• Jun. 10, 2008, 10:06 a.m.
Dedicado a mis maravillosas hijas:
Ma. Gabriela y Marcela María


Creo que se hace imprescindible y casi obligatoria en tiempos actuales la lectura de “El Principito”. Crisis multidimensionales entre la que se registra como una de las más lamentables la de los “valores humanos”. Y esta sugerencia no es para convertirnos en escapistas de la realidad o militantes utópicos, todo lo contrario, más bien para procurar protegernos y reverdecer, - ser sin el deber-ser -, ante los constantes embistes que somos víctimas día a día: sociales, políticos, económicos, morales y de toda índole. Ya no podemos hablar de “tejidos” sociales, más bien de tapices agujereados, una sociedad fracturada y definida desde el poder porque definir, es poner límites.

Leerlo, es rebelarse y reconstruirse más allá de las corrientes de pensamiento contemporáneo (utilizadas como técnicas de domesticación); rescindir de sectas o espiritualismos falsos que creemos alimentan esperanzas o llenan abismos (redentores de las soledades existenciales); descreer sin dolor de lo material (por la devaluación del contenido significativo de la vida); sonreír sin compromiso y vivir nuestras vicisitudes plenamente (imposibilitadas por el agotamiento metafísico del ser y las discusiones axiológicas) y sí llorar la muerte del amor, la solidaridad, la bondad, la verdad, la honestidad y la lealtad (para romper con el escepticismo), entre tantas cosas perdidas.

La tendencia reinante es un abandono total al ser y la descalificación a las utopías humanistas: pero no al humanismo clásico (que separa la mente y el cuerpo) o modernista (que ha debilitado a las personas) o el postmoderno (filosofar a martillazos). Vemos pues, que al humanismo lo asesinaron los propios humanistas. Y nace entonces, una visión egoísta del orden humano, un zoológico humano a como le llamó Sloderdijk.

Antoine de Saint-Exupéry (Lyon, 1900 - en el mar Tirreno, 1944) autor de “El Principito”, un gran escritor y aviador, rompió las barreras y redimió con su genial y peculiar libro a ese “ser” tan buscado por las personas y a su vez, abandonado y mutilado. Es la abstracción confesa desde su “yo”, de las ilusiones truncadas y también la lucidez para aceptarlas. No en vano, en algún momento expresó: "Siempre quiero que mis desgracias se tomen en serio" y "me disgusta que mi libro sea leído a la ligera". Sugiere ser decodificado y por supuesto, disfrutar de su narrativa seductora y sin retórica literaria. Fue un hombre que para el, “ pensar y hacer eran la misma cosa". Manifestó en repetidas ocasiones que si no volaba no podía escribir y viceversa. Ambas actividades se nutrieron y convivieron siempre en armonía.

Su experiencia como piloto fue muchas veces el germen de inspiración de sus libros, aunque, resulta paradójico que un hombre que estuvo involucrado en diversas acciones militares como aviador y héroe en varias misiones, produjera una obra tan maravillosa, existencial y humanista como El Principito.

¿O quizás, la misma guerra que enfrentaba la Europa de ese entonces lo hizo reflexionar sobre la destrucción del espíritu humano, la soledad infinita y el arrebatamiento de su espacio interno? ¿Sufrió el desencanto de la ilusión de un presente siempre ficticio e ideal? Supongo, que de allí se deriva esta autobiografía personificada en un niño que más que un cuento infantil que arrastra hacia un viaje fantástico espacial y terrenal (como las bandadas de pájaros que condujeron a El Principito), es fundamentalmente un cuento para adultos. He escuchado en mi vida expresiones tales como ¡Qué libro más lindo! ¡Cómo amaba su rosa! Más allá del sabor candoroso y tierno que nos dejan sus prosas, es un llamado de atención a las personas y al sistema mismo.

El Principito, es una sinopsis de valores que deberían imperar en nuestras sociedades y que a diario se esfuman. Encontrarlos, es como descubrir agua en el desierto. Es el rescate de la sabiduría infantil, esa sabia y poderosa ingenuidad. La historia de un niño que encarna toda una filosofía sobre la vida basada en el amor, la sencillez, la bondad y la verdad. Y por ello, constituye la tercera obra más leída después de La Biblia y El Capital de Carlos Marx.

Nos enseña a no continuar vegetando, a liberarnos del escepticismo que ocupamos de escudo y a rescatar lo simple y sencillo. No sé por qué al leerlo y releerlo siempre me ha causado una sensación de un collage de diversas filosofías sin nombre. En sus páginas he encontrado disfrazados a Lao Tsé (“El sabio no enseña con palabras, sino con actos”), a Borges (“Uno está enamorado cuando se da cuenta que la otra persona es única”), a Camus ("Los tristes tienen dos motivos para estarlo: ignoran o esperan."), a Sansot (“La soledad y el silencio son necesarios para la reflexión y, sobre todo, la auto-reflexión que posibilita el autoconocimiento, ese sumergirse en el propio «dentro», en la interioridad, para saber quiénes somos”), a Neruda ("Cuando crezcas, descubrirás que ya defendiste mentiras, te engañaste a ti mismo o sufriste por tonterías. Si eres un buen guerrero, no te culparás por ello, pero tampoco dejarás que tus errores se repitan."), a Sartre (“Es por el hombre que hay valores en el mundo….y ha de hacerse a sí mismo en su existencia para encontrar su esencia.."), a Heidegger (“Ninguna época ha sabido tantas y tan diversas cosas del hombre como la nuestra. Pero en verdad, nunca se ha sabido menos qué es el hombre”), entre otros. No quiero definirle o imaginarle enmarcado en una corriente filosófica, pues sería matar su belleza y autenticidad.

Además, devela los dilemas afectivos del autor, su incapacidad de poder amar plenamente: abandona su Asteroide donde habitaba su más preciado tesoro, una rosa bellísima y vanidosa, por no querer pertenecerle. Después, El Principito descubre que hay miles iguales a ella, pero, que en definitiva su rosa era única. Se advierte la crítica al poder en sus diversos espacios con la visita de El Principito, a los planetas: Rey, militar, historiador, hombre de negocios… Cada uno de ellos simbolizando el afán de ejercer el poder, aunque solitariamente, trasluciendo la debilidad del mismo: su angustia y desesperanza. El Principito, obtiene su victoria sobre estos hombres y aún más sobre sí mismo: es poderoso, liberándose de ellos.

Es un grito de alerta a las personas adultas que tan fácilmente olvidan cómo eran cuando pequeñas y que se han embriagado hasta el exceso con y por el poder, las fantasías tecnológicas y la ausencia del sentido de responsabilidad, como sensibilidad humana.

No se puede dejar de mencionar que la afición de escribir de Saint-Exupéry surge desde temprana edad (seis años), cuando se enamoró perdidamente de una niña y fue a ella a quien dedicó algunos de sus primeros poemas. Entre sus obras encontramos El aviador (1926), Correo del sur (1928), Vuelo nocturno (1931), Tierra de hombres (1939), Piloto de guerra (1942) y El Principito (1943), ilustrada por él mismo, y con la que se dio a conocer mundialmente y Carta a un rehén (1944).

Póstumamente, salieron a la luz un libro de reflexiones, Ciudadela (1948), Carnets (1961) y la recopilación de artículos Un sentido a la vida (1956). Todas ellas constituyen una exposición filosófica sobre la vida: sus virtudes y defectos. Muchos de ellos, son existencialistas. Heidegger, dijo en una ocasión que El Principito era uno de los libros más existencialistas del siglo.

Es como una catarsis para recoger los pedazos de cristal humano regados dentro y fuera de nosotros. Rescatar para el “hoy y ahora” la inocencia y lo genuino que poseímos cuando éramos niños o niñas. Ahora que la sociedad moderna se halla estructurada alrededor de una ideología individualista, hay que superarla, con una ideología cultural solidaria. Este libro, es un canto a la esencia del ser humano.

En marzo de 2008, Horst Rippert, quien fuera piloto del III Reich de Hitler, se declaró autor del derribamiento del avión que piloteaba Saint Exúpery en 1944. El cuerpo nunca se descubrió, quizás, por que se encuentre en el Asteroide B 612 (¿en mi blog?) que él eligió en una de esas noches de sus controvertidos vuelos.
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