• Jun. 14, 2008, 4:41 p.m.

Llegué después del trabajo a verla y efectivamente estaba en una hamaca debajo de una champita como lo proyectaron los medios. Efectivamente estaba ayer Dora Maria Téllez en la Rotonda de Metrocentro inmolando una huelga de hambre por motives debatibles entre el amor y la guerra.

Aún se debaten las versiones sobre si fue Jinotepe o León la primera ciudad liberada en la Insurrección Final del 79. Aún se debate si fue el Batallón móvil Oscar Pérez Cassar o el Frente “Rigoberto López Pérez” la que liberó la primera ciudad de Nicaragua del yugo de la dictadura.

Hay versiones que aseguran que Dora Maria fue el primer guerrillero al mando en derrotar al enemigo; es decir, hay una versión en la que se asegura que fue una mujer la que inicio el desenlace hacia la victoria revolucionaria de aquellos cortos meses en los que las tres tendencias del FSLN conformaron una Vanguardia que los encaminaría hacia la gloria.

Hoy, esos detalles son minimizados por el hombre de los retratos chichas. Su puño en alto asemeja a una carrera maratónica, y en ésta él es el único que atraviesa la línea de la historia y se lleva el show por completo: Daniel, el Pueblo Presidente; Daniel el elegido; Daniel, el sublime bloque que asciende en la pirámide humana sobre una multitud de héroes, mártires, hueso, olvidado y masa no alineada al populismo de un cadáver político.

Haber llegado después del trabajo a esa dulce pero triste escena de heroísmo, causó en mí una profunda repulsión. En la Rotonda de Metrocentro, debajo de un mega rótulo de Casa Pellas, cuarenta personas –en su mayoría jóvenes-- movían su naranja mecánica sin ton, ni son.

El mismo Canto Épico de los Mejía Godoy, una docena de vehículos de la generación 2006, un hombre gordo con un micrófono en la mano, anunciando: “Dora Maria Téllez ha empezado una huelga de hambre indefinida por los atropellos que hace la nueva dictadura”. “¡No a la Dictadura!”, resaltaba. “No a la dictadura!” insistía. “Suene el pito de su auto en apoyo a nuestras causa”, vociferaba afónico el hombre gordo entre las sombras del cenit de una tarde que anunciaba el aguacero. De cada 100 autos, un pito se solidarizaba con una mujer en huelga de hambre. Todo era una escena embellecida por el patetismo de nuestros despreciados tiempos.

Y yo allí, abandonada en medio de la nada, una trabajadora fatigada pero curiosa, queriendo descifrar este panorama cíclico de nuestra historia viciada, adicta de arribismo, de lamebotismo y cinismo. Venía a mí una sonrisa sonsa del regordete Presidente del CSE. Pensaba en sus fetiches, en su comida gourmet, pensaba en su delineada barba negra, en sus cachetes rosaditos y en esa corbata ajustada que le desaparece el cuello y le impregna esa imagen de esperpento de granja.

Ayer no fue un buen día. Fue un día largo y espinoso cargado de nauseas, dolor y desasosiego. De cada 100 autos sólo uno pitaba. “Nadie pierde”, pensaba. “Nadie entiende qué pasa en este pueblo; todos queremos ser sujetos extraños, extranjeros en nosotros mismos, extranjeros de nuestras propias ganas, de nuestras propias fuerzas, de nuestro propio olvido histórico.

De cada 100 autos sólo uno pitaba. El hombre del Yaris rojo llevaba un cigarro en la mano, y otra mano en medio de las piernas de la amada. La madre de los gemelitos en la Cherokee gris llevababa tantas bolsas del supermercado que ni siquiera se percató del aleteo de las banderas en protesta. La 168 abruptamente se impuso en el redondel, y lanzando una infernal nube de humo iba con el tiempo ajustado: adentro, un hombre, con uniforme de cajero de On the Rum, lanzaba por la ventana --y sin voltear-- una bolsa vacía de fresco.

Ayer no fue un buen día. De 100 autos sólo uno pitaba. ¡Vaya desastre que hay adentro! Quiero salir corriendo, pensaba. Yo también quiero ser extranjera, gringa caituda, cruzar el Río Bravo, el Río San Juan, el Chuluteca, huir en los compartimientos de carga de un trasatlántico, parasitarme arriba de un tren y entrar por Ciudad Juárez, cruzar el estrecho de Gibraltar, arriesgarme entre los túneles de Paris y Londres. Aprender mandarín, iniciarme en el budista, rehacer mi vida en el frío escandinavo o trasegar ganado en la pampa argentina.

Quiero salir corriendo, señores. Ayer de cada 100 autos sólo uno pitaba. Y mientras una mujer en huelga de hambre por defender su derecho a encontrar un rinconcito de participación en los derroteros del país, un enjambre de moscas sigue jugando Nicaragua.


Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus