• Jun. 17, 2014, media noche

Arena das Dunas en Natal, Brasil. Foto de Wikicommons

 

 

12 estadios han sido construidos o remodelados en Brasil para recibir a 3.7 millones de visitantes en este mundial de fútbol. Esto va acompañado de cuantiosas inversiones en transporte, aeropuertos y hotelería. Una vez entregado el trofeo, la pregunta será: ¿Qué queda después de la euforia?  El país habrá invertido cerca de 8 mil millones de reales (3.6 millones de dólares) solo en los estadios a los que debe adicionarse importantes inversiones realizadas en transporte, aeropuertos, y hotelería. Ciertamente, habrá un retorno económico inmediato—se estima que el visitante promedio gastará US$2.500—pero esto es algo momentáneo. El retorno económico de las inversiones, en cambio, deben analizarse en una perspectiva de mediano o largo plazo, ya que la infraestructura quedará para el uso de los residentes de las 12 ciudades. Surgen entonces preguntas de fondo: ¿Qué queda en pie además del recuerdo? ¿Pueden las inversiones contribuir al desarrollo urbano?, ¿El mundial sirve de impulso para revitalizar las ciudades?

 

Estas preguntas, por supuesto, no son nuevas. Existen experiencias pasadas positivas y negativas de la relación entre grandes eventos deportivos y desarrollo urbano. Entre los casos emblemáticos de buenas prácticas está la experiencia de los Juegos Olímpicos en Barcelona (1992) y Londres (2012). En estos casos la inversión en infraestructura se localizó en las zonas más deprimidas de la ciudad, Poblenou y East London, respectivamente. Fue una inversión pensada para ser útil en el largo plazo. La alcaldía londinense explica con orgullo que el 75% de la inversión pública realizada se diseñó para crear un legado permanente para los residentes del este de Londres. Hoy existe en esa zona el Parque Olímpico Reina Isabel, que alberga 2.800 viviendas nuevas (y 11.000 en los alrededores), escuelas, centros de salud, zonas comerciales y recintos deportivos, además del ArcelorMittal Orbit, la escultura más grande del Reino Unido. Las experiencias menos exitosas han sido las olimpíadas de Atenas (2004), Beijing (2008) o el Mundial de Sudáfrica (2010). En estos casos se realizaron inversiones que actualmente se encuentran subutilizadas, y ese es el riesgo que corren todas las inversiones asociadas a grandes eventos deportivos.

 

Cuando Brasil ganó la sede del Mundial 2014, eligió 12 ciudades para jugar partidos, con la clara intención de distribuir los beneficios económicos en todo el país. Por eso será el mundial que se juega en más ciudades (3 más que en Sudáfrica). Está por verse si los 12 estadios construidos o remodelados, serán utilizados en su capacidad y si las inversiones en su conjunto (estadios e infraestructura) contribuirán al desarrollo urbano de las ciudades sede. Este problema es particularmente importante en ciudades del interior que carecen de equipos importantes de fútbol que justifiquen la dimensión de los estadios.

 

En 2013 el Banco Interamericano de Desarrollo junto con el Ministerio del Deporte de Brasil publicaron un documento sobre la interacción de los grandes eventos deportivos con la planificación urbana. Esta publicación analiza las mejores prácticas y presenta una serie de recomendaciones, recogiendo los resultados de dos seminarios realizados en Manaos y Brasilia durante el 2011 y  2012. Entre los puntos más destacados están el análisis comparativo de las experiencias de las ciudades que organizaron grandes eventos deportivos a nivel global (olimpiadas y mundiales) y cuáles fueron los factores de éxito; los proyectos innovadores propuestos por las ciudades sede que, al final, fueron ejecutados solo parcialmente; y las principales recomendaciones a las ciudades interesadas en incrementar los beneficios asociados al mundial. La publicación está disponible aquí. 

 

Una conclusión general es que Brasil puede ganar mucho con el Mundial de este año y las Olimpíadas de 2016. Los beneficios incluyen: renovación de infraestructura, aumento de la recaudación fiscal, creación de nuevos trabajos,  fortalecimiento de la identidad regional y la autoestima, aumento de la visibilidad de las ciudades, consolidación de la imagen internacional, y la movilización de toda la sociedad tras un objetivo común.

¿Cómo actuar entonces para maximizar los beneficios de largo plazo en esta oportunidad única? El análisis del BID llegó a estas conclusiones:

 

Primero, la experiencia internacional muestra que el evento deportivo de mayor impacto en el desarrollo urbano y calidad de vida en las ciudades, no son los mundiales sino las olimpiadas. En efecto, los casos de Barcelona, Sydney o Londres muestran el poder transformador de las inversiones realizadas, siempre y cuando éstas se enmarcan dentro de un proceso de regeneración o revitalización del tejido urbano. Esto no implica que los mundiales carecen de efecto transformador en la ciudad, sino que las olimpiadas permiten una mayor concentración de las inversiones lo que tiene impactos en la estructura y funcionamiento de la ciudad. En este sentido las olimpiadas del 2016 pueden constituirse en la nueva referencia de tranformación urbana mediante un mega-evento.

 

Segundo, en todos los casos los beneficios generados por los nuevos estadios dependen de la capacidad para convertirlos en centros de entretenimiento multiuso. Esto es particularmente importante para ciudades como Brasilia o Manaos que no tienen equipos fuertes de futbol, pero que son centros importantes de entretenimiento y, de manera creciente, son parte de los circuitos de los grandes shows internacionales. En este sentido, la experiencia de la Arena de Ámsterdam es una referencia obligada por la creatividad con que se han manejado las oportunidades de realizar negocios.

 

Tercero, se constata que tan importante como los estadios, es dar continuidad a las inversiones complementarias especialmente las de transporte, recuperación de los espacios públicos y revitalización urbana. En otras palabras, para que el legado del mundial no se limite a los nuevos estadios, habría que asegurarse que los proyectos identificados para el Mundial 2014 no son abandonados luego de finalizados los juegos. Esto implica re-evaluar los proyectos y dar continuidad a aquellas iniciativas más directamente relacionados con las prioridades establecidas en la planificación urbana de largo plazo y las necesidades de los ciudadanos.

 

Finalmente, el estudio analiza la compleja interacción entre las inversiones en eventos deportivos de gran escala y el tejido social, concluyendo que siempre se debe tener en cuenta los posibles impactos socio-económicos de estas inversiones a la vez que se facilita el mayor involucramiento posible de la población. Talvez en esto, el Mundial 2014 también nos brinde importantes lecciones que seguramente serán de utilidad para el próximo gran encuentro: Olimpiadas Rio Janeiro 2016.

¿Cuánto beneficiará a las ciudades las inversiones del Mundial 2014?, ¿Valió la pena invertir en estos nuevos estadios?, ¿Qué legado dejará el Mundial 2014 para los ciudadanos?. Como vimos, la respuesta a estas preguntas dependerá de la forma en que cada ciudad gestiona las nuevas infraestructuras deportivas y lo que haga para hacer de estas un elemento integrante de su desarrollo urbano. Por ahora, disfrutemos del mundial.

 

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