• Mayo 19, 2008, 1 a.m.
¿Habrá sido la intención de Steven Spielberg en su film "Inteligencia Artificial" transmitirnos esa alucinante paradoja entre la identidad y la alteridad promovida por el poder del sistema? Cuando el niño robot, buscando a sus padres, encuentra a sus clones en serie y a su asombro le sigue una rabia destructiva ¿se habrá preguntado, por ventura, cómo un sistema que nos cultiva desde nuestros nombres propios una singularidad, que no tenemos, cuando nos llama a la igualdad, la violenta? O cuando decidimos luchar por esa igualdad, que no existe, nuestras diferencias nos lo impiden? O cuando esa identidad la distribuye a "otros", aunque sólo sean significantes, ¿vendremos a enterarnos de una vacuidad, no sólo de los nombres, sino también de los contenidos? Baudrillard llamó una vez a la realidad un simulacro que usa máscaras para ocultar una vacío.

A como sea, ahora sabemos que A no es igual a A. Y que dentro de "A", como en las polvaredas de Cantor en las que todos los números ya se encuentran en cualquier segmento de ellos, está todo el alfabeto.

Así, pues, “uno” nunca es uno. Nadie es sí mismo, porque estamos siendo el “otro”. Somos, siempre, varios “yo” en un punto que luego desaparece y se impulsa a sí mismo para mantener la ilusión. Toda la tradición “oriental”, desde mucho antes de Freud y Lacan, se ha consagrado a destruir tal ilusión. Es viejamente sabido, que el yo se descompone en el tiempo, en el espacio, en el inconsciente e, incluso, a cada instante estamos siendo habitados por un enjambre de escenarios que se nos ofrece y de los cuales, al decidir por uno, matamos todos los demás. La coartada que se usa, para explicarnos la identidad que poseemos, es la de contar con una memoria que une unos momento con otros, a conveniencia y solicitud, como un collar de perlas sin hilos, separadas unas de otras, por una especie de vacíos cuánticos, como esos trenes de alta velocidad, cuyos vientres jamás tocan los rieles.

Por ejemplo, en el tiempo, nadie puede decir que uno es igual al niño visto en los álbumes familiares, ni al adolescente vital y agresivo que fuimos; en el espacio, uno no se comporta lo mismo en un lugar que en otro. Hay que sumar a la fragmentación, los distintos roles que asumimos a veces sucesiva o simultáneamente, cuando somos subalternos, dominantes, receptores, productores, emisores, consumidores, etc. En fin, somos una colonia de “yo” despedazados, nube de puntos sostenidos por una tensión de rayos láser, como los píxeles de un cuadro que, de lejos, parecen brindarnos una imagen, pero de cerca son puntos separados por pequeños intersticios que, en el caso de la conciencia, son empujados por un horizonte o sentido al que nos entregamos. Sé que todo esto es muy complejo.

Pero de lo que hoy quiero hablar no es de esos “yo” internos, sino de los “externos”, de esos significantes (designadores rígidos) que se llaman como “uno” sin serlo. Me parece que Gabriel García Márquez también escribió sobre sus homónimos una vez y, si mal no recuerdo, se preguntaba qué estaría haciendo en ese momento, el vendedor de seguros llamado como él.

Debo la curiosidad de este tema, a un comentarista de mi blog, cuyo seudónimo, "diosito lindo", expresión usada por las madres desesperadas cuando son testigos que sus hijos llevan más de tres deposiciones fecales y quien, supongo, para dar a entender que ando en las nubes, con ironía, me envió la resolución de una corte de EEUU condenando a Freddy Quezada por posesión ilegal de marihuana en el año 2001.

Obviamente no soy ese Freddy Quezada. Pero me di a la tarea de buscar en los robots de registros de INTERNET, a los demás "Freddy Quezada" en los que me reparto.

Hace algunos años, en la era preGoogle, en los viejos motores de búsqueda, siempre figuraba a mi nombre, el de un niño pintor méxico -- norteamericano a quien gustaba mucho de admirar sus pinturas, más parecidas a murales que a cuadros convencionales. No lo volví a ver en los nuevos registros.

Ahora resulta que “soy”, pues, (y pueden verificarlo visitando los links que les ofrezco) un karateka chileno, un guerrillero ecuatoriano, un acupunturista argentino, un travesti peruano y un marihuanero puertorriqueño.

En verdad, cualquiera de ellos, si se detuvieran a hacer lo mismo que yo, tendrían que agregar al espectro, mi condición de escritor. Sin embargo, creo no ser el único que puedo imaginarme como ellos (he dejado de creer en la tiranía de la escritura y la representación): ganando una bienal infantil, perdiendo una pelea de karate, huyendo de un ejército enemigo en medio de la montaña, buscando drogas en las calles de Rhode Island, curando el dolor con agujas o muriendo de SIDA en una clínica de Lima.

Ellos también pueden hacer lo mismo, sin enterarse, necesariamente, que hay “otros” con sus nombres. Lo hacen ya, de todos modos, sin que nadie se los recomiende, viendo películas, leyendo, oyendo a amigos, enemigos y desconocidos. Sus vidas, como la mía, son narraciones. Incluso con la de ellos, podría yo, si hubiese sido un guionista, componer otra y a lo mejor hasta ganarme la vida. Decir, por ejemplo: Freddy Quezada fue un niño que, después de parecer un gran pintor y un excelente deportista, seguido de unas ilusiones políticas que lo llevaron a militar en una guerrilla, explorando, luego, desencantado, culturas “orientales”, terminó volviéndose un travesti drogadicto, para irse muriendo de SIDA. Esqueleto argumental al que no se le ha agregado nada de imaginación, sólo una presentación lógica, a base de un recurso perezoso de homonimias.

No se tome, por favor, esta digresión como una vanidad, sino como un pequeño ejercicio epistémico, para demostrar que en las partes ya está el todo, como en un holograma. Encontré, para probar con un segundo ejemplo, 18 “Aurora Suárez”, y aunque sólo ante una de ellas puedo inclinarme para besar su mano y renovar mis afectos y votos de fidelidad, no me impide imaginar a las demás.

Todos podemos hacer la prueba con nuestros propios nombres, y si no son muy excéntricos, encontraremos todos los personajes del mundo real más inimaginables, yendo por la vida en aventuras fantásticas y diferentes, con lo más íntimo que creemos tener: nuestro nombre propio.

Así, pues, a la célebre frase de Borges, “he sido todos los seres” le agregaría, para completarla con el espíritu de nuestra época: “y ninguno”.
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