• Dic. 23, 2014, media noche

Si usted está en contra de la inmigración, le invito a hacer conmigo el siguiente ejercicio de empatía. Imagine que nace y crece en un país en el que el ingreso medio de las personas es de apenas 120 dólares al mes. Su vida no es en absoluto fácil: en su día a día tiene que ingeniárselas para poder alimentar a su familia, no dispone de recursos como la luz eléctrica o el agua potable y, por supuesto, no tiene acceso a los centros de salud. Desde que tiene uso de razón ha venido escuchando las facilidades de un país cercano, donde el ingreso medio es quince veces superior y donde la vida es –según le cuentan– mucho más sencilla: educación y sanidad universales, servicios sociales… ¿De verdad no pensaría en cruzar la frontera?

CORTESÍA / END

Con motivo del Día Internacional del Migrante, creo que merece la pena reflexionar sobre este fenómeno fascinante en el que sale a relucir lo mejor y lo peor del ser humano. Lo mejor: la determinación del que emigra persiguiendo un futuro mejor, enfrentándose a lo desconocido incluso poniendo la vida en riesgo. Lo peor: el rechazo (en ocasiones el odio) al que viene de otro lugar, a las culturas diferentes, el miedo a que el de fuera te haga perder el trabajo… Y eso que, por ejemplo, no hay evidencia de que los inmigrantes quiten empleos a los nativos; más bien, suelen encargarse ellos de las actividades que casi nadie quiere, como la recolección de frutas, el cuidado de ancianos, etcétera. Por tanto, no parece razonable afirmar que la inmigración sea mala para el mercado laboral. Incluso en los países de origen de los migrantes, los efectos pueden ser positivos, ya que restan competencia a los trabajadores que deciden no probar suerte en otro país y, además, envían abundantes remesas a sus familiares.

La migración es en muchas ocasiones una consecuencia de la gran desigualdad entre regiones. Como muchos de nuestros países son de ingreso medio-bajo, éste es un fenómeno muy relevante en América Latina y el Caribe: más de 22 millones de latinoamericanos viven en Estados Unidos (donde representan más de la mitad de la población inmigrante). A lo largo de la historia, los pueblos han erigido murallas para protegerse de las invasiones extranjeras; en la actualidad, estas se construyen para evitar el paso de los inmigrantes. La realidad es que estos muros no son muy efectivos cuando hay diferencias de vida tan grandes entre países más y menos desarrollados. Tampoco las políticas migratorias, por muy estrictas e intransigentes que sean, han atajado las migraciones masivas. Llevamos años viendo esta realidad en Estados Unidos o Europa, donde la población inmigrante ha crecido de manera imparable en las últimas décadas.

Demostrar la vinculación entre los movimientos migratorios y la economía resulta sencillo mirando el caso paradigmático de España. En los años en que este país gozó de una envidiada bonanza económica, la población inmigrante creció a un ritmo espectacular (de 637.000 en el año 1998 a más de cinco millones y medio en 2010). Sin embargo, a partir de la grave crisis que se desató en 2008, la tendencia se ha revertido: muchos de los que se instalaron en España han decidido emprender el viaje de vuelta y, no sólo eso, los propios españoles –ante el deterioro económico– han optado por hacer las maletas y probar suerte en el extranjero.

Si la migración habitualmente va de la mano de la salud de las economías, ¿seguirá nuestra región exportando mano de obra en los próximos años? Evidentemente, mientras los países de América Latina y el Caribe no logren incorporarse al mundo desarrollado, muchos seguirán teniendo la tentación de iniciar una nueva vida allí donde hay más oportunidades. Si los gobiernos quieren retener el talento de sus trabajadores, deben ofrecerles más.

 

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