• Dic. 11, 2014, media noche

La vida es cambio, movimiento, acción, pero, ¿con cuáles límites? La inconformidad es casi siempre la vía más útil para transformar las cosas. Inconformidad y necesidad suelen combinarse para provocar el cambio, dejar atrás una situación y crecer como personas. Pero, ¿cuánta inconformidad es la óptima?

Mi pregunta no es ingenua, aunque admito que resulta difícil establecer una medida. Siempre he sido inconforme, hiperactivo y autocrítico. Tales actitudes —tengo que reconocerlo— han sido clave en mi carrera profesional. Sin embargo, con el paso de los años, y sin dejar de trabajar por el crecimiento personal y profesional, he observado que la inconformidad, si viene hueca, no reporta precisamente los mejores beneficios.

No es mi caso, pero a diario percibo cómo esto afecta a muchas personas y por ello creo necesario advertirlo. También como una manera de tenerlo presente, de no olvidar de dónde venimos ni quiénes somos.

Para armonizar con el entorno y corresponder las bendiciones recibidas, la inconformidad debe acompañarse de humildad, agradecimiento y reciprocidad. Todos los bienes que llegan a nuestra vida, sean espirituales o materiales, deben ser agradecidos: a Dios, al universo, a la energía… a alguien en particular, según las creencias religiosas o filosóficas de cada cual. Ser inconformes, rebeldes, proactivos y luchadores, no está reñido con ponderar lo conseguido. Todo lo contrario: es un proceso que humaniza la búsqueda eterna de la felicidad.

[Mirá la columna anterior: El puente hacia la felicidad]

Cada día, cuando despierto, pienso en las cosas maravillosas que he logrado en 45 años. Miro hacia atrás, me veo frente a un micrófono, casi niño, y reparo en todo lo alcanzado desde entonces, en las bendiciones recibidas, en el extraordinario esfuerzo para sacar adelante la carrera. Y entonces, tras agradecer a Dios lo proporcionado, me planteo nuevas metas. Y en dichos sueños también analizo cómo ayudar a los demás. Se trata de crear círculos energéticos favorables, donde no existe contradicción entre regocijo e inconformidad.

Porque estar eternamente insatisfecho, teniendo motivos para celebrar lo alcanzado, aunque sea poco, es como retar a Dios permanentemente.

www.IsmaelCala.com

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