• Mayo 1, 2008, 9:16 a.m.
(La verdad y los media)

Siempre que muere una gran estrella de cine como Marlon Brando, Audrey Hepburn, Charles Bronson, Marcello Mastroianni, Katharine Hepburn y otros, las personas de mi generación sienten la partida de unos conocidos que, a pesar de no hablarles nunca, siempre los escuchamos. Esa despedida de algo, son los sueños que tuvimos al dejarnos seducir por las propuestas narrativas en que estos hombres y mujeres se inscribían para agradarnos. Esos guiones (reflejo y fantasía de la propia vida), al mismo tiempo que las lecturas, formaron nuestros horizontes de sentido, crecieron con nosotros y los vimos independizarse hasta cobrar conciencia de su propia fuerza (reflejo y fantasía de sí mismos) y lo que antes obtuvieron por un encanto inocente ahora lo adquieren por una seducción perversa. Antes eran servidores de todos los poderes, ahora son el poder mismo; antes eran medios, ahora son fines.

Frente a los medios, por principio y en general, uno debe acercarse con la misma cautela empleada al rodear las inmensas plastas de mierda que uno encuentra en las aceras de las grandes ciudades como Nueva York. No la conozco y creo que ya no podré hacerlo en mi vida, pero desde que Robert de Niro se llenó los zapatos de ella, caminando con Liza Minelli, jamás he dejado de imaginarla de ese modo. Devuelvo así un pequeño obsequio a quien me enseñó a fabricarlos.

A los medios hay que acercarse con la desconfianza más grande del mundo. ¿A quiénes representan los medios de comunicación? Es una pregunta tan legítima como la que todos nos hacemos con respecto a los diputados de la Asamblea Nacional. ¿En nombre de quiénes hablan los medios, de dónde les llega su poder?

Hablan en nombre de una "opinión pública" (parecida al "lector ideal" de los estructuralistas) que no es más que la imagen (y agenda) que ellos mismos se han encargado de fabricar por el poder oculto e invisibilizado de su tenencia (ya no fija y hereditaria como antes) sino volátil, temporal y cambiante, pero también devuelta por el crédito, y a veces el silencio de alguno sectores sociales, que se ignoran como cómplices y víctimas a un tiempo de una estrategia en la que ellos mismos son el objeto.
¿Por qué decimos "lo leí en el periódico", "lo oí en la radio", "lo miré en la tele o en Internet", como si el medio, y no su contenido, fuera una prueba de verdad? El doble propósito, informar y ser soporte de verdad, cosas distintas hasta hace poco, por la conciencia del poder que los medios han tenido de sí mismos, se convierten ahora en uno: poseer la "verdad" primero e imponerla, después.

Antes los medios buscaban la verdad, ahora la verdad son ellos mismos, convirtiéndose literalmente en fines y esa es la fuente de su poder actual. Su mejor truco (viejo desde Aristóteles) es inventarse dos extremos odiosos y colocarse en el centro para parecer no sólo objetivos, sino neutrales e inteligentes. Situados por encima de las controversias que ellos encierran, y a las que nos invitan en nombre de la libertad de un pensamiento y una tolerancia que casi ninguno practicamos, y que les alimenta, se apoderan de una verdad que después nos imponen en forma de agenda que responda a sus intereses, generalmente compartidos con los viejos poderes (incluyendo aquellos que quieren cambiar el mundo).

Como se ve, este ya no será el reino de la verdad, sino del poder; no será el de una búsqueda abnegada, sino el de los intereses más implacables.

¿Puede decirse la verdad en cuatro cuartillas o en cinco minutos? Los Cioran o los Galeanos que, en pocas palabras, pueden decir grandes verdades o mentiras, que es la misma cosa para los medios; o los que han nacido para las cámaras y los micrófonos, que nos hacen creer lo que dicen, son la excepción. La norma es que es imposible explicar y confrontar verdades tan complejas y profundas en cuatro cuartillas (a veces un libro es insuficiente para una verdad ) o una demostración audiovisual en cinco minutos, cuando mil imágenes no pueden ilustrar una fórmula o revelar un misterio. Los testimonios audiovisuales sobre el conocimiento tienen algo de falso y ligero que les viene de su formato, no de sus deficiencias.
La tiranía en la prensa escrita es el espacio (cuartillas máximo); en la radio y la TV, el tiempo (minutos máximo), tal como los límites del pensamiento son la memoria y los del mundo, el lenguaje. Cada formato de comunicación, desde que es un recorte de la realidad, tiene su propia censura. En todos ellos, su propio formato es una excusa técnica para censurar o no ver la realidad misma sin mediaciones. No podemos decir una verdad en cuatro cuartillas; no podemos convencer a nadie en cinco minutos; no podemos ver el presente desde el pasado y no podemos comprender el mundo más allá del lenguaje. Cada límite es el poder real de cada uno de ellos. Y el que los quiere romper tiene que pagar su atrevimiento, escribiendo su propio libro, su propio blog o website; hablando fuera de cámaras y micrófonos el tiempo que quiera; mirando el presente "como es" hasta enloquecer o inventando mundos desde los silencios.
La verdad se pierde en las épocas de decadencia y nos ilusiona en las de crisis, cuando creemos reencontrarla. Quizás le debamos a los medios, la ilusión con que se presentan ellos mismos como herederos del bien común, con el que nos engañaron en su momento, iglesias y partidos. Ya forman parte, como los mejores oferentes, del infierno de salvadores que es toda sociedad moderna.

Uno es lo que el otro diga que "es", a condición que ese "otro" cuente con un poder de componer imaginarios, multiplicarlos, e imponerlos por medio de la fuerza, la demostración, la persuasión, la repetición, la fascinación, la seducción, el placer, la recompensa, el simulacro y la alteración. Derrotar esos imaginarios todos los días sin sustituirlos por otros es una opción posible sin ser obligatoria. Es destruir el invento de los "otros" para regresar a nuestro estado líquido, como ese enemigo platinado del Exterminador II que "muere", al final, confundido con el magma caliente de donde procede.

Así, pues, como la verdad es un efecto de poder de fuentes (los medios, las iglesias, la cultura, los libros, el sentido común) que lo componen como un imaginario (el lector ideal, el capitalismo, el proletariado, la globalización, el movimiento de mujeres, el poder, el "oriental", "el nica", el "tico", el "negro", el "discapacitado", el "imaginario" mismo, etc), la devolución que hacen de él los subalternos nos mantiene en medio de una relación no verdadera que, aun los que no crean en ella, la siguen como si lo fuera. El "como si", es el parecer (el ser hoy), el simulacro, el dasein de nuestros tiempos.
Tenemos el deber de divertirnos, como en efecto nos sugiere Slavoj Zizek, y esto hace que no estemos en ninguna época del derecho, que es la ilusión del poder, sino en otra forma de obediencia: la del consumo y la publicidad.

¿Rousseau era el que decía que había que transformar la fuerza en derecho y la obediencia en deber? El deber de los demás es lo único que existe para el poder; el derecho, es la ilusión de poseerlo de quienes aún no lo han alcanzado. El poder deviene así placer. Es el eje de derechos y deberes. Placer es el nombre verdadero que el poder actual le ha designado a la libertad que sólo el goza en exclusiva. Poco se sabe, en este sentido, que la misma bandera emancipatoria en algún momento, corto pero intenso, cobijó simultáneamente a Robespierre (la virtud) y a Sade (el vicio) en un abrazo, acaso, sodomita.

A partir de una de las tetas de Janet Jackson, los norteamericanos empezaron a enterarse, algo que ya sabemos los especialistas en el juego del poder, que están viendo todo cinco minutos más tarde. Es decir, están viendo ediciones, censuras del poder, límites de formatos, cortes y rearticulaciones de cintas.

Habría que ser como Austin Powers, en aquel doblaje de sí mismo en el que uno, el original, vive en el presente y el otro, cinco minutos después, donde el uno le está diciendo al otro lo que le ocurrirá en los momentos siguientes, para conocer la verdad. Tal fantasía, sin duda, por el momento, no se las dejará probar el sistema norteamericano al "gringuito" medio. Pero al menos sabemos que reinan las películas y que han terminado por sustituir a una realidad que la obligan a parecérseles.

La temática occidental, incluso, está repitiendo viejos tópicos una y otra vez a través de las películas. Ahora para salir del atolladero algunos autores (desde sus background ) están refundando todo el sentido de su cultura partiendo de las películas cinematográficas, clásicas o no, y están diciendo las mismas cosas de nuevo. Es el poder del nuevo formato pero con la colaboración y la servidumbre taimada del viejo. Ya la Odisea, la Ilíada y la Biblia no son nuestros textos fundantes, si no sirvientas para comprender las propuestas narrativas de mejor manera en las películas clásicas de Welles, Hitchcock, Fellini, Buñuel, Eisenstein; o en las más nuevas de Altman, Schelessinger, Forman, Coppola, Sordenberg, Cameron, Lucas y Spielberg; o las rebeldes de Lee, Tarantino, Stone y Moore.

Incluso, los intelectuales de hoy no podemos escribir nada sino estamos sirviéndonos insistentemente, para hacernos entender por "lectores ideales", de películas baratas y estúpidas, pero universales y casi obligatorias para todos.

Los medios, como una pantalla, pueden soportar todo tipo de imágenes, sonidos o escrituras, pero ella se cree blanca, como la "verdad", sin prejuicios, sin pasiones, inmutable, eterna. Se creyó su imaginario multiplicado por su propio poder. La sabiduría del tipo "si un problema tiene solución, por qué preocuparnos, y si no la tiene del todo, por qué, también, preocuparnos", ellos, al revés, la invierten al mantenernos preocupados todo el tiempo, porque de eso viven.

Estoy seguro que, aunque sea falso todo lo que he dicho aquí, equivocado o impreciso, por el sólo hecho de publicarlo en un medio, le agrego valor, separándome del número (la masa), y aumentando una "posibilidad de verdad" que no puede determinar, y que sin embargo lo hace, un medio. Pero, sobre todo, al margen que otro con justicia o sin ella, me corrija, e incluso que yo lo acepte, quien sale ganando y a quien fortalecemos, tanto el postor como el opositor, es al medio y así le conferimos un poder que lo sitúa por encima del bien y del mal, con la misma lógica y truco que ya vimos en las religiones primero, en el nacionalismo, en las ideologías y en la política, después: la ilusión que compartimos con otros u otras, una narración que en verdad sólo la domina una fuente compositora de imaginarios vivos y elásticos.

De aquí su ambigüedad, su efecto, como comunicación y como verdad. No importa el contenido, sino el medio.

Quizás la esperanza de los editoriales de los medios escritos vayan dirigidos a los otros medios y no a la opinión pública (sólo el 9 por ciento de personas en Nicaragua lee periódicos regularmente), con la esperanza de que recojan su agenda. No es pues como imaginaba Mac Luhan que el medio es el mensaje, sino más todavía: es la "verdad". De esta posesión, le viene su enlace y herencia de las tradiciones en retirada y descrédito. Los medios han recogido la antorcha.

El capitalismo, igual que los medios, es capaz de comprar y vender sus miserias en la bolsa de valores, como las deudas externas que él mismo produce; de no ocultar, como antes, que sus mercancías son caras, como aquella publicidad de un Whiskey que, por medio del horror de una muchacha que acaba de quebrar una botella, se pregunta "¿parece caro, verdad?" Y se contesta un imbécil fuera de cámaras: "lo es"; o como las universidades, en el mismo momento en que nos dicen que el conocimiento es el poder de mayor calidad, son las fábricas más productivas de la época, con más productos (para el desempleo) por metro cuadrado, que cualquier otra firma comercial.

Ahora el capitalismo en su decadencia ha unido su boca, como los fetos, a su culo. Uno no sabe en consecuencia, con la publicidad por ejemplo, si defeca o vomita, si crea o destruye, si vive o muere, si empieza o termina. Si hay que combatirlo o acompañarlo. Es un círculo perfecto que se cierra para repetirse desde cualquier punto.

Como sabemos, el discurso de la pobreza generó su contrario, el neoliberalismo, que es desde el cual lo humilla y se burla. Ahora, al estar reviviendo el discurso sobre la pobreza, de nuevo, sólo le quedan dos caminos a los que lo replantean: romper todo el viejo sentido u ofrecer más de lo mismo. Pero en este segundo efecto, lo que lo hace seductor, aquí la diferencia, es su acogida por los medios y así le transmite una dimensión nueva. No es lo mismo volver a hacer las viejas promesas emancipadoras a los pobres de siempre, desde una plaza pública o por medio de la miserable prensa partidaria, que hacerlo desde la televisión. Pero tienen que pagar un precio: su servidumbre a los medios. Ellos son los que hoy pueden buscar a los viejos poderes y negociar su lugar en las agendas en condiciones siempre favorables para los medios. Tiene razón uno de ellos cuando dice "nada de lo que sucede fuera de la televisión, existe". Pero lo cierto es que todo lo verdaderamente importante está fuera de ella, no sólo como medio, sino, sobre todo, como poder.

Podemos decir, asumiendo el poder de los medios, que la realidad es otra narración más. ¿Cómo podemos distinguir la diferencia? ¿Cómo podemos saber que nuestra realidad no es una película si nos morimos porque lo sea? ¿No hay semejanza narrativa con las películas o telenovelas de cualquier tipo en esa imagen que tenemos de nuestras vidas donde somos especie de héroes (como unos Brad Pitt trompudos) o heroínas (como unas Nicole Kidman "con mondongos") avanzando en medio de las humillaciones de los triunfadores o de las miserias de la cotidianidad? Una película es capaz de ofrecernos dentro de ella, como sabemos por varios ejemplos, guiones que nos engañen con dos, tres y hasta 10 films en uno. ¿Cómo podemos distinguir que nuestro presente no es uno de ellos?. ¿No estuvimos hasta hace poco dentro de un peplum hegeliano llamado Historia? ¿Cómo separar la pantalla blanca, distinta de la que se creen los medios, y la que de verdad somos, de las tramas de todo tipo que vemos rodar a través de ella? ¿Cómo no quemarnos, como las pantallas, si las secuencias son sobre fuego y cómo no mojarnos, si lo son sobre aguas?

Imaginen cómo estaré de atrapado en este discurso, que para romper con la credibilidad en los medios (pero no desde las tradiciones apocalípticas y simples del marxismo bárbaro) tenga que hablar dentro de ellos y corro el riesgo, más bien, de fortalecerlos, si le acordamos crédito a lo que he venido sosteniendo. ¿Entonces, se puede hacer algo contra ellos? En el sentido de ocuparlos para destruirlos (como decía el primer Wittgenstein de la lógica) y, con ello, para enlazarlo con el segundo Wittgenstein sobre el lenguaje, descubrir el uso de los medios como su significado, quizás, pero con el riesgo mencionado.

Hay, sin embargo, otras maneras de ignorarlos: hablar frente a frente, por ejemplo; suspender el juicio sobre todo lo que dicen y pasan los medios, con la misma indiferencia de una actriz mundial frente a los correos electrónicos de sus fans; efectuar foros sin la presencia de los medios; pasar de mano en mano las cosas que escribimos; bajarse los pantalones y descargar, desde la oscuridad de sala de cine en la que nos movemos, la más armoniosa de las flatulencias, como un Vivaldi ventolero ejecutando -- suéltala DJ -- desde sus esfínteres "Las Cuatro Estaciones", contra esa pantalla gigantesca que es el sistema y que ya cubre todo el planeta -- para usar la imagen maravillosa de Ramiro Arguello a quien me honro en citar-- "como las pinturas Sherwin Williams".
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