• Jun. 18, 2008, 2:50 p.m.
Cuando uno cree analizar sociedades o coyunturas específicas, en realidad lo que está haciendo es analizar lo que los medios de comunicación de masas nos dicen de esos fenómenos, dada la imposibilidad de estar in situ en todos los lugares o en aquellos que no tenemos más remedio que confiar en quien nos lo comunica y hacer de ellos, con nuestro crédito, un monopolio. Entonces, siempre estamos analizando medios, no fenómenos. Y lo sorprendente de esta operación es que al invisibilizarlos, ganan en credibilidad por su mediación y es el precio que cobran cuando después, al independizarse, hablan en nombre de unas audiencias y opinión pública que han co-creado (y que luego se miden a sí mismas con técnicas estadísticas) para imponernos su agenda política en nombre de una credibilidad artificiosa.

Todas las cadenas de televisión mundial y regional, al menos las aquí consideradas (CNN, Al Jazeera y TELESUR) son profesionales, con sus secciones variadas y en orden, buena dicción, presentación sobria y equilibrada sea desde Atlanta, Qatar o Caracas. Sin embargo, cada una de ellas está soportada por un paradigma que simplificaré por razones pedagógicas, porque en la realidad se combinan pero donde uno de sus aspectos es el que domina en mayor medida a los demás.

Tales son el paradigma Clasista, en una variedad muy simple que, con respecto al marxista clásico e incluso heterodoxo, ha efectuado varios pasos atrás, presentando una estratificación ligera y fácil de las sociedades al dividirlas en imperialismo, oligarquías, pobres y dirigentes revolucionarios. TELESUR se presta a este esquema para vehicular intereses de países comprometidos en proyectos emancipadores de carácter subcontinental.

El “Democrático” (con comillas, por favor, señor o señora editora), es el que supone, fruto aún de su borrachera de vencedor ante un adversario que se derrumbó solo, que todo el mundo está dirigiéndose inexorablemente a un esquema simple basado en un mercado autorregulador y una democracia formal que le acompaña como su sombra. Creen en la ONU, los Derechos Humanos, las organizaciones financieras, comerciales, migratorias y laborales internacionales y, por supuesto, sus favoritos, los expertos (esos vividores de temas). Parte que la mayoría son países democráticos, pero que lo son más las potencias occidentales, todos iguales en dignidad y respeto, invisibilizando las relaciones de poder no sólo económicas y políticas, sino también como dicen los postcoloniales, epistémicas (de metrópolis a ex colonias) que se guarda entre todos ellos. Consideran las manifestaciones de las otras culturas en el ámbito político como amenazadoras. Ven el mundo desde las reglas internacionales y a veces optan abiertamente y con complicidad por bandos políticos, como cuando colocan sus cámaras, con la anuencia de los mandos superiores, en las orugas de los tanques invasores, hasta hacernos sentir el polvo del desierto o, en la cubierta de los portaaviones, desde donde observamos hasta los destellos de los misiles teledirigidos. Como supongo se habrá adivinado ya, hablamos de la CNN.

El paradigma Cultural nacido para rivalizar y erosionar el monopolio de la CNN, por su papel en la invasión de Irak, ha incorporado en su seno la diferencia cultural, pero al copiar el formato, no el contenido, ha arrastrado el mal consigo y puede perfectamente creerse que son la CNN árabe. Hay que recordar que el medio es el mensaje. Puede ser visto, también, como narración alternativa y en ese sentido podrían aparecer otras, desde China o la India, las futuras naciones que desafiarán al poderío norteamericano, y que se presentarán de seguro como si fueran puras (que en verdad no lo son) por razones estratégicas de subalterno frente al hegemónico. A como sea, la cosa es que estos paradigmas culturales en las cadenas televisivas de cobertura mundial ya están despertando una suerte de resistencia frente al dominio sistémico (y pueden con ello aliarse al clasista) con la objeción, a mi juicio, de reencarnar otra vez, a través de la representación mediática, sucedánea de la eclesial y partidaria, la redención social desprestigiada y en retirada, propia del eurocentrismo, aunque esta vez de “otros” actores o culturas.

Los intelectuales, en este contexto, que antes se borraban detrás de todo tipo de mesianismo, ahora han tenido que salir a defender lo que según ellos es el máximo tesoro, el conocimiento, el eje de sus vidas; de aquí que estén en el centro de la discusión, la episteme, los intelectuales, la representación y la emancipación: todos conceptos altamente eurocéntricos elaborados por ellos mismos. Y ellos mismos son ahora, precisamente, los que se sugieren como los nuevos salvadores, pero ya sin máscaras. Un poco como aquellos viejos managers de baseball, que en los partidos más emocionantes salían ellos mismos a jugar al terreno. “El intelectual puede concebirse así como un coyote epistémico tanto en el sentido de que transporta teoría ilícita a través de los desiertos de la colonialidad, como en el sentido de tener muchas mañas, máscaras, o trucos para transportar y comunicar el conocimiento que se trafica”, nos dice Maldonado Torres, un teórico decolonial, sin advertir que también lo ha hecho, y lo ha pasado haciendo toda la vida, al revés, traficando teorías para los “otros” señores colonizadores, regresando, así, precisamente al punto de donde se busca huir.

Nada hay mejor que callar, lo exactamente “otro” de los medios de comunicación y de los intelectuales, para que no se enteren los adversarios, quiénes, desde dónde, cómo y cuándo les llegará el golpe sorpresivo. ¿No fue un sabio de las culturas “orientales” (comillas de nuevo porfa, editora), quien se cree ya nació viejo, el que enseñó eso desde hace miles de años, cuando dijo que las cosas llegan siempre cuando uno está viendo hacia otro lado?

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