• Ago. 6, 2007, 3:41 p.m.

Tengo un amigo de secundaria que sostiene que si una comida no le hace daño, no sirvió para él. Y vieran como sufre después de saborear un nacatamal… Por eso no comparto su opinión, pues creo firmemente que hay que comer para vivir, y no vivir para comer.
Nuestro país ya no es ajeno a esa plaga mundial que se llama obesidad y todos los problemas de salud que acarrea tal fenómeno, aunque irónicamente estemos en el mapa de la pobreza. La verdad es que comer bien no significa “pegarse atracones”, ni alimentarse con frituras y dulces y beber gaseosa en vez de agua.
Uno de los problemas más frecuentes que viene de la mano de la plaga de obesidad, es la diabetes. Recientemente leí que el porcentaje de diabéticos en Nicaragua es del diez por ciento en la población general, aunque es probable que exista un sub registro que doble o triplique la cifra.
Lo alarmante es que mientras se dan a conocer esos índices, más y más niños caen en este mal que convierte a las personas en dependientes de medicamentos de por vida, y los pone ante la inminencia de sufrir cualquier descompensación en su salud.
Muchos niños diabéticos, no precisamente en Nicaragua, son víctimas de la alimentación “chatarra” que sus padres acostumbran, de modo que para ellos es impensable una piñata, un feriado o un día de pago de sus papás, sin la pizza, el pollo rostizado, la hamburguesa y la gaseosa.
Bien, cada quien cría a sus hijos a como mejor le parezca. Yo por mi parte prefiero no atiborrar mi dieta ni la de mi familia, con esos alimentos tan dañinos, aunque un “pecado” de vez en cuando cualquiera se lo puede permitir.
Por casualidad
El año pasado, por una casualidad, el ginecólogo me mandó a hacer exámenes completos de sangre y ¡zas! fui diagnosticada diabética del tipo 2, o sea, que no soy insulinodependiente.
Me pareció una ironía de la vida, que yo, siendo una persona activa, que hace ejercicio desde que tenía 20 años, sólo tengo un hijo y nunca ha caído en la obesidad, haya sido “premiada” con tal condición.
No me afligió, porque he visto muchos casos de diabéticos que conservan su salud, cuidándose su medicación y sus alimentos. Continúo mi rutina, pero al no traer comida de mi casa, por cuestión de tiempo o de múltiples obligaciones, opto por comprar en las cercanías de mi centro de trabajo.
Y allí vienen mis líos. Con la comida puedo escoger entre varias opciones, las menos grasosas, por supuesto, que sirven en cualquier punto. Pero con el refresco sólo me queda la opción de beber agua, pero creánme que me hace falta algún refresco, quizá no diario, pero sí de vez en cuando.
Del año pasado para estas fechas he podido constatar que son pocos los establecimientos de precios populares donde se venden sodas dietéticas. Ya no digamos que vendan refrescos preparados en el mismo local, porque la costumbre del nica es abusar del azúcar refinada, de modo que al fondo del vaso siempre queda una gruesa capa del endulzante.
El colmo es que cuando deseo refrescarme con una soda simple –la popular Ensa—, para sentir algo diferente al agua, ésta bebida tampoco aparece en el menú. He sugerido a las personas que atienden esos negocios que piensen en los clientes que no podemos consumir algunos de sus productos.
Sin ser negativa, puedo augurar que nuestro camino hacia la obesidad, la diabetes y la hipertensión es inexorable, sobre todo en las ciudades, casi opuesto a los municipios donde se sufre de hambre.
 
Creo que ese diez por ciento de diabéticos oficialmente registrados debemos ser tomados en cuenta por el mercado, sobre todo en los establecimientos populares, pues requerimos de servicios y los pagamos.

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