• Jun. 2, 2014, media noche

Todos sufrimos a la hora de ir a trabajar… Y más aún cuando, para ir a la oficina, dependemos del transporte público… Yo nunca olvidaré mi primer viaje hacia mi lugar de trabajo en uno de los colectivos bolivianos, en las estrechas calles de la capital andina. Al subir al minibús –nunca mejor dicho–, tuve la fortuna de poder tomar asiento. Ni en sueños me hubiese visto capaz de viajar –como tantos otros– agarrado a la puerta o haciendo equilibrios entre los destartalados asientos plegables.

 

Mientras consultaba el reloj para ver cuánto me atrasaba en el tráfico, divagaba sobre el impacto medioambiental del negro humo que se escapaba de ese minibús que tenía más años que yo. Aferrado al asiento de adelante, observaba la lucha que libraban los choferes para que nuevos pasajeros subieran a sus vehículos ya repletos. Me preguntaba cuántas horas llevarían estos choferes frente al volante y si esa noche habrían dormido algo. El clamor de las bocinas, los gritos de los motores, el furor de los frenos, el humo de los escapes: estaba en el infierno del transporte público

 

Esta experiencia la viven cada día millones y millones de usuarios del transporte público en las ciudades latinoamericanas. Diversos estudios recientes han demostrado que un paceño gasta entre 5 y 7 años de su vida en el transporte público. ¿Siete años en este infierno? Esto explica sin duda por qué los choferes de los colectivos se convirtieron en unos de los trabajadores más temidos (y, tal vez, más odiados) por los ciudadanos. Usuarios y medios de comunicación suelen pintar a los trabajadores del sector como unos monstruos salvajes, irrespetuosos, peligrosos. En un periódico  leí por ejemplo: los transportistas “han provocado una total indefensión en la población, llegando incluso a niveles cuasi inhumanos con los más débiles: niñas y niños, personas de la tercera edad, y otros que son ignorados por muchos conductores”. ¿Será así? ¿Será que los transportistas son inhumanos? ¿Será que aquel día el chofer del minibús que tomé realmente no me quiso dejar ir a trabajar? No creo…

 

Más bien creo que los choferes, y de manera general la casi totalidad de los trabajadores del sector viven, ellos también, cada día, un infierno. Este infierno, más profundo y más violento que el que viví aquel día es el infierno de la informalidad laboral. En los países en desarrollo el transporte público se “auto organiza” en diferentes estructuras laborales informales como los sindicatos o las asociaciones de rutas, que agrupan a docenas de pequeños operadores individuales y sus diversos empleados. Siendo informales, los trabajadores del sector no cuentan con protección social.

 

Tampoco cuentan con horarios de trabajo establecidos. Estudios en diferentes ciudades en desarrollo establecieron que los transportistas trabajan entre 14 y 17 horas al día. (¡17 horas! ¿Y cuándo duermen?). El ingreso tanto de los choferes propietarios de los vehículos como de los choferes asalariados informales depende directamente de la cantidad de pasajeros que logran transportar en un día. Contrariamente a lo que cuentan algunas leyendas urbanas, la mayoría de los trabajadores del sector son pobres –en La Paz, más del 30% de ellos viven debajo de la línea de pobreza-. Para acumular un ingreso aceptable al final de su jornada laboral el chofer corre, no respeta señalizaciones, rellena al exceso su vehículo y desprecia los tramos menos rentables de las diferentes rutas. ¿Es flojo el transportista? ¿Es odioso el transportista? ¿Es salvaje el transportista? No, el transportista trabaja, y trabaja de acuerdo a las reglas que le impone su informalidad laboral.

 

La formalización laboral del sector es una necesidad tanto para el trabajador del transporte como para la ciudadanía en general que padece, cada día, de las consecuencias de esta informalidad. Como lo muestra el siguiente video, cambiar el oficio de una persona cambia la vida de muchos. Transportista, lo confieso, ¡yo también te odié aquel día pero, poco a poco, entendí que mi infierno también era el tuyo!

 

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