• Mayo 23, 2008, 5:47 p.m.
Es una época triste para las mujeres del mundo. A pesar de los grandes avances impulsados por los Movimientos de Liberación Femenina desde los años 70 y que han resultado en que cada vez más mujeres ocupen el lugar que les corresponde en la sociedad, la violencia contra las mujeres va en aumento. Tan es así que la ONU se refiere a este fenómeno como una “pandemia”, es decir una epidemia a nivel mundial. En todo el mundo, cada día, una de cada tres mujeres es víctima de actos de violencia derivados de su condición de mujer. A cuchilladas, a balazos, ahorcadas, con ácido en la cara, envenenadas, violadas, miles de mujeres mueren cada año a manos de algún miembro de su familia.

Esta misma semana, once mujeres fueron quemadas vivas en Kenya por gente de su propio barrio que las acusó de brujas. En Nicaragua y resto de países de Centroamérica, raro es el día que no aparezcan en los diarios, hechos atroces cometidos contra mujeres. En Guatemala, en sólo el primer semestre de 2005, 580 mujeres fueron asesinadas. En Nicaragua, en sólo 2004, hubo, según el estudio de la Dra. Almachiara D’Angelo, “Confites en el infierno” (2006), 12, 235 casos de violencia intrafamiliar. Entre 2000 y 2005, 269 asesinatos de mujeres en nuestro país fueron tipificados como “feminicidios”.

Si consideramos que muchas mujeres callan los maltratos de que son objeto, los abusos sexuales y el terror psicológico que sufren en sus propias casas (en general, son las mujeres con mayor nivel de escolaridad quienes los denuncian), es fácil imaginar que estos números apenas son un pálido reflejo de esta terrible realidad.

La constante más espeluznante de esta situación, tanto en nuestro país, donde el 70% de la población femenina reporta haber sido maltratada, como en otros países, es que los agresores suelen ser, en primer lugar, los padres y luego los maridos.

Como dice uno de los informes sobre Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), “en ninguna sociedad las mujeres están seguras o son tratadas igual que los hombres. La inseguridad personal las persigue desde la cuna hasta la tumba. Desde la niñez hasta la vida adulta, son abusadas debido a su género”.

¿A qué se debe semejante horror? ¿Qué es lo que lleva a los hombres a actuar con tanta saña, crueldad e irrespeto contra sus hijas y sus esposas? ¿Por qué ha tenido la mujer que sufrir, no sólo la discriminación y marginación social, si no la violencia ciega dentro de su propia casa y el peligro constante de abuso en la calle?

Cada hombre debía preguntarse esto. Cada hombre debería pensar cómo contribuye a este estado de cosas y es cómplice, cuando no hechor, de esta violencia. Cada hombre debía preguntarse por qué no la condena con la energía suficiente, por qué lo hace o tolera a quienes la practican. Pues estos hechos terribles, no sólo afectan a las mujeres, afectan el futuro y la vida de todos.
 
Pronto será Día de las Madres. Las tiendas se llenarán de gente comprando regalos para las “madrecitas”, aparecerán los homenajes de éstos y aquellos ensalzando el poder de dar vida que tienen las mujeres, sus desvelos al lado de la cuna de sus hijos, su tenacidad para defender los frutos de su vientre. El comercio hará su agosto y al día siguiente del 30 de Mayo, nada habrá cambiado para quienes cargan sobre ellas la misión de poblar el mundo.

En la situación de nuestro país, más que regalos las mujeres necesitamos que los hombres reflexionen ese día; necesitamos que la sociedad deje de ignorar este problema, que las autoridades tomen cartas más activas en detener esta creciente violencia, que los jueces y juezas mediten sobre los perjuicios que a menudo los llevan a ser leves con los perpetradores de estos crímenes.

Nadie debe olvidar que le debe la vida a una mujer.


Mayo 23, 2008

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