• Mayo 31, 2008, 2:41 p.m.
“´Uno´ nunca es uno.
Nadie es sí mismo,
porque estamos siendo el ´otro´.
Somos, siempre, varios ´yo´
en un punto que luego desaparece
y se impulsa a sí mismo
 para mantener la ilusión”.

Freddy Quezada
(Nicaragua)

La reciente y hermosa nota de Freddy Quezada (19/05/2008), “Los otros “yo” de uno”, en El Nuevo Diario, de Managua, me llena de alegría por  las coincidencias entre su contenido y mis puntos de vista. En vista de ello busqué estas viejas páginas y las remocé para darles nueva vida. Por supuesto, van dedicadas al “gran Freddy” con todo mi afecto.

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Cuatro años atrás, Carlos Fuentes se refirió al español como una “lengua impura”, señalando que en esa impureza residía su capacidad de renovación. Compartí entonces el sentido positivo que el genial escritor buscó expresar de ese modo y en el resto de su nota, y a partir de ella me dediqué a pensar en otros temas conexos.

Pero, ¿qué quiso expresar con esa frase? Sencillamente, el hecho de que el español está constituido por aportes lingüísticos de muy diversa procedencia. Siendo así, no tenía necesidad de utilizar la díada pureza-impureza si buscaba aludir a la idea de diversidad. Es que la noción de impureza de los fenómenos sociales, aparte de ser incorrecta, suele preparar el camino a la asunción lisa y llana del carácter maléfico o patológico de tal o cual rasgo o comportamiento humano, lo cual posee un trágico historial en su haber que no querríamos repetir.

Pensar lo social en términos de impureza o imperfección es fruto del pensar dentro de rígidos marcos de blanco o negro cuando no se sabe, no se quiere o no se puede ver las notas de diversidad que caracterizan a lo social, diverso por antonomasia. El recorrido posterior suele ser la búsqueda de uniformización, purificación reordenamiento de las sociedades, y supresión o "control" de sus elementos "anormales" o "desviados". Procesos éstos para nada inocuos ni placenteros como lo demuestra la historia.

La esencia de lo social no es la uniformidad sino la diversidad, que se expresa de múltiples maneras y en múltiples campos, por ej. respecto de los orígenes de un fenómeno, es decir, en cuanto a sus vertientes generadoras; en consecuencia, también en relación con sus elementos constitutivos, y por ende con la variedad en sus formas de actuación y comportamiento.

No hay nada más diverso que lo humano. Los hombres piensan, sienten, perciben, actúan y se expresan con diversidad. Su creatividad se manifiesta plena de diversidad en la coordenada espacio temporal individual y colectiva, pero en cada una de ellas tampoco nada permanece igual a sí mismo. El hombre y la cultura cambian permanentemente.

De modo que el cambio es primordial en lo social: paradójicamente, es lo único constante. No obstante, ese carácter no niega la existencia de uniformidad, rigidez, invariabilidad e inflexibilidad en ciertos aspectos y momentos. Lo que ocurre es que una perspectiva histórica larga registra preferentemente los cambios, y una perspectiva corta -a escala de la vida humana- tiende a confirmar las permanencias. En ambos casos, lo registrado depende de la observación, es decir, depende del acto de los observadores; de los sujetos, no de los objetos observados.

El cambio, por lo general, se mueve en el campo de la libertad, la cual en realidad es sólo aparente ya que simultáneamente es producto y productor del sistema global, es decir, de la realidad. Es decir, el cambio crea y luego obsoletiza lo creado.  

En suma, igual que el título de una famosa película, nada es para siempre. Y esta afirmación no depende de la frecuencia con que se presenta un fenómeno, pues si existe una mecánica y una dinámica celeste ¡qué menos puede esperarse en el campo de la vida y sobre todo de la vida humana!

En realidad, aquello cuyo cambio no alcanzamos a ver es sobre lo cual decimos que está quieto o que permanece: pero que nosotros no veamos o no comprendamos que algo cambia, o que está cambiando, no significa que no lo haga. Y si todo cambia, nada es igual a sí mismo para siempre.

Los objetos materiales creados cambian, envejecen, no sirven más. Con los inmateriales pasa lo mismo, por caso las ideas: muchas de ellas cambian, envejecen, no sirven para tiempos posteriores y terminan siendo olvidadas, y otras pocas que podrían servir, corren la misma suerte o permanecen dificultosamente en el presente. Sin olvidarnos de que otras pueden reciclarse y reaparecer de otras maneras. Todo ello es aplicable a esa mezcla de materialidad e inmaterialidad que es la palabra, hecha de sonido, significado y sentido.

Las cosas humanas, por tanto, no valen para los hombres siempre igual, pues su valor no está en su forma, ni tampoco demasiado en su esencia o en su función, sino fundamentalmente en el sentido que las diversas generaciones en tiempos y lugares diversos les atribuyen y les atribuirán.

La creación de sentido por el hombre es mucho más plenamente cultural y más compleja que la propia creación de objetos.

Esto nos lleva a desconfiar de la apariencia de las cosas (y no tan sólo de su esencia), del estado aparente en que se hallan o en el que nosotros creemos verlas. Todo está cambiando, independientemente de nuestra capacidad para comprenderlo. Admitir esto implica poner en duda nuestra capacidad potencial de conocer tal como se nos ha enseñado y sobre todo de conocer el ser de las cosas y los principios básicos de la lógica, como el de la identidad, ya que éste por un lado expresa estados transitorios de las cosas y en sí mismo también es una afirmación provisoria.

Si admitimos que existen casos o situaciones de las que no sabemos o no podemos registrar sus cambios, entonces debemos desconfiar también de los espejos, pues lo que creemos ver en ellos es sólo una ilusión. Ergo: no podemos identificarnos: no reconocemos nuestra propia identidad. Pero no porque no poseamos identidad, sino porque ésta es múltiple y provisoria, es decir, es un constante ir siendo.

Diversidad y cambio son inherentes a la condición humana y a lo social. No sólo las palabras están en permanente transformación, también lo está el ser humano individual en el largo periplo de su vida así como los grupos y sociedades en la historia. Por lo tanto, no existe la pureza ni la impureza en sí misma en los fenómenos sociales. Ellas constituyen formas incorrectas de expresar los variables grados de representatividad o correspondencia resultantes de su referenciación con sistemas, teorías, estándares, modelos, puntos de vista, supuestos o estereotipos desde los cuales se expresa el núcleo del saber oficial de un grupo social, y de todo grupo social.
 
En consecuencia, también las identidades sociales no son un estado definitivo, no son estables, no lo son para siempre. Las "identidades" políticas, culturales, sociales, étnicas, etc, también se transforman en las sociedades conservadoras, con velocidades y matices diferenciales, por cierto, pero en los últimos tres siglos lo vienen haciendo con ritmo tan frenético que resulta muy fácil percibirlo y demostrarlo. Tal el caso de la Argentina, la menos latinoamericana de nuestras naciones y la de mayor integración étnica.

Por eso mi pregunta de fondo: ¿en el mundo actual tiene sentido cristalizar la percepción y la autopercepción identitaria a partir de privilegiar un rasgo determinado y aislado, como lo es el origen étnico, dentro de un conjunto mucho más amplio de caracteres cuya verdadera incidencia en la formación de las personas reviste mucho mayor peso que aquél?

¿Puede alguien que no vive hoy en una tribu sino en una sociedad urbana del mundo capitalista, que establece relaciones sociales, afectivas, económicas, laborales, políticas y culturales dentro de los parámetros de la misma y sujeto a los mismos avatares de la mayoría, y que ha sido educado y formado en el mundo de valores de esta sociedad global dominante (muchos de los cuales, dejando aparte aquellos claramente negativos, no son en principio antagónicos sino que, más allá de lógicas diferencias poseen elementos compartidos con los valores y creencias más profundos de los pueblos originarios y de otros pueblos de todos los tiempos y lugares), y que sueña y proyecta para sus descendientes los mismos sueños y proyectos de cualquiera en este mundo occidental, puede, repito, ese alguien sentirse mapuche porque tiene un apellido de ese origen, cuando a lo mejor también lleva en su sangre una vertiente criolla, europea o incluso asiática?

¿Qué drama original de desdoblamiento psicológico tendrá que enfrentar en nuestra Argentina intemperante un adolescente con antepasados mapuches  e italianos, por ejemplo?

¿Deberá optar por asumir declarativamente con carácter militante y belicista su opción fundamentalista por alguna de sus ascendencias, la italiana o la mapuche, en desmedro de una u otra de ellas, olvidándose incluso de lo que pudiera deberle a la Argentina en la formación de su personalidad si es que ésta no es mala palabra para entonces? ¿De qué dependerá tal acto forzoso: de la cara o el apellido que porte?, ¿de si tiene tez blanca como su antepasado italiano, o la morena de los mapuches?

¿No resulta superficial y falsa tal encrucijada cuando uno ha sido socializado en la cultura contemporánea de este mundo conflictivo, desigual e injusto, pero cada vez más consciente de la justicia y la desigualdad de modo tal que millones de blancos y mestizos pueden sentirse negros en el afecto y admirar a Martin Luther King, a Nelson Mandela o al indio Catriel sin complejos por no ser negros o indígenas, del mismo modo que quienes son descendientes de europeos y americanos pueden hacerse cargo, con sentido de integración, de los aportes culturales históricos de todas las comunidades étnicas originarias y no originarias que han venido a este continente y formaron y transformaron permanentemente la cultura que consumimos hoy, y puedan considerarlos parte vital del patrimonio cultural de la Argentina, no sólo como argentinos sino como humanidad, en igualdad de derechos culturales y de modo que todos podamos sentirnos igualmente representados por otro ser humano sin importar los colores, los orígenes o los apellidos de ninguno?

El signo de los tiempos no es la cristalización de las ideas (y menos aun la de la identidad), sino su provisoriedad, tampoco lo es la fragmentación ni la atomización, sino la integración y el mestizaje, la interculturalidad y el sincretismo, lo que corresponde a lo que somos: un constante ir siendo que tiende puentes hacia todos los rumbos, que no se cierra, que gana y se enriquece en el intercambio cultural sin fronteras ni resentimientos.

Los intentos de constreñir las transformaciones sociales que corren por los estratos sociales de abajo -y la integración cultural es una de ellas, necesaria por lo demás- terminan por lo general siendo tareas que se emprenden desde los pináculos de la sociedad, como la pretensión de regular la lengua española. Cuando excepcionalmente no nacen en esos niveles, igualmente terminan siendo útiles a los poderes que moran en esas alturas. Esa clase de resistencias a la realidad suele producir más mal que bien y dura hasta que la misma realidad cambiante termina enviando esos intentos a un oscuro rincón de la historia.

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