• Ago. 13, 2007, 8:27 p.m.
Empiezo a escribir y mi mente se puebla de imágenes del invierno en Managua, el sonido del aguacero en el zinc, las nubes oscuras sobre el lago pulsando cargas eléctricas, el viento levantando la hojarasca, las hormigas voladoras entrando a la casa. Nada es más bello para mis ojos que el verdor del invierno nicaragüense; nuestra Torre Eiffel son los cúmulos nimbos que se alzan en el horizonte como blancos rascacielos al atardecer, nuestra sinfónica son los chocoyos y pájaros de la madrugada, el perfil de nuestra ciudad son los volcanes en la ribera del lago bebiendo el agua como grandes y mansos mamíferos.

Es bello nuestro país y su belleza es terca y llena de nostalgia porque merecería muchas más que aquellas cien personas cuyo amor, según Sandino, sería suficiente para que, además de bella, fuera libre.

Mi papá murió, tras una larga enfermedad, en la madrugada del 18 de Julio. Su entierro fue el 19 por la mañana. Llegué a mi casa por la tarde y me derrumbé hasta el anochecer, cuando una costumbre de 28 años me llevó, esta vez frente al televisor, a ver la celebración de una fecha que es un mojón clavado profundamente en la arena de mi corazón.

Hermosa se veía la plaza con las banderas y la gente. Hoy como ayer la gente esperando tanto del sandinismo. Hoy otro sandinismo queriendo parecerse a las expectativas de esos ojos y esas voces entusiastas. Las voces que antes aclamaban a los líderes guerrilleros, ahora aclamaban al único líder que tuvo la astucia de convertir una revolución de miles en la cosecha de un solo hombre. Ave Daniel Ortega, Ave César, Ave el Salvador de Nicaragua, hermano de Sandino, de Darío, unificador del pueblo, Mesías de los pobres y los oprimidos. Era como rezar el rosario oír las letanías rodando en el micrófono. No recuerdo un 19 de Julio más floreado en palabras, ni en escenografía, las luces de colores, los juegos pirotécnicos, la carga cerrada de alabanzas de la maestra de ceremonias, con la visera infaltable tanto para la luz del sol, como para la luz de la luna.

Me pareció que los presidentes invitados estaban un poco azorados ante el despliegue verbal, pero también emocionados de ver tanta gente. Nunca faltó la gente a su 19 de Julio y éste no fue la excepción.

El problema es que así como el hábito no hace al monje, la épica no hace a la revolución. Y como dice el Eclesiastés, que el Presidente Hugo Chávez citó, hay un tiempo para cada cosa, o como dirían Heráclito y Parménides, “nadie se baña dos veces en el mismo río”.

Es, hasta cierto punto, humano querer revivir la épica revolucionaria. Para la generación sandinista que vivió el 19 de Julio de 1979, no creo que ningún recuerdo pueda compararse con el de esos días de júbilo y de esperanzas desplegadas, pero ese tiempo fue tan diferente al de ahora que ni Houdini en toda su gloria podría revivir aquel espíritu en un acto masivo de ilusionismo.

De allí que este acto, en 2007, que con tanto esfuerzo e insistencia quería parecerse al pasado, fracasara tan estrepitosamente no por carecer de asistencia, sino por la desconexión entre los de la tarima y los que, en su diario vivir, no han visto más que la parafernalia de la revolución.

El discurso, aún para Daniel Ortega que no es un gran orador, fue notablemente disperso. A falta de la épica heroica del derrocamiento de la dictadura somocista o de la guerra de la contra, Ortega se remontó a la colonia y quiso inflamar la pasión de la gente con el poema de Fernando Gordillo sobre Andrés Castro, planteando que el enemigo es el mismo y que es preciso que Andrés siga lanzando su piedra. Se sacó además, de la manga, conspiraciones contra el programa Hambre Cero, contra los Consejos Ciudadanos, acusando a quienes los critican, y reiterando su voluntad suya de él de que se hagan las cosas como él ha dispuesto, pues si algo dejó claro es que su poder presidencial es el rasero que terminará de medir todas las cosas, incluso la democracia.

Viendo a Daniel recordé aquella espectacular frase de José Martí quien dijo que el heroísmo de la paz era el más difícil porque para el hombre es más fácil morir con honra que vivir con orden. Se me hizo la síntesis de esa necesidad que parece tener siempre este presidente, de enfrentarse a algo, de imaginarse constantemente David contra Goliat, como si no pudiera ser igualmente heroico gobernar constructivamente, no seguir repartiendo culpas, asumir la corresponsabilidad de las privatizaciones de los servicios públicos, la firma del Cafta, los desmanes jurídicos y políticos que su gobierno desde abajo permitió en la asamblea a los de arriba en estos dieciséis años. Eso sí sería heroico. Sería heroico abrir su gobierno a la mirada de la población, heroico permitir la autonomía municipal en vez de tratar de imponer verticalmente esos consejos controlados desde la presidencia, heroico admitir la crítica como un mecanismo esencial de la democracia, heroico ordenar el estado para que le cumpla a la gente, heroico terminar con el sectarismo. Tanto heroísmo necesitamos, el heroísmo de la paz, del trabajo, de la convivencia, de la tolerancia, de la riqueza para todos.

A ver cuando llueve el presente en la razón de nuestros gobernantes y, además del paisaje, la esperanza también se pinta de verde.
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