• Dic. 9, 2014, media noche

Todos conocemos bien las devastadoras estadísticas e historias de terror. Día tras día millones de mujeres y niñas en todo el mundo son golpeadas, violadas, mutiladas y degradadas por el simple hecho de ser mujeres. Muchas viven con el temor constante a ser asaltadas o ser víctimas de crímenes que nadie debería experimentar. La violencia de género es una epidemia que trasciende las fronteras físicas y culturales, ni más ni menos.

Futures without violence (Futuros sin violencia) fue uno de los primeros grupos en Estados Unidos, hace ya 30 años, en poner un foco de luz en las sombras de los hogares donde la violencia era frecuente. Y es un orgullo decir que a través de una estrecha colaboración, organización y voluntad política, hemos conseguido reducir en un 64% la violencia doméstica sufrida por mujeres adultas.

No comparto esa estadística para sugerir que hemos resuelto el problema, nada más lejos, los titulares de los diarios son un constante recordatorio de lo mucho que queda por recorrer en este país para detener la violencia doméstica y sexual. Pero comparto este dato porque demuestra que este problema se puede resolver. Y ese es el mensaje que quiero compartir durante estos 16 días de activismo y el Diálogo Regional de Política de la Red de Igualdad de Género del BID: la violencia puede prevenirse y puede ser eliminada.

Pero no va a suceder en un día, y no va a suceder si trabajamos solos, y no va a suceder si cuando nos fijamos en los ejemplos de éxito decimos “ya, pero no es aquí, aquí es diferente”. Puedo prometer -y la Guía de Recursos lanzada por el BID, el Banco Mundial y el Global Women’s Institute esta semana lo respalda- que en cada país, cada comunidad, rural o urbana, de este mundo hay mujeres y hombres que han sufrido una horrible violencia y cada lugar tiene mujeres y hombres dispuestos a arriesgarlo todo para acabar con ella. Se trata de cómo ponernos de acuerdo –gobiernos, investigadores y activistas- para apoyar esas voces y dar a quienes están dispuestos a luchar el conocimiento y apoyo para sacar adelante a los mejores y más exitosos programas y líderes.

Primero, hay que acabar con la VCM

Para lograrlo, primero tenemos que acabar con la violencia, no sólo esperar a que suceda, y luchar con toda nuestra fuerza para proporcionar ayuda a las mujeres y los niños que la están sufriendo, sólo para ver al mismo hombre abusar otra vez de otra mujer. Debemos comenzar a trabajar temprano con nuestros niños y niñas y nuestros jóvenes y centrarnos en la prevención, en el trabajo con hombres y niñospara cambiar las normas sociales que toleran y condonan la violencia contra las mujeres.

En segundo lugar, es fundamental que construyamos alianzas y encontremos aliados inusuales y socios, incluyendo a otros ministerios, el sector privado y sobre todo, nuestro más preciado recurso, las propias mujeres de cada comunidad.

Debemos mostrar que reducir la violencia de género no es sólo lo éticamente correcto, sino algo fundamental para conseguir alcanzar importantes metas nacionales: construir economías más fuertes, fomentar sociedades más estables, mejorar los resultados educativos y de salud o aumentar la participación política.

La mayoría de nuestros países cuentan ya con un plan nacional de acción para poner fin a la violencia de género. Estos planes integran las intervenciones de prevención y respuesta en programas de muchos sectores, como la educación, salud, entretenimiento, trabajo, empresa, justicia o seguridad. El reto ahora es la construcción de la voluntad política necesaria para conseguir comprometer los escasos recursos disponibles y estimular la colaboración entre los organismos gubernamentales.

Esto es una política fuerte y unas buenas políticas. No tiene por qué ser complicado. Simplemente hay que hacerlo. ¡Pongámonos a trabajar juntos!

Descripción: Esta Soler es Presidenta y fundadora de Futures without violence (anteriormente Family Violence Prevention Fund), una organización sin ánimo de lucro líder en la lucha contra la violencia doméstica y sexual. Su papel fue clave para convencer al Congreso de los Estados Unidos de aprobar la Ley sobre la Violencia contra la Mujer en 1994, primera política federal diseñada para reducir la violencia doméstica.

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