• Mar. 12, 2014, media noche

Aunque un año es un tiempo corto para evaluar los posibles cambios del Papa Francisco frente al Vaticano, habida cuenta de que no sabemos hasta cuando ostentará ese cargo, he decir dos cosas sobre este primer aniversario.

La primera, es que por mucho que se piense lo contrario, este Papa no ha cambiado nada del dogma de la Iglesia, ni creo que de momento lo vaya a hacer.

La segunda, y en las que muchos estarán de acuerdo conmigo, es que El Papa tiene mucho talante y que utiliza el lenguaje del marketing con una inteligencia comparable con la de David Axelrod, el estratega que llevó a Obama a la Casa Blanca.

 

Desde que lo eligieron en marzo del año pasado, Jorge Mario Bergoglio sabía lo que tenía hacer y cómo lo tenía que hacer. Sabía que había que echar a andar un exitoso plan de marketing para frenar el desangre de fieles, principalmente en aquellos lugares donde la Iglesia estaba perdiendo terreno.

Debía trabajar duro para reconquistar a las “ovejas descarriadas” que iban en aumento por culpa de los estados laicos, y neutralizar a las sectas evangélicas que crecieron en los últimos años principalmente en Latinoamérica.

El Papa era consciente de que si la Iglesia seguía lastrando las manzanas podridas de la corrupción con lo de las cuentas del Vaticano, las acusaciones sin parar de pedofilia y las intromisiones constantes en los asuntos públicos, la institución seguiría perdiendo credibilidad y adeptos.

Por eso, desde un inicio decidió dar un vuelco de timón en las formas de gestionar a esa vetusta institución. Y lo ha hecho muy bien, pero desde las formas y no desde el fondo como debería de ser.

Desde las formas el Papa lo tenía claro. Necesitaba mostrarse como alguien novedoso, cercano a la gente, dicharachero, y sobre todo alejarse de la opulencia y el despropósito del  Vaticano.

Y entonces se inventó un guión que siguió al pie de la letra. El día de la elección salió a saludar al balcón con vestimenta blanca, sin parafernalias, muy distinta a las que solían usar sus antecesores en este tipo de actos.  En lugar de rezar mirando al público y rodearse de un inmenso coro, se arrodilló y pidió a sus fieles que rezaran por él.  

No quiso vivir en el apartamento pontificio y prefirió la residencia de Santa Marta donde convive con más gente. Los famosos zapatos rojos que solían usar los Papas anteriores, los sustituyó por unos de color negro y gastados.

Pero en el fondo Bergoglio no ha cambiado nada. El único amago que ha hecho es intentar arreglar las cuentas oscuras del banco del Vaticano, por las presiones de la Unión Europea, y no porque tenga un interés especial en trasparentar el dinero de Roma.

Casi nunca se posiciona claramente sobre los temas relacionados con el dogma de la Iglesia, y cuando lo hace, recurre a la ambigüedad o a las buenas intenciones, para ser  políticamente correcto.

Un ejemplo de esa ambigüedad fueron las declaraciones relacionadas con los homosexuales que dio a unos periodistas en el avión, cuando regresaba de Brasil, su primer viaje papal cuando dijo: “¿Quién soy yo para juzgar a un homosexual?”.

Esa respuesta que dio muchos titulares en la prensa mundial, dejó perplejos a muchos de los creían que algo estaba cambiando en el dogma de la Iglesia. Pero, la repuesta tenía trampa, y los medios cayeron en ella.

Esa retorcida respuesta obedecía a una  pregunta que no tenía nada que ver con los homosexuales en general, si no con los escándalos del “lobby gay del Vaticano”, que según se rumorea fueron los más interesados en echar a Benedicto XVI. El Papa evitó de esta manera entrar en conflicto con sus colegas.

Sobre el papel de las mujeres en  la Iglesia, más de lo mismo. El Papa ha reconocido que éstas deberían tener una mayor presencia en esa institución, pero no ha da señales de que las cosas vayan a cambiar.

Se le olvida que esa reivindicación es tan antigua como la misma Iglesia, y que curiosamente su orden religiosa, es una de las que nunca ha admitido a las mujeres dentro de su estructura.

Por estos y otros temas polémicos para la Iglesia serán consultados los católicos en una encuesta mundial de 38 preguntas que ha lanzado el vaticano recientemente y que serán recogidas por las parroquias.

Sin embargo, no queda claro aún si los resultados de esa consulta sirvan para que la Iglesia de Roma se modernice, sea vuelva más tolerante, más abierta a la gente o si seguirá siendo como un hospital de campaña después de una guerra como la describió hace unos meses el mismo Papa.  De momento eso solo “Dios lo sabe”.

El autor es periodista. Máster en Comunicación Periodística y Empresarial por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Tiene un blog: tropecientaspalabras.worpress.com Facebook:DeylinGutierrez . Twitter: @Deylin_G

 

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