• Jul. 31, 2014, media noche

En mi último blog, hice un comentario sobre las complejidades de la vida cotidiana y cómo la historia de los malvaviscos parece un cuento de hadas. Eso me hizo pensar en los cuentos de hadas, en las niñas y, especialmente, en cómo estas historias contribuyen a su educación y al impulso que queremos darles para que se conviertan en las mujeres que esperamos y aspiramos que sean en el futuro.

 

Lo cierto es que vivimos en un mundo de princesas. Ellas reinan y están en todas partes: en la ropa, las loncheras, los cuadernos, en la televisión, en las películas y en nuestros hogares. Nuestras hijas se han convertido en princesas, y no lo digo en sentido figurado, hasta el punto de que “princesa” y “niña” se han convertido practicamente en sinónimos. ¿Pero, no es esto lo que hace a las niñas, niñas? ¿Ser inofensivas y lindas hasta que les llegue el momento de crecer? Quizás.

 

Pero… ¿y si no es así? Lo cierto es que las niñas necesitan prepararse para vivir en el mundo real y, por ello, las escuelas juegan un papel primordial. Sin embargo, la educación no puede cumplir su papel a menos de que los maestros sepan inspirar a las niñas a tener grandes sueños y les den las herramientas necesarias para convertir esos sueños  en realidad. Hoy en día, las niñas ya son minoría en los campos de las ciencias y las matemáticas. Además, muchas veces estas niñas no poseen la suficiente confianza en sí mismas para llevarse al mundo por delante. De hecho, tres de las afecciones más comunes en niñas son baja autoestima, depresión y desórdenes alimenticios.  

 

Todos sabemos que la vida no es un cuento de hadas. ¿Has pensado qué ocurriría si las actitudes y aires de princesa –  ”una vez princesa, siempre princesa ” – con las que criamos a nuestras niñas fueran, en verdad, la manera en que las niñas de hoy en día perciben y actúan en la vida real? ¿No crees que esto haría que, desde muy temprano, las niñas se decepcionaran a raíz de sueños vacíos y nociones poco realistas e imprecisas de cómo funciona el mundo? Por eso, en vez de volver a la época medieval, el reto es seguir adelante. Esto significa deshacerse de las prescripciones estereotípicas y de los prejuicios para traspasar las fronteras en las que la determinación y la inteligencia sí cuentan.

Los finales felices no ocurren por casualidad. Debemos hacer que ocurran, intencionalmente, y paso a paso.

 

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