• Mayo 21, 2008, 12:41 p.m.
Segunda Carta abierta a Daniel Ortega

Señor Capitán ¿a dónde vamos?
Lo sabremos mas tarde cuando hayamos llegado [...]
Y no camina el barco, se quedó quieto en medio del viaje
los marineros pregunta ¿qué pasa? Con las manos,
han perdido el habla
Joaquín Pasos

La primara vez que le escribí, Señor Presidente, lo invité a tomar asiento, que ordenara un cafecito y que me permitiera robarle cinco minutos en su agenda para exponerle mi agobiado estado en el tiempo. Esta vez es algo más sencillo, pero que es de suma importancia, ya que vengo a ponerle queja contra las bases y redes de apoyo que legitima su gobierno.

Sucede que vivo frente a la antigua estación del ferrocarril de Granada y en 1914 mi tatarabuelo hizo su casa en lo que entonces eran los suburbios de la ciudad. En 1926 se construyó un parque entre la estación y mi casa, y éste fue llamado Parque de la Estación. A los pocos años y con la megalomanía ascendente del dictador, el parque fue rebautizado como Parque General Anastasio Somoza. Pero claro, evidentemente, Señor Presidente, siendo el parque “zancudo” nunca adoptó ese termino popularmente.

En 1979 el parque cambió su nombre y tuvo –evidentemente-- que ser llamado Parque del General Sandino. En ese momento el Frente y el Somocismo ya empiezan a ser las nuevas paralelas históricas, por tanto la identidad del espacio también empieza a ser tema de fricciones ideológicas. Empero, en las calles el conflicto fue resuelto por los taxistas, y éstos para no herir susceptibilidades ni perder al cliente, acuñaron el termino gallo-gallina de Parque de Los Generales.

Yo hasta la fecha lo sigo conociendo como Parque Sandino, pero el parque con esta identidad fue de corta duración, pues a la llegada del neoliberalismo, se le retornó a su nombre espacial sin semanticidad a cultos humanos.

Violeta Barrios de Chamorro dejó el parque con el nombre De la Estación pero irónicamente se llevó los rieles; no obstante, en todo ese tiempo, el parque fue feliz, amado, iluso, y llamase como se llame, se volvió un asidero de ancianos, leedores de biblias, diarios y pasquines; se llenó de amantes claroscuros, apostadores de desmoche, coleccionistas de nostalgias, vendedores de lotería, vigorón y chicle-cigarros: todos estos seres, Señor Presidente, estaban profundamente identificados con la utilidad de ese espacio de reunión y subsistencia.

Pero los espasmos de vida de ese parque duraron poco; un día de tanto, llegó una cuadrilla de la alcaldía, desalojaron, cercaron y empezaron a desbaratarlo por completo: un parque neoclásico, patrimonio cultural de Granada, fue demolido en una semana entre chabacanada y jodedera.

En general, Señor Presidente, estamos hablando de un trozo de tierra y convergencia que a lo largo de las décadas se ha convertido en un escenario de violencia política y de control histórico. Pero el cuento no termina ahí, mandatario, y es que sucede que tres años duró la construcción del nuevo parque, mientras sus vendedores ambulantes se quedaron vendiendo junto a los alambres de púas al margen del la construcción. (A quienes les gusta el vigorón con polvo, ese era el mejor lugar para comprarlo).

Cuando empezó a agarrar forma el nuevo parque, se notaba que había una prioridad por dar recreación a los niños, y el hecho se confirmó en 2004 cuando ese espacio abrió sus puertas porque todo el mundo empezó a llamarlo –sin permiso-- Parque de Los Niños. Sólo unos meses duró ese nombre pues para las efemérides del Festival Internacional de Poesía de Granada, la alcaldía accedió a la solicitud de la Junta directiva del Festival, para que el parque fuese definitivamente llamado Parque de la Poesía.

A lo largo de los cuatro años del festival, ese parque se ha llenado de múltiples imágenes de poetas, en su totalidad granadinos, aunque con excepción del este año que se le erigió una escultura a Salomón de a Selva. Esto me pareció un acto de mucha significación --Paz y Reconciliación-- porque creo que es la primera efigie que se le otorga a alguien de León en la ciudad de Granada, hermanando de ese modo dos ciudades resentidas históricamente, y nada mejor que hacerlo precisamente con la poesía.

El proyecto del Parque de la Poesía --o de los-puetaj, como le dicen en la calle- me parecía un interesante espacio porque a lo largo de los años se llenaría de más esculturas, erigiendo en sí el primer espacio en el que se pudiese observar a una columna guerrilleara sin fusil; es decir, a decenas de hombres que a lo largo de nuestra epopeya han luchado con el papel y el lápiz insurreccionando únicamente el lenguaje.

Sin embargo, el domingo pasado estaba desvelada y pensaba dormir, pero un megáfono en el parque me levantó temprano al escuchar que desde ese momento, el parque quedaba ratificado como Parque del General de Hombres Libres, Augusto Cesar Sandino. (Entonces también escuché el intimidado asombro que emitieron todas las esculturas alrededor del parque).

Señor Presidente, en ese sentido, es que vengo a protestar contra todo este alboroto y práctica general de los gobiernos, a su vez cuestionó a usted directamente esa manía de intentar sobreponer la legitimidad sobre la eficiencia y el pasado sobre el futuro. Yo señor mandatario, no encuentro ninguna razón lógica de interés social en que para usted sea más importante volver a llamar a ese espacio Parque Sandino, mientras a tres cuadras, por ejemplo, el Lago Cocibolca de llena cada día más de mierda.

En este parque, Señor Presidente, nunca hubo consulta ciudadana, no hubo reuniones de comité barrios, y ni siquiera llamaron a la gente para reírseles-en-las-caras. Sino unos cuatro gatos que con dos banderas llegaron a poner al excelentísimo General en medio de todos los intimidados poetas, rompiendo así una armonía y una efímera tradición que pudo ser hermosa y trascendente.

Señor presidente, ese día me retoqué los labios, me vestí, puse unos gafas y cruce la calle; entré en el corazón del CPC, saludé a mis colegas periodistas, tomé un par de fotos, me acerqué a las botas del general para felicitarlo por su cumpleaños y le pregunté en silencio: “General, de dónde trae a toda esta gente. De dónde sacó tanto sectarismo, borracho sin frontera, y masa buscando hueso y venganza.”

Pero el General en realidad no podía decir nada. Hizo un gran esfuerzo para mover su torso metálico, y se encogió de hombros, para luego responderme: “Ideay, qué querés que haga, si para acá me traen”. Entonces el parque completo, que escuchaba la plática entre el General y yo, se incorporó. Hizo sonar unas piedritas con su tacones altos y plateados sobre la cuneta. Se bajó pecaminosamente la minifalda un poquito, y masticado chicle con la boca abierta, susurró: “Aquí ni se aparezca, desde hace años que me debe dos citas”, y se llevó una bocanada de cigarrillo a la boca, antes de apartar ese rostro cargado de despecho.

Enlace relacionado:

Primera Carta Abierta a Daniel Ortega

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