• Oct. 4, 2013, media noche

 

 

El motivo o estímulo para este artículo es, en primer lugar, el hecho de ser padre de seis hijos (entre 35 y 19 años); en segundo lugar el ser médico y atender en mi práctica diaria a muchos jóvenes con ETS y afecciones ligadas al sexo y finalmente el hecho de estar convencido que a pesar de que los jóvenes de hoy saben más que mis padres o yo a su edad, en general están mal informados o lo peor mal informados acerca de la sexualidad y sus consecuencias.

Es entre la pubertad y la adolescencia, en que realmente se inicia la toma de conciencia de los cambios biológicos, físicos y sicológicos de la sexualidad y las necesidades derivadas de la misma.

El hecho real de que en la adolescencia y la juventud estamos con las hormonas a su capacidad, tenemos que aceptar que las relaciones sexuales son algo normal y nada anormal. Pero por ello, es un deber y una obligación el educar a nuestra población para que lleven una vida sexual sana, evitando conductas de sexualidad peligrosas y promiscuas, y llegar con el tiempo a una vida sexual plena y en pareja.

A lo largo de la historia educativa en nuestro país se ha intentado llevar como materia la educación sexual, encontrando siempre algo o alguien que lo obstaculice en nombre de la moralidad, la ética, la religión, el pudor, etc. Todas excusas para no enfrentar algo que es real y no se puede ocultar; somos seres sexuados y con derecho a conocer cómo llevar a cabo una sexualidad consciente, lógica, sin riesgos, sin mitos, sin tabúes y sin doble moral. Hoy estoy más claro de que la sociedad está ávida de conocimientos sobre la sexualidad, ávida de nuevos modelos de enseñanza y abrirse a nuevos horizontes descarnados del oscuro pasado de tabú y pecado.

No es sencillo abordar el tema de cómo los jóvenes llegan al sexo en estos días, cómo se relacionan con el hecho de ser capaces de tener sexo, cómo lo han idealizado e imaginado y aún más difícil, cómo lo llevan a cabo. Esto supone abrir una caja de sorpresas en donde están encerrados sus temores, sus valores familiares, sus dudas y expectativas y sus supuestas creencias.

Hay un hecho real, y es que no se concibe una relación en la pareja si esta no conlleva al sexo, ya que se considera que es lo normal y lógico.

Los jóvenes piensan (con razón) que el sexo los ayuda a conocerse mejor, y que es la manera sublime del amor la consumación de este a través del sexo. Es tanto así, que el hecho de no tener sexo implica de inmediato que ya no hay amor o deterioro de la relación de pareja.

El amor juvenil por otro lado, es impulsivo, más hormonal que lógico, es más intenso en el plano sexual que en el sentimental, es menos comprometido pues se asume como un hecho de que dicha práctica es parte de su crecimiento y desarrollo, así como el de conocer diferentes parejas en busca de la que será su “pareja definitiva”. Esto implica que el joven está en una búsqueda incesante e incansable de sexo-amor para tomar experiencia y luego formalizar su vida. ¿Se oye bonito no? En este corto o largo trajinar es cuando el joven sin una educación sexual adecuada podrá o no salir invicto de “esta autoformación”. Aquí es cuando ocurren la mayor cantidad de contagios de ETS, embarazos no deseados, abortos, matrimonios forzados y por ende divorcios tempranos, frustraciones laborales, profesionales y de vida. Por otro lado, en la juventud el sexo es una fuente de placer y diversión sin responsabilidad o al menos sin la intención; y es más de parte de los varones que de las mujeres. Los jóvenes no quieren sentirse atrapados o amarrados a ningún sentimiento de responsabilidad o compromiso y lo inmediato es meramente saciar sus deseos e instintos.

Es por ello una relativa diferencia en la manera de ver el sexo por género; los muchachos encuentran el sexo placentero, divertido, sin ataduras de ningún tipo, incluso sentimentales y las muchachas involucran más los sentimientos, el enamoramiento y apego a la pareja (estable o no), tienden a crear nexos y cierto grado de dependencia emocional y el sexo aunque es divertido y placentero, es solo una parte de la relación.

Hay que tener en cuenta que dada la activa vida social de los jóvenes, bares, discos, clubes, fiestas, etc., todas ellas son ambientes en que el alcohol (drogas) y el sexo están en el aire permanentemente de manera más o menos explícita, pero que por lo general siempre lo uno lleva de manera directa al sexo. Y por desgracia, no estaremos ahí para poder controlar y/o evitar que esto ocurra.

Antes de que nuestros jóvenes entren en la vorágine hormonosexual, en donde como padres, docentes y médicos, debemos darles la información adecuada para que en realidad tengan una sexualidad sana, normal, con la menor cantidad de riesgos y tengan una vida futura con más calidad.

En conclusión, tenemos que ir cambiando nuestra mentalidad a un siglo nuevo en todos los aspectos, sin caer en la vulgaridad, la pornografía, el deterioro de los valores sociales y familiares ni la promiscuidad; queramos o no, nuestros jóvenes tendrán sexo, NO pedirán permiso NI nos lo dirán al día siguiente. Por tanto, ¿cuál es nuestra misión? Darles las herramientas (conocimientos) de qué es la sexualidad, qué es el sexo (no es hacer el amor), cuáles son las consecuencias de una sexualidad sin protección y las secuelas en sus vidas y la de esos hijos o deseados o las secuelas de ETS a corto, mediano y largo plazo. Es YA que hay que empezar por casa primero y en los colegios y nuestras consultas médicas, a cambiar esos modelos antiguos, oscurantistas y retrógrados, de ver y hablar de la sexualidad y el sexo.

 

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