• Mayo 24, 2008, 12:43 p.m.

Este 30 de mayo quiero salir de lo convencional, de la trillada “casita chiquita y muy blanca”, que convirtieron en un mito “Los Churumbeles de España”, hace más de 50 años, para cantar a los seres que albergan en sus entrañas a las nuevas generaciones.

Quiero hacer un recuento de las mujeres-madres que ha habido en mi familia y que en su conjunto hemos formado un hermoso matriarcado del que rara vez alguien habla en su concepto, pero que existe aún.

Siempre he visto la vida a través de las mujeres de mi familia. Rara vez un hombre ha sido el personaje principal, y en esto no discrimino a mis parientes masculinos, sólo que a ellos les hemos robado el protagonismo, con buenas, excelentes, malas o pésimas decisiones o acciones.

El matriarcado de mi familia se remonta a tres generaciones anteriores a la mía, o al menos hasta allí llega la tradición oral que pude conocer, a través de mi madre. Es una historia similar a las muchas que hay en nuestro país, pero contrario a lo que se pueda creer, no estoy interesada en formar mi árbol genealógico.

Según he sabido, la tatarabuela Eulalia Reyes, a quien no conocí, pero mi mamá sí, se casó “de velo y corona”, “como Dios manda”, como decían las ancianas, supongo que a fines del siglo XIX, con un señor de apellido Rizo, que procedía de Jinotega. Tuvieron descendencia en la Mina La India y El Sauce, León, cuando ese hermoso municipio era poco más que un mapa agreste de abismos y colinas.

Los hijos de Eulalia enfrentaron diversas suertes, pero la más trágica fue del varón, Juan, quien murió siendo joven, a causa de una dolencia hepática.

Una de las hijas del matrmonio Reyes-Rizo fue mi bisabuela, a quien por cosas del Almanaque, que era una especie de segunda Biblia de aquella época, la bautizaron con el ingrato nombre de Aquilina.

Como personaje del Realismo Mágico, Aquilina, a quien pude visitar hasta que murió, muy avanzada en edad y completamente ciega, allá por 1984, nunca aceptó casarse con ningún varón, aunque sí tuvo cinco hijos. Con su decisión de ser madre soltera y con poca instrucción en aquella época, estuvo condenada a vivir una existencia difícil, marcada por la pobreza.

De Aquilina nació mi abuela, a quien llamaron con el hermoso nombre de Virginia. Al ser hija de madre soltera, ella nunca conoció otro apellido más que el Rizo, de su abuelo.

Entre los muchos relatos de mi abuela, quien nunca aceptó que sus nietos la llamáramos así y prefería el cariñoso “Mimi”, estaba el que cada vez que su mamá, Aquilina, quería cambiar de vida, depositaba a sus cinco pequeños hijos en un canasto y salía en una travesía por los cerros de El Sauce, a parar a otra finca, a otro destino.

Fue tal la vida nómada de mi bisabuela que mi Mimi juró de rodillas que ella “echaría raíces”, que dejaría de una vez por todas El Sauce y que vendría a Managua, a buscar otro entorno. Y lo cumplió, porque desde que salió de ese sitio nunca más regresó. Murió en Managua, en 1999.

De una relación truncada por las diferencias de opinión con mi abuelo nacieron mi tío, el mayor, y mi madre. Después mi Mimi se casó con un señor nacido en Managua, con quien procreó a mis otros seis tíos, con quienes me crié, pues ellos eran unos adolescentes o niños de menos de 10 años cuando yo nací, y agradezco a la vida que así haya sido, porque siento que mi infancia, hasta cierta edad, estuvo enriquecida con vivencias que no hubiese tenido, de no ser por ese matriarcado que nos abrigó.

Mi madre a su vez fue madre soltera, por circunstancias de la vida, y su presencia, fuerte y sobreprotectora, nos ayudó a salir adelante a sus tres hijos. Ahora le corresponde el turno a mi generación, en la cual yo ya tomé el relevo.

Si un día tuviera que escribir mi autobiografía, lo que dudo, seguramente partirá del punto de vista de mis antepasadas.

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