• Sept. 27, 2013, media noche

Una casualidad es un acontecimiento fortuito, una combinación de circunstancias que pareciesen relacionadas y poco probables de suceder. Un ejemplo que ilustra es el de los presidentes número dos y tres de los Estados Unidos de América. Según una biografía de David MacCullough sobre la vida de John Adams, el segundo presidente de ese país, Adams y Thomas Jefferson fueron las figuras más importantes en la declaración de independencia de los EE.UU. (junto a Benjamin Franklin).

Jefferson la escribió y Adams la revisó y convenció al congreso continental que la firmara. Ambos sirvieron de embajadores plenipotenciarios en Europa y entablaron una gran amistad. Pero al no aceptar el presidente George Washington una segunda reelección (algo insólito por estas latitudes), la competencia por la sucesión, que ganó Adams, quebrantó la amistad entre ambos.

Como era costumbre en esa época, Jefferson quedó de segundo en la votación y por lo tanto asumió la Vicepresidencia, desde donde lideró una férrea oposición a su examigo el presidente Adams. Jefferson tomó desquite y le venció en las presidenciales de 1800.

Ya retirados de la política, ambos resumieron su amistad a través de cartas y he aquí el dato curioso: En una de esas grandes “casualidades” de la vida, en la mañana del 4 de julio de 1826, día en que celebraban los 50 años de la independencia, sus grandes gestores fallecían, Jefferson a la 1:00 de la tarde y Adams a las 6:20 pm.

Este tipo de eventos “casuales” fue bautizado por Carl Gustav Jung como “sincronicidad”, por ser una experiencia de dos o más eventos significativamente relacionados, sucediendo de manera conjunta. Para Jung, la vida no es una serie de acontecimientos al azar, sino la expresión de un orden más profundo; cada evento fortuito tiene su razón de ser. Esta teorización está basada, en parte, en el fenómeno descrito en la física cuántica como “entrelazamiento” (entanglement).

Cuando dos moléculas están “entrelazadas”, la una con la otra, tienen una conexión peculiar. Podemos separarlas y ubicarlas en diferentes partes del universo, y si nosotros actuamos sobre una de ellas, esto afectará instantáneamente a la otra. Einstein le llamó “spooky actions” (actuaciones misteriosas) y nunca se subscribió a esta interpretación, pero todos los experimentos efectuados desde su surgimiento lo confirman.

Como todo en el universo ha interactuado de alguna forma u otra desde el “Big Bang”, entonces, en principio, todo está entrelazado. De ser así, los eventos que describimos como coincidencias, podrían ser el resultado de algo armónicamente diseñado y la causalidad no tendría cabida. ¿Hace sentido?

Para Stephen Hawking, el diseño de todo lo que existe en el universo viene determinado por un conjunto de leyes que existen porque son “las únicas leyes que tienen consistencia lógica”.

Para el matemático y físico inglés, sir Roger Pemrose, “el universo tiene un propósito, no es de alguna manera que está ahí por casualidad... Hay algo mucho más profundo al respecto”.

¿Usted qué opina? ¿Será que todo lo que existe tiene una razón de ser o simplemente evoluciona en función de unas leyes físicas propias del universo? Para Paul Davis, físico de la Universidad del Estado de Arizona, hay una verdad incómoda para la comunidad científica, porque esta ha estado descubriendo leyes de la naturaleza sumamente “convenientes” y “necesarias” para la existencia de la vida y la conciencia, y si cambiáramos “cualquiera de ellas, las consecuencias serían letales…”

 

* Economista.

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