• Mayo 26, 2014, media noche

“Lo esencial es invisible para los ojos”, le dijo el zorro a El Principito. Y muchas veces nos hace falta esa sabiduría para darnos cuenta que lo esencial de la vida cultural no está en las fotos postales, ni en los monumentos nacionales, ni siquiera en los museos: está en la gente que produce y reproduce las manifestaciones culturales más diversas. La música en las plazas, la danza, los mimos, las ferias y los carnavales, las obras de teatro improvisadas en el espacio público—las hebras que unen a generaciones pasadas y futuras. Toda esa riqueza acumulada, que nace y renace, es lo que llamamos patrimonio cultural.

La ciudad de Cuenca, Ecuador, es un ejemplo

de espacio urbano vibrante de vida cultural.

Foto de Daniel López

¿Cómo se relaciona la cultura con la ciudad, que es su espacio vital? El patrimonio cultural se manifiesta a través de los denominados bienes culturales y patrimoniales (BCPs). Éstos son materiales o inmateriales. Los BCPs materiales pueden categorizase en inmuebles (edificaciones, áreas públicas, monumentos, espacios naturales, lugares históricos, paisajes, etc.); muebles (pinturas, esculturas, culinaria, artes y oficios); documentales (materiales escritos, fonográfico, fílmico, fotográfico y digital); y arqueológicos (sitios, artefactos, restos animales y humanos). En cambio, los BCPs inmateriales se presentan a través de las artes del espectáculo (música, danza, teatro), tradiciones, expresiones orales, usos sociales, actos festivos y técnicas artesanales, entre otros. Al ser únicos e irrepetibles, los BCPs tienen el poder de transmitirnos, en sus múltiples dimensiones y connotaciones, la variada riqueza (o su falta) económica, social, cultural y espiritual de una urbe, así como de sus ciudadanos.

En esta época signada por los cambios acelerados y el avance tecnológico, muchos piensan que el patrimonio cultural es un obstáculo para el progreso. Sin embargo, los BCPs tienen la facultad de transportarnos instantáneamente al pasado, ayudarnos a comprender cómo sus habitantes viven e interpretan el presente y percibir cómo esa urbe se proyecta al futuro. Cuando observamos con atención, la “esencia” de las ciudades se refleja a través de su patrimonio cultural, tanto material como inmaterial. La delineación y condición de sus avenidas, calles y veredas; la arquitectura de sus edificios, mobiliario exterior y viviendas; la relevancia de los espacios verdes y naturales; el significado de sus lugares y personajes históricos; su oferta gastronómica, musical y cultural en general; las festividades, costumbres y comportamientos de su gente; todos estos aspectos nos permiten ingresar en otra dimensión del desarrollo urbano.

En las discusiones de políticas acerca del desarrollo de las urbes del planeta, los temas clave se centran principalmente en cuatro enfoques analíticos: los desafíos económico-sociales vinculados al posicionamiento relativo de una ciudad en el contexto nacional, regional y global; los impactos medioambientales causados por las actividades humanas y el cambio climático; los retos de gobernabilidad que enfrentan las autoridades en sus distintos niveles, en un contexto de mayores y múltiples demandas; y los efectos de los puntos anteriores en la calidad de vida de los ciudadanos. Si bien estos enfoques nos permiten sumergirnos en la complejidad e interrelaciones de estos temas, la temática del patrimonio cultural queda casi siempre relegada a un segundo lugar. Este relegamiento es desafortunado y se debe a un entendimiento imperfecto y limitado de la relación entre cultura y ciudad.

Un ejemplo nos puede ayudar a entender esta relación: cuando la plaza cívica del mercado 9 de Octubre de Cuenca, Ecuador, se liberó de comerciantes informales y ambulantes que la ocupaban desde hace 40 años—quienes fueron reubicados en el nuevo mercado bajo mejores condiciones laborales–la plaza pudo ser utilizada para eventos culturales y sociales, especialmente los fines de semana. En este caso, el reordenamiento del comercio informal, que es parte del desarrollo urbano del sector, propició actividades de BCPs intangibles, tales como presentaciones musicales, de danzas, mimos, pequeñas obras teatrales, ferias de salud, actos festivos, etc., al aire libre, mejorando el paisaje urbano (también intangible) de la ciudad.

Para nosotros en el BID fue un gran reto cuando las autoridades del Ecuador nos solicitaron en el año 2011 apoyo técnico-financiero para el diseño y ejecución de un programa integral de protección y recuperación de su patrimonio cultural, no sólo para revertir la situación de abandono de una parte preponderante de sus BPCs, sino en particular para generar nuevos modelos de desarrollo territorial y económico para el país. Si bien nos encontramos en las primeras fases de implementación, este trabajo conjunto está generando los primeros ejemplos a nivel de América Latina de intervenciones urbanas que combinan la recuperación de sus BCPs con su potencial de desarrollo económico y social. Este tema en el Ecuador ha sido elevado a nivel de rango constitucional y como uno de los pilares en su Plan Nacional de Desarrollo.

El desafío que tenemos por delante es aprender a observar con nuevos ojos y renovado espíritu las ciudades que habitamos o visitamos a la luz del siguiente refrán (que en algo recuerda las enseñanzas del zorro a El Principito): “el desarrollo urbano divorciado de su contexto humano y cultural, es crecimiento sin espíritu”.

 

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