• Nov. 4, 2014, media noche

* Por: Martin F. Horn

Invitado / Guest

 

Aún las mejores cárceles son espacios amenazantes. El bullying ocurre con frecuencia en las escuelas secundarias. Entonces no debe sorprendernos que el fenómeno se manifieste de manera más brutal en nuestros centros penitenciarios, por medio de las pandillas.

Las cárceles son lugares de escasez forzada.

 

Cuando generamos una escasez artificial, surge una economía subterránea que controla el acceso a las cosas que queremos y que nos agradan. Es controlado por el más fuerte y denegado al más débil. En todos los centros de detención que he conocido, surge un orden social. Tú tienes la familia y el dinero para comprar cosas – yo no lo tengo, y quiero lo que tú tienes. Quiero que limpies mi cuarto, laves mi ropa, o que me satisfagas sexualmente. Yo quiero ver las telenovelas, tú quieres ver el fútbol. Yo quiero drogas, vendo drogas, y quiero que tú hermana me traiga drogas en su próxima visita.

 

Todo esto es un asunto de negociación y control. Si yo, como individuo, no soy suficientemente fuerte entonces me uno con otros para lograr lo que quiero de los prisioneros más débiles. Si eso no es posible, entonces me armo con lo que sea para protegerme.

 

Para el prisionero común, el encierro es una experiencia aterradora. Cuando vas a la cárcel, lo quieres por encima de todo es sentirte seguro. Por eso los presos consiguen armas, por eso se unen a las pandillas… para sentirse seguros.

 

Las cárceles sirven una función de seguridad pública vital. Impiden que delincuentes predadores y peligrosos vuelvan a delinquir cuando están tras las rejas. Es más, las cárceles, de una manera simbólica importante, sirven una función importante de reforzar nuestras normas sociales al castigar aquellos que infringen la ley.

 

Necesitamos las cárceles y la realidad es que siempre serán lugares imperfectos. Aun al reducir nuestra dependencia de ellas, debemos continuar en nuestros esfuerzos de mejorarlas.

Para que las cárceles sean más humanitarias, deben ser más seguras. Cuando el encierro es una experiencia en brutalidad, es menos probable que un prisionero tenga éxito cuando logre su libertad. Aumentan las chances de que se radicalice o regrese a una vida de delincuencia.

 

Debemos asegurarnos que las cárceles estén libres de las drogas. Recientemente, un colega cercano, que estaba a cargo de uno de los sistemas carcelarios más grandes de Estados Unidos, me dijo que tests de drogas en varios de sus recintos encontraron que más del 20 por ciento de los prisioneros usaban drogas.

 

El uso de las drogas en las cárceles es lo que fomenta la violencia y la corrupción, y es la fuente de energía que nutre las pandillas de su poder. Todo lo que sé y lo que he aprendido me dice que cuando reducimos sustancialmente el acceso a las drogas, las cárceles y los centros de detención se tornan más seguras tanto para los presos como para el personal que los cuida. No obstante, en demasiadas cárceles el acceso a las drogas es común y aceptado.

 

Esto debe terminar.

Hay maneras de hacerlo y cada jurisdicción debe tener eso como objetivo. Las cárceles deben ser lugares donde los prisioneros saben que el respeto por la ley y por otros constituyen los cimientos de una sociedad civil. Esto quiere decir que los guardias deben respetar la ley, respetar sus colegas y respetar los detenidos. Debemos construir una cultura de integridad en nuestras cárceles.

A los presos no les enseñamos a obedecer la ley si la quebramos, y no les enseñamos respeto por las reglas si las violamos.

 

Cómo los guardias se relacionan el uno con el otro y con los prisioneros es la manera más poderosa de enseñar al criminal a formar parte de una comunidad cívica. La meta de las cárceles debe ser de devolver a la sociedad mejores ciudadanos, y no mejores criminales.

 

Resolver el problema de las cárceles y las prisiones en la región requerirá más que la construcción de nuevas cárceles y la repetición de errores del pasado. Requiere de un abordaje serio, informado por un revelamiento de lo que cada país necesita y cómo quiere que funcione su sistema de justicia y de castigo. Antes de emprender un programa de construcción, los países deben determinar quiénes van a la cárcel, por cuánto tiempo y si hay alternativas que produzcan los resultados deseados de manera más rápida y más sostenible.

 

* Martin F. Horn es distinguido profesor en el John Jay College of Criminal Justice, City University of New York

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