• Jun. 3, 2008, 5:39 p.m.
Dichoso el que nunca ha sido asaltado...

Managua fue considerada en los años 50 la capital más próspera y segura de América Central. De esto, los habitantes de la Leal Villa de Santiago de Managua que destruyó el terremoto del 22 de diciembre de 1972, remembran la seguridad y la solidaridad que caracterizaba su entorno, cosa que para las nuevas generaciones es casi un mito.

Hoy vivimos en una cuidad insegura y es duro admitirlo. En Managua ocurre un asalto cada once minutos según datos de la Policía Nacional. Tal vez sea un alivio, comparadas a las cifras que arrojan las capitales de Ciudad de Guatemala, Tegucigalpa y San Salvador, nuestras vecinas, donde las maras han acabado con la tranquilidad de sus moradores.

Somos testigos y victimas de diversas formas de asaltos y agresiones, desde las fugaces aberturas de bolsos en los autobuses y los hurtos en sus paradas, hasta los encañonamientos en los cambios de luces del semáforo. Podemos hablar de los secuestros express, que consisten en retener a una persona por menos de dos horas para sustraerle las contraseñas de las cuentas de ahorro y de los cajeros automáticos en los días de pago para después abandonarla en un lugar desolado.

El transporte “selectivo” ya no es confiable, antes de subir tenés que ver la cara del conductor y la placa del automóvil, porque los taxis se han convertido en instrumentos perfectos de bandas que prefieren robar a mujeres jóvenes a las que también golpean y abandonan en los suburbios montosos de la ciudad. También ocurren asaltos inusuales o “novedosos”, como los de motorizados en los centros comerciales, en supermercados, en los bancos (cuando salís de la fila). Y el más doloroso, el que ocurre en la calle que vivís, el territorio que consideras “sagrado”… Lo peor es que no sabemos cuando nos pasará, por mucho que digamos que vivimos atentos o que actuaremos del tal o cual manera.

El problema cuando sos protagonista no es que te roben o te que golpeen, o lo que sea que te pase, sino las diversas sensaciones que te suscita el hecho: miedo, rabia, rencor, dolor, frustración por no haber hecho “nada”. El reconocido psicólogo Carlos Argüello, asegura que experimentamos traumas temporales y en algunos casos indefinidos, según la gravedad del asunto. Y es cierto. Algunos requieren de largas y costosas terapias.

Reponemos lo material, en algunos casos, pero es difícil volver a transitar por la escena del crimen u olvidar el rostro del ladrón que te arrebató el bolso desde su bicicleta. Esta terapia básica es la más recomendada (y en algunos casos inevitable por las costumbres y rutinas) por los analistas.

Otro aspecto que irrita es la falta de apoyo de las personas que están a tu alrededor, hay miles de casos donde varios individuos son testigos presenciales de la violencia y no hacen nada. Y no es por individualismo, sino por “salvar tu pellejo”, porque “sino es conmigo, para que meterme”. ¿Será que buscamos las dimensiones de las grandes ciudades, donde no se sabe ni quien vive al lado? No es que queramos héroes o linchamientos como los ocurridos en Guatemala y Perú, pero si queremos actitudes solidarias, que serían bien gratificadas y por lo menos menguarían las situaciones.

¿Y la policía? ¡Bien gracias! Vas a la delegación y te dicen que no pueden hacer nada, porque “sos un caso más del montón”, a menos que el robo sea presenciado por algún agente policial o identifiqués al ladrón que salió corriendo cuando te asaltó o que no vistes porque ni sentiste cuando te desvalijaron, ¡increíble! Esta situación incrementa la falta de denuncias y la vez causa que los crímenes queden impunes, sobre todo al ver la indiferencia y el yoquepierdismo del oficial que te atendió. Lo que te limitás a realizar son los nuevos trámites de tus documentos de identidad (proceso nada agradable ni rápido) y así volver a tu vida “normal”.

La verdad es que tenemos un serio problema entre manos, TODOS. Ojalá y nuestras autoridades inviertan más en la seguridad de los ciudadanos, para que cuando las pandillas estén peleando en el barrio El Recreo, por ejemplo, la policía no te diga que la patrulla no tiene gasolina y que por eso no llegarán, como cuenta una amiga.

Ojalá y la pobreza y el desempleo, padres de la maldita delincuencia, no aumenten, para frenar el caos y crear oportunidades para todos con programas sociales y de rehabilitación. Managua tiene un enorme potencial turístico, tenemos la suerte de vivir en una bella ciudad, por eso no es permisible que un flagelo social interfiera en ese rubro económico. Ojalá y Managua sea de nuevo como la que fue en el siglo XX, la ciudad remembrada y anhelada de nuestros abuelos.

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