• Jun. 2, 2008, 6:59 p.m.
Fue después de la masacre del 22 de Enero de 1967 y luego el pacto del Kupia Kumi, cuando me di cuenta, como nicaragüense joven que era, que no había más alternativa para oponerse a la dictadura somocista, que la lucha armada. Me fue sumamente difícil, en lo personal, llegar a esta conclusión. Siendo mujer y madre, pensar en tomar las armas, arriesgar mi vida, enfrentarme a la posibilidad de quitarle la vida a otro ser humano, no habría sido nunca mi opción de no haber sentido que, como dijo Leonel Rugama, nuestra generación se había quedado: “Sin más alternativa que la lucha”.

No hemos llegado a ese punto nuevamente en Nicaragua, pero parece que cada día nos acercamos más a ese precipicio. La reciente amenaza del Consejo Supremo Electoral de eliminar del juego a un grupo de partidos políticos e imponer, mediante recursos amañados e interpretaciones antojadizas, el bi-partidismo, encierra la funesta posibilidad de que se repita la historia en nuestro país. Cerrar las alternativas democráticas es abrir la puerta a la impotencia ciudadana y por ende, a la violencia.

Es lamentable lo que está sucediendo. Es lamentable comprobar la incapacidad de quienes manejan los hilos de nuestra política de extender la visión hacia el futuro y pensar más allá de sus maniobras pactistas de corto plazo, más allá de sus cortas vidas, sus anchas barrigas, su fascinación con el protagonismo de bajarse de aviones alquilados sobre alfombras rojas a que les toquen el himno en otros países.

Frente a nuestros ojos incrédulos, este gobierno y el PLC están, sin ninguna vergüenza, actuando contra nuestros intereses ciudadanos, para ponernos dentro de un laberinto sin salida –venadito entre tu huerta-, cercando nuestra libertad, irrespetando nuestra inteligencia y nuestros derechos, y enrumbando a nuestro país por un despeñadero. Hay evidencias claras en la economía, en el manejo de los recursos para desarrollar un estilo clientelista, en la creación de estructuras paralelas, en la carencia de información, en la ausencia de cuadros capaces al mando de las carteras ministeriales, de que la prioridad de esta administración no es el país, sino la politiquería de los pactos y componendas cuyo objetivo es afianzar su poder personal y eliminar todo trazo de verdadera oposición.

¿Qué haremos los nicaragüenses para impedir que la sangre llegue al río? ¿Qué haremos para impedir que nuestros hijos y nietos tengan en el futuro que verse frente a esa terrible disyuntiva de tener que recurrir a la violencia para rescatar la dignidad del país y el ejercicio de sus derechos ciudadanos?

No dejemos para mañana lo que podemos hacer hoy. No nos quedemos sumidos en la indiferencia. Hay que salir a la calle, hay que manifestar nuestra opinión, hay que mandar cartas expresando nuestro desacuerdo a nuestros representantes en la Asamblea, hay que ponerse cintas de luto en los brazos, volar banderas negras de luto en nuestros carros, hacer pintas, hacernos presentes. Somos un pueblo creativo; usemos nuestra creatividad para hacernos oír, para protestar e impedir esta nueva arbitrariedad, esta estrangulación de nuestros espacios de participación.

Hagámoslo hoy. No permitamos que se nos haga demasiado tarde; no dejemos que nuestra historia se repita.

Junio de 2008
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