• Jun. 4, 2008, 10:19 a.m.
(Con cariño, para mis amigos detractores)

Hemos creído siempre que los Derechos Humanos son para todos; que el socialismo no tenía fronteras y el proletariado jamás tuvo patria; que la igualdad y la libertad nos llega como un derecho natural por el simple expediente de nacer en cualquier lado; que la diferencia, es un derecho que debe respetarse en todo el mundo. Y que la lógica, la razón y la ciencia, siempre han cubierto como un manto al planeta, por encima de diferencias nacionales e historias colectivas. Pocos sospechan que todos esos conceptos y doctrinas esconden dos cosas: la nación que las fecundó y los intelectuales que las construyeron.

Así, pues, siempre hemos sabido, pero no desprendemos todas las consecuencias del dato, que los Derechos Humanos han sido franceses, promovidos por unos ilustrados refinados y ejecutados por unos revolucionarios asesinos, sobre todo entre ellos mismos; que el socialismo hegeliano fue generado por unos alemanes autoritarios y racistas, aplicado por unos políticos, sucesores de ellos, convertidos en diosecillos de la Historia; que la libertad frente a todo poder, creado por unos ingleses calculadores y pérfidos, sólo podía ser para ellos y no para sus colonias; que la diferencia postmoderna europea y multicultural estadounidense, sólo puede ser gozada por los que ya están dentro como ciudadanos, pero no por los inmigrantes de sus viejas ex -- colonias territoriales y financieras, que no dejan entrar; que la lógica (Hegel), la razón (Rousseau), la ciencia (Newton) y la técnica (Gates) euro-norteamericanas, se nos presentan como estructuras sin tiempo, ni lugar, sostenida por sus demostraciones, éxitos y pruebas por parte de cualquier observador, ocultando las características individuales de quienes las impusieron a todo el mundo. Tales son los casos del eurocentrismo racial de Hegel, el elogio de la fuerza convertida en derecho de Rousseau, la profunda religiosidad colonizadora de Newton y la caridad protagónica y clientelista de Gates.  

Ninguna teoría es universal; todas tienen un indiscutible sello local. De tal manera, se puede decir que son culturas en batallas abiertas entre sí, imponiéndose algunas a las demás, de grado o por fuerza. Es decir, una teoría se convierte en universal, porque ha triunfado en virtud de su poder, y no por su capacidad de argumentación, frente a otra que ha competido con ella.

Cuando triunfan, sus creyentes no pueden oponerse a sus generalidades. Uno se ve condenado a aplicar, ajustar o adecuarlas a las condiciones específicas, pero el corazón de un paradigma no se puede cambiar o, elegimos a otro rival, y repetimos la operación, por ejemplo, los intelectuales latinoamericanos, no vivieron de eso toda la vida con el marxismo y las distintas teorías de la modernización y la postmodernidad?

La cadena metateoría – teoría – práctica, entra en lucha, después, con otras que rivalizan con ella para imponerse a la comunidad de científicos o intelectuales que, a su vez, la imponen a la sociedad entera, con el auxilio de instituciones educativas y ahora, los medios de comunicación.

La práctica es lo que menos importa y está destinada a probarse por creyentes, ciudadanos, militantes, audiencias o cualesquiera observadores.

Detrás de todas las cadenas están los intelectuales, ingenieros de discursos y demostraciones, quienes se “borran” a sí mismos en el proceso. Alcanzaron su mayor cumbre con el positivismo y la representación prometeica. Su invisibilización les suelta las manos para diluirse en la gente “común y corriente”, y no afectar sus mensajes. A cubierto de cualquier “bajón” lógico de sus argumentos, la separación kantiana entre la razón pura y la práctica, los protege de vincular éticas individuales a discursos universales. Sólo el psicoanálisis y después la postcolonialidad, vino a dar una salida diferente al vincular la historia y geografía individual con las producciones teóricas, artísticas y científicas.

Con la postcolonialidad hemos aprendido que la teoría se despoja de atributos específicos y se convierte en abstracción, en virtud de la magnitud de los imperios territoriales, financieros y mediáticos que la soportan.
Así, las fábricas inglesas de la primera hora del capitalismo, como han demostrado algunos historiadores, son copias de sus haciendas de las colonias de Ultramar; el cercenamiento del politeismo a la lógica aristotélica fue necesaria para la modernidad; el silenciamiento de la profunda religiosidad del álgebra árabe tienen que hacerla sin ni siquiera enterarse, los matemáticos y científicos; la razón cartesiana, el propio Descartes tuvo que convertirla en geometría analítica; las polvaredas de Cantor, regresan a la Tortuga y Aquiles de Zenón; la indecidibilidad e incompletitud de Gödel, repite la regresión infinita de Sexto Empírico. En fin, la razón (Atenea) vinculada a Dioses vivos en el imaginario filosófico griego, se vio doblemente despojada, convirtiéndola en “sustantiva”, como sucedánea del dios judío, e instrumental, como expresión descarada de poder.

Poco importa, por ejemplo, que Europa no haya inventado la rueda, la escritura, la imprenta, la pólvora, sino cómo la pusieron a su servicio los imperios para sí mismos y para una fracción muy pequeña de subalternos dentro de sus colonias, que posteriormente “universalizaron”.

Con la ayuda de los intelectuales (por medio de una violencia gramatológica que les llegó del auge de la imprenta) despojaron de sus atributos culturales específicos a todo aquello que podía servir a sus propósitos de dominio, disciplinamiento y control e incorporaron a sus matrices racionales, para el caso moderno, la espina instrumental de las otras culturas. Racionalizaron las culturas desde el tiempo eterno de ellos (lógica), arrancando el corazón vivo de las culturas que venían de vencer. El último, siempre destruía y absorbía al anterior, colocándose de espaldas al que le seguía. Tal hacen e hicieron decoloniales con postcoloniales; ellos, con postmodernos; estos con modernos; a su vez, modernos con cristianos; estos, junto a los bárbaros, con romanos; ellos con los griegos y estos últimos con mesopotámicos. Terminando, todo, en ser una mezcla que domina a otras.

Las mezclas son lo predominante. No hay casticismo (ni blancos o negros como quieren hacernos creer los científicos sociales norteamericanos con sus paradigmas raciales), ni actores con epistemologías puras u “otras”, con la que no cuentan, ni tienen ya en estos tiempos, como lo que nos quieren hacer creer los decoloniales.

Todas las abstracciones impuestas, son descargables desde mezclas para mezclas. De aquí que la diferencia (de tamaño), entre una mezcla y otra, sea sólo una relación de poder. Las hibrideces no son sólo procesos culturales, sino, sobre todo, tejidos de poder.

El asunto se puede demostrar, hoy, con los coloniajes mediáticos y financieros, donde un inglés elástico, rápido y superficial (casi Esperanto) es la lengua dominante. Y, más todavía, en que el mercado moderno (nacido en Venecia como un negocio judío) y la democracia griega (incierta siempre entre la virtud y el exceso demagogo) serán, dentro de pocos años, recombinadas por el socialismo chino y la democracia india, ya de suyo combinaciones del marxismo y el parlamentarismo europeos, con la China e India “profundas”, confucianas, taoístas, budistas, hinduistas y mahometanas.

La abstracción no existe o, mejor, se enmascara con estrategias para imponerse a los demás halagando o amenazando. Y cuando agrada, lo hace con la complicidad de actores internos (de tal modo que no podríamos llamar al fenómeno “violencia epistémica” sino “seducción” y no episteme, sino juego) que hacen apetecible ser como ellos y que valga la pena hacer sacrificios de cualquier tipo, para conseguirlo.

Ahora bien, todo se reduce pues al poder, los intelectuales y los desempoderados en grados diferentes. Aquí la representación, la emancipación y la diferencia juegan el papel más importante. Cuando uno de los eslabones falla, se abre un abismo. Si, por ejemplo, nos enteramos que sólo debe haber aquel tipo de representación que nos consulta y nos brinda el derecho de callar, cambiar de opinión o equivocarnos, sabremos que no hay certezas ni garantías de ninguna promesa. De igual modo, si asumimos que no hay salvación y, por tanto, salvadores de ningún tipo, y que la diferencia, junto con la identidad, no son más que juegos de poder, estaremos en la contingencia, la incertidumbre y el escepticismo sano, que se debe guardar frente a todo tipo de promesas y castigos.

El intelectual siempre ha sido un estratega del pensamiento: convierte la teoría a favor o en contra del poder, y la práctica para ser ejecutada por los desempoderados. Y debemos a todos los intelectuales, la idea de que el pensamiento es el solucionador de todos los problemas y no, como descubrió Krishnamurti, el problema más grande de todos.

Con el pensamiento persiguiéndose a sí mismo, los intelectuales todo lo hacen posible. Pueden jugar también al revés y llamar cicatrices a las heridas, mezclas a las purezas, seducción a la violencia, juego a la episteme, como lo he hecho, hasta aquí.

En síntesis: no hay teorías universales ¿pero decirlo desde cualquier lado, autorreferenciando la expresión para anular todo lo que he dicho, y reírme de ustedes, no es ya en sí mismo, universal?
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