• Jul. 31, 2014, media noche

La escala de la urbanización en China ocurre a una escala sin precedentes en la historia. En los últimos 35 años, 560 millones de personas se han desplazado del campo a la ciudad. Esto es casi toda la población de América Latina. Entre 2014 y 2020, el gobierno chino calcula que los habitantes urbanos crecerán en 100 millones. Construir viviendas y expandir infraestructura y servicios urbanos 100 millones de personas en 5 años equivale a construir una ciudad de 20 millones de habitantes cada año. Es decir, el equivalente a Ciudad de México en un año. ¿Cómo se logra esta proeza?

 

En marzo de este año, China hizo oficial el nuevo plan quinquenal de urbanización 2014-2020. El objetivo es llegar al 60% de población urbana en 2020 (hoy el 53% es urbano). Esto equivale a desplazar 85 millones de personas del campo a la ciudad. Sumado al crecimiento vegetativo de la población, las ciudades crecerán en 100 millones de habitantes entre 2014 y 2020. El costo estimado en vivienda, infraestructura y servicios urbanos es de 6.8 millones de millones de dólares.

¿Qué diferencias hay entre la urbanización de China y de América Latina?

 

La urbanización a gran escala en China impone desafíos formidables. Entre ellos el uso del suelo, dadas las particularidades del sistema político chino. La tierra es de propiedad pública. Para urbanizar, el Estado debe ceder tierra al uso privado. Por eso, el gobierno chino tiene un fuerte control sobre el proceso de urbanización. Todas las decisiones sobre uso del suelo dependen del gobierno. Esto ha tenido consecuencias positivas y negativas. Los aspectos positivos tienen que ver con la eficiencia. Por ejemplo, si el gobierno quiere construir una carretera, expropia la tierra y la construye de inmediato. Por eso la infraestructura se construye rápidamente. Los aspectos negativos tienen que ver con que las decisiones centralizadas muchas veces no son óptimas, especialmente cuando no forman parte de un plan urbano integral. En estos casos pueden afectar negativamente la calidad de vida de los residentes. Y cuando se construye con un mal plan, las soluciones posteriores son muy difíciles y costosas.

 

Otro aspecto controvertido de la propiedad pública del suelo es el enorme beneficio económico que capturan los gobiernos locales. Desde la privatización de las viviendas en 1998, el mercado inmobiliario tuvo un boom. El precio de las propiedades se disparó, arrastrando hacia el alza el precio del suelo. Los gobiernos locales lograron enormes ingresos con la privatización de terrenos públicos, y la venta de terrenos se ha transformado en una porción sustancial de sus ingresos, a veces creando una dependencia fiscal en la privatización del suelo. Por eso, las decisiones sobre el uso del suelo no responden a consideraciones de desarrollo urbano. En China han aparecido “pueblos fantasmas”, donde la mayor parte de las nuevas viviendas están abandonadas.

 

A pesar de estas diferencias sustanciales en la propiedad de la tierra y el rol del gobierno en las decisiones sobre el uso del suelo, hay paralelos interesantes entre América Latina y China. Al igual que América Latina, China enfrenta el desafío de dar cabida a los inmigrantes rurales y ofrecer un acceso equitativo a vivienda y servicios urbanos. Bajo las regulaciones actuales, los inmigrantes rurales chinos están excluidos de protección social: no tienen acceso a servicios de salud, educación o programas de vivienda social. Esto es un obstáculo para que nuevos habitantes se asienten en las ciudades. Los inmigrantes rurales llegan en busca de trabajo, pero no logran establecer lazos sociales y emocionales con la ciudad.

 

Cómo lograr un desarrollo urbano balanceado en ciudades pequeñas y medianas es un desafío compartido en ambas regiones. China cuneta hoy con 6 mega-ciudades (más de 10 millones de habitantes): Shanghai, Beijing, Chongqing, Chengdu, Tianjin y Guangzhou. Mientras las grandes ciudades crecen rápidamente, atrayendo a un gran número de nuevos habitantes, las ciudades más pequeñas quedan rezagadas en competitividad, innovación y vitalidad. La diferencia es a veces enorme. Las ciudades chinas más prominentes lucen como las más modernas del mundo. En infraestructura, son más modernas que sus pares en el mundo desarrollado. En las ciudades pequeñas, sin embargo, nada ha cambiado en los últimos 20 años.

 

A pesar de que China y América Latina tienen sus propios arreglos institucionales, y desafíos únicos en desarrollo urbano, el potencial para fortalecer la cooperación entre ambas es promisorio. Muchos de los desafíos que enfrenta hoy China los enfrentó América Latina en el pasado. Problemas como la congestión vehicular, la degradación de espacios urbanos, la informalidad, la contaminación del aire, la integración urbano-rural, la provisión de vivienda, el mejoramiento de los servicios públicos, y muchos otros, son preocupaciones comunes para ambos.

 

La experiencia de América Latina en décadas de urbanización es un acervo valioso de lecciones aprendidas. Las autoridades chinas tienen muchas conclusiones que sacar, y lo están haciendo. A pesar de las divergencias institucionales, muchos aspectos técnicos sobre uso del suelo y políticas urbanas son intercambiables. El éxito de América Latina en temas como la reformas en uso de suelo, innovaciones en transporte urbano, y la promoción de vivienda en alquiler son iluminadoras y exportables. De acuerdo al último plan quinquenal, China se esforzará por urbanizar para mejorar la calidad de vida: ciudades más compactas, verdes, limpias, inclusivas y con mejores servicios. Estos son los objetivos comunes entre China y América Latina, que los habitantes urbanos en ambas riberas del Pacífico tengan una vida urbana más plena.

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