportunidad de puntualizar algunas aclaraciones o exteriorizar puntos de vista que queremos compartir con los lectores de END.

Para la reconstrucción de determinados acontecimientos y en particular los recientes, es de singular importancia el uso de las fuentes orales, es decir protagonistas o testimoniantes directos. Debe recordarse que la tradición oral antecedió a la palabra escrita. Pero también la experiencia ha demostrado el cuidado que se debe tener con las fuentes orales. Es aquí donde juegan un papel muy importante los especialistas y donde no se debe desechar la labor de los historiadores sin comillas.

Los prejuicios contra la historia como narrativa -y no como ciencia- pudieron haber sido alimentados por intelectuales como Manolo, en una época de escaso desarrollo de la disciplina; tiempo en que, quienes asumían la enseñanza y la publicación de textos de historia eran profesionales de otras carreras o empíricos aficionados, a quienes se le atribuía el título de historiadores. No fue sino hasta en los años ochenta del siglo XX, que llegaron al país o retornaron tras un proceso de especialización (como el caso del Dr. Germán Romero), los primeros profesionales en este campo.

A nivel internacional se lograron importantes avances desde la década de los años 30, en que se produjo una evolución sustancial en las distintas Escuelas de Historia, con el remozamiento teórico, el acceso a nuevas técnicas, métodos y el encuentro con otras disciplinas científicas. En Nicaragua el desarrollo de la historia como ciencia es muy reciente, sobre todo a partir de la década de 1990, en que una nueva cantera de estudiosos, provenientes de carreras similares, iniciaron un proceso de profesionalización y actualización.

Válido es destacar que en varios eventos científicos, como los congresos centroamericanos, Nicaragua ha estado representada con ponentes que han dado a conocer sus avances investigativos. Existen además instituciones como la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua (AGHN), que aglutina no solo a historiadores, sino también a otros profesionales interesados en el conocimiento y difusión de la historia del país. A esto podría agregarse la reciente fundación de una Escuela de Historia en la UNAN-Managua.

Tal condición no excluye que la reconstrucción de los acontecimientos tengan que realizarla precisamente los historiadores profesionales. Muchas publicaciones que son referencia obligatoria para el conocimiento de la historia contemporánea, han sido realizadas por protagonistas de los acontecimientos o estudiosos de los mismos. En esta línea se pueden mencionar: “Entre Sandino y Fonseca”, de Jesús Miguel Blandón; “La Epopeya de la Insurrección”, y “La Odisea por Nicaragua”, de Humberto Ortega Saavedra, y “Memorias de la lucha Sandinista”, de Mónica Baltodano.

Coincidiendo con Abea, afirmamos que sería ideal que los principales involucrados en los sucesos recientes dieran a conocer su propia versión de los hechos, esto con independencia de la posición que ostentaron en esos momentos.

Finalmente, hemos de señalar que en la profesión histórica existen muchas dificultades que superar. No todos los centros y departamentos especializados están dirigidos precisamente por historiadores o investigadores, ni todos los llamados académicos reúnen esta condición. A pesar de que hay mucho que hacer en el campo investigativo, los pocos historiadores carecen de espacios laborales y al menos la mitad de ellos han tenido que emigrar del país.

También encuentran serias dificultades para publicar sus obras. Si bien existen asociaciones como las mencionadas, se carece de cohesión y proyección colectiva. Un excesivo sectarismo que dificulta una posición de bloque para incidir en direcciones como la actualización de la enseñanza de la historia en el país. Estas son, entre otras, las trabas que deberán ser superadas, por otras generaciones de individuos que visualicen con la debida objetividad la importancia de esta disciplina científica.

* Historiador y escritor. Unidad de Servicios Bibliotecarios y Proyección Social del BCN.

 

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