• Mar. 17, 2014, media noche

Hace algunos meses, la revista del New York Times (NYT) publicó un artículo (inglés) interesante que hablaba de distintas experiencias escolares que intentan incorporar en su currículo actividades dirigidas a mejorar las competencias socio-emocionales de los niños. Aimee Verdisco escribió un post en reacción a este artículo reflexionando sobre los efectos que tienen estas competencias sobre la experiencia de aprendizaje de los niños y las niñas.

 

El argumento del artículo es que existe evidencia convincente que sugiere que la inteligencia emocional (o las habilidades no cognitivas) son importantes para que los niños puedan alcanzar su potencial de aprendizaje. Pero ¿qué son estas habilidades?

 

 

Son varias y distintas: desde el auto-control, pasando por la persistencia, la capacidad de manejar emociones, hasta la conciencia de sí mismo. ¿Por qué importan tanto estas habilidades? Porque ayudan a las personas a tener un mejor manejo de sus emociones y, a través de éste, a sacar un mejor provecho de la información, las oportunidades, y las experiencias que se presentan en la vida.

 

A todos nos ha ocurrido que cuando sentimos una preocupación o angustia que no somos capaces de manejar, no rendimos lo mejor que podemos. Aunque estos enunciados parecen bastante obvios, hay sutilezas detrás de ellos sobre las cuales todavía se sabe menos.

 

Una de ellas es precisamente, ¿son todas las competencias no cognitivas igual de significativas para el éxito en la vida? Alguna evidencia reciente sugiere que no. Por ejemplo, un estudio (inglés) sugiere que algunos comportamientos que los autores clasifican como anti-sociales –hacer trampas, mentir, molestar con crueldad a otros niños, etc.- importan más que la falta de atención como predictores del logro escolar y de otras dimensiones de éxito.

 

Otra publicación (inglés) identifica al auto-control durante la infancia como una destreza clave, asociada a múltiples dimensiones de éxito en la edad adulta (desde la salud, pasando por el bienestar económico y la criminalidad).

 

Una segunda interrogante es si es que existen gradientes socioeconómicos en estas dimensiones no cognitivas del desarrollo. Se ha documentado(inglés) que los chicos de estratos económicos pobres a una edad muy temprana se encuentran en una situación de desventaja en dimensiones cognitivas como su desarrollo de lenguaje. ¿Se observa esto también en las dimensiones no cognitivas del desarrollo?

 

Una tercera pregunta sobre la que el artículo del NYT nos da menos luces es sobre qué tipo de currículo socio emocional y que tipo de actividades de aprendizaje son más efectivos para promover el aprendizaje de destrezas no cognitivas durante los años de prescolar y en la escuela. Los expertos coinciden en que el desarrollo de las destrezas socio emocionales no es innato y que, por el contrario, se beneficia de oportunidades de aprendizaje intencionadas en el hogar y en la escuela. ¿Pero cuáles son esas circunstancias? Aunque existen currículos y programas múltiples que intentan hacerlo – Paths, Second Step, Tools of the Mind, por nombrar algunos-, existe menos evidencia sistematizada sobre cuáles de éstos funcionan mejor.

 

En la región, hay una interesante experiencia  en marcha en Jamaica. Helen Henningham (inglés) de la Universidad de West Indies se encuentra piloteando uno de estos currículos y evaluando el impacto de una intervención que promueve la capacitación a maestros y el trabajo con niños con el objeto de mejorar las competencias socio emocionales, prevenir comportamientos agresivos, y mejorar las conductas sociales. ¿Conoces otras iniciativas que se están implementando en Latinoamérica y el Caribe para aprender mejor cómo construir aptitudes no cognitivas a edades tempranas? ¿Las compartirías con nosotros vía Twitter?

 

Esta columna fue publicada originalmente en el Blog Primeros pasos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

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