• Jun. 17, 2014, media noche

Eso es lo que debió pensar Alexandra Parra cuando, tras bajarse del Transmilenio en el que iba  al trabajo en el centro de Bogotá, decidió denunciar públicamente el acoso sexual que había sufrido. No es un caso aislado, muchas mujeres de la región sufren este trato vejatorio en los medios de transporte masivo que, abarrotados o no, se convierten en zona franca para tocamientos, acosos e incluso violaciones. Existen incluso colectivos de agresores que incentivan estos abusos en internet.

Tampoco es un problema nuevo. En 2008, las mexicanas del DF ya no aguantaron más y sus quejas hicieron que el Instituto de las Mujeres lanzara el programa Viajemos Seguras dentro de un marco normativo de igualdad de género, con presupuesto propio y con la integración de hasta 10 entidades.

Y es que, lamentablemente, para muchas usuarias los tocamientos forman parte de su rutina diaria. Hablamos de agresiones tipificadas en general como leves o que, como en el caso de Brasil, ni siquiera cuentan con un término jurídico específico, por lo que los autores no cumplen pena alguna o reciben castigos blandos.

 

Objetivación del cuerpo femenino, machismo, acoso callejero y en espacios públicos, violencia de género en el caso de las agresiones más graves… Éstas son sólo algunas de las causas de un problema complejo para el que no existe una única denominación o  clasificación legal.

 

¿Qué podemos hacer? ¿Qué medidas funcionan?

 

Distintas ciudades del mundo han puesto en marcha iniciativas para poner freno a esta situación. Una de las más conocidas es la segregación, ya sea mediante la separación de unidades de transporte público o con unidades exclusivas para mujeres –los llamados en ocasiones vagones o buses rosa-.

Esta medida –que el Transmilenio está probando de forma piloto- no sólo se introduce para evitar agresiones, sino para facilitar que las mujeres usen el transporte público. En Bangladesh, la sharia impide a hombres y mujeres compartir espacios y, sin separación en el transporte, son ellas las que se quedan en tierra. En otras lugares estas prácticas son medidas temporales y complementarias mientras se va generando una cultura de respeto a la mujer. Y no son perfectas, ya que suelen funcionar sólo en horas punta y en ocasiones ni siquiera se respetan.

 

Las campañas publicitarias pueden ser otra forma de generar cambios en el comportamiento. El Transmilenio ya ha servido de escenario a un coro que quiso demostrar que puede ser un buen espacio de convivencia ciudadana. ¿Por qué no incluir campañas publicitarias que fomenten el respeto a la mujer e insten a la denuncia de conductas inapropiadas? Sistemas de transporte públicos como el de Washington DC o Nueva York ya lo han intentado.

 

Un refuerzo en la persecución policial de estos delitos y en las vías para denunciarlos también ha dado resultados. En Londres, tras conocerse que el 15% de las usuarias había reportado haber sufrido acoso sexual pero que sólo el 10% de ellas lo había denunciado, se reforzó la presencia policial: en 5 meses aumentaron un 20% las denuncias y se detuvo a 170 agresores.

Existen otras muchas iniciativas (te invito a conocerlas en esta Guía del BID para incorporar la perspectiva de género en los sistemas de transporte) que podrían hacer más seguro el transporte masivo para las mujeres, como contar con espacios activos e iluminados o realizar auditorías de seguridad, entre otras. Y todas parten del mismo concepto: integrar una perspectiva de género en los sistemas de transporte urbano para conseguir que usuarias y usuarios disfruten de su viaje con igual seguridad.

 

¿Y tú qué opinas, en tu ciudad hacen falta más vagones rosa o más educación sobre igualdad de género? No te quedes en tierra, comparte tu experiencia.

 

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