• Dic. 18, 2014, media noche

No existe una tradición tan universal y que relacione tanto a los seres humanos como la Navidad. Nadie escapa a su encanto y poder de seducción. Cada diciembre, sus festividades nos atrapan en medio de una madeja de sentimientos: alegrías, tristezas, recuerdos, nostalgias… Es la época más bella, excitante y disfrutable del año, pero… ¿cómo la Navidad ha logrado mantener su atractivo durante milenios? ¿Por qué el solo hecho de su cercanía provoca pasiones y emociones sin límites?

Algunos atribuyen esa magia a su proximidad con los jolgorios por el fin de un año y la llegada de otro nuevo. Eso tiene mucho que ver, es cierto, pero me inclino más por la idea de su seducción espiritual. La espiritualidad que emana de la Navidad, es su hechizo primario y verdadero.

Tradición

La tradición navideña tiene raíces religiosas cristianas y, aunque hoy día su celebración se convierte, por lo general, en una apoteosis mundana, siempre aflora la vehemencia espiritual que la distingue. Todos, de una u otra manera, somos fregados por ella, sin importar la explicación filosófica con que sustentemos la creación de la naturaleza.

Expresé en una columna anterior que la espiritualidad del ser humano está por encima de credos y filosofías. ¡La Navidad también! ¡Se lo ha ganado! Por esa razón mantiene su atractivo milenario y deviene caudal de pasiones y emociones. De ahí su vitalidad y grandeza eternas.

Más que los bailes, las cenas y los placeres sensoriales, lo que de verdad saboreamos durante las navidades es su esencia espiritual: el gozo que provoca el reencuentro con familiares y amigos, la melancolía, los abrazos, las sonrisas, el poder del perdón, el dolor de una ausencia, la insatisfacción por un objetivo pospuesto.

Existen innumerables festejos todo el año en todas partes. Fiestas carnavalescas, patronales, folclóricas y patrióticas. Fiestas de toda índole, muchas de ellas marcadas también por una fuerte espiritualidad, pero ninguna tiene la dulzura, la exquisitez y el arraigo de la Navidad, gracias al diapasón de sentimientos que genera.

Estos días de diciembre, los que ahora mismo todos tenemos la dicha de vivir, estimulan las fibras más profundas de nuestra sensibilidad humana. Un banquete se sustituye por otro, en menos de 24 horas, pero la complacencia del alma es imperecedera.

La Navidad es, ante todo, el jubileo del alma. Y, para los cristianos, un encuentro con el que nace para salvar el mundo. Es uno de esos grandes regalos de la vida que tenemos que disfrutar a tope. Aunque se repite cada diciembre, siempre es única. ¡Vivámosla! En mi nombre y en el de todo mi equipo de trabajo, ¡felices Navidades!

www.IsmaelCala.com

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus