• Oct. 2, 2013, media noche

 

 

Recientemente le presté dinero a una amiga, y tres semanas después, ¡me enteré que andaba de crucero! Tal vez sus planes de viaje fueron hechos antes de que hiciera el préstamo, pero no pude evitar sentir que yo fui quien pagó cada piña colada que se tomó en las Bahamas. Desde entonces, no me siento igual con ella. Y es que la mezcla del dinero y la amistad es la receta perfecta para arruinar una relación.

En momentos en que la economía está difícil, es común que alguno de tus amigos, al igual que a mi, te diga desesperado: “Ay, que pena me da molestarte, pero estoy en un aprieto, ¿me podrías prestar un dinerito?”

Si te encuentras en esta situación, antes de meterte la mano al bolsillo, considera lo siguiente: primero evalúa qué tipo de amistad tienes con esta persona. ¿Le conoces por mucho tiempo? Te advierto que si apenas lo conoces y se atreve a pedirte dinero es porque seguramente ya le pidió a todo el vecindario, ¡y hasta a la prima más lejana!

Segundo, si es alguien serio en quien puedes confiar, calcula si puedes sufragar la pérdida, es decir, jamás comprometas el dinero del pagaré de tu auto o la renta, aunque te digan: “te lo devuelvo rapidito”. Pregúntate, ¿sino me paga, luego me veré pidiendo yo?

 

A nadie le gusta prestar, no obstante, es duro decir no a un amigo, especialmente si sabes que lo necesita. Sin embargo, antes de desembolsar delinea un plan de pago detallado para evitar malentendidos. Ten en cuenta que aún con un contrato firmado, no eres banco, si no te paga la única solución es decirle adiós a ese amigo.

Si sospechas que este préstamo puede arruinar la amistad, una buena estrategia para evitar ser prestamista, es decir: “tuve una mala experiencia en el pasado y a consecuencia una larga amistad terminó. Desde entonces, establecí la regla de no prestar dinero, ¿hay otra forma en la que te pueda ayudar?”.

Y si ya prestaste dinero y el deudor “se está haciendo el loco”, no tengas miedo de pedir lo que es tuyo, quien tiene la confianza para pedir, no tiene que ofenderse porque le cobres. Recuérdale el dicho: “¡cuentas claras, amistades largas!”.

 

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