• Ene. 6, 2015, media noche

Hace poco leí una reflexión de Brittney Cooper, una profesora universitaria estadounidense, que compartía una anécdota personal. En ella, contaba que viajando en el metro de Washington DC, un niño blanco jugaba inquieto mientras su madre dejaba que se trepara por las barras y los asientos sin emitir comentario. La autora en su artículo reflexionaba sobre la actitud de esta madre y se preguntaba si madres de otros grupos étnicos hubieran reaccionado de forma diferente. Por ejemplo, ¿Qué haría una madre argentina, mexicana o panameña en una situación parecida?

Esta anécdota vino a mi mente cuando leí el post “La delgada línea entre la práctica y la aceptación del castigo corporal” que reporta datos bastante alarmantes sobre la frecuencia del castigo físico severo entre los niños muy pequeños de América Latina y el Caribe. Pensé cuánto de nuestras actitudes y comportamientos se forman en el tejido cultural que nos rodea y que promueve o premia cierto tipo de comportamientos como la disciplina, la obediencia, o la docilidad de nuestros niños.

En la región existen varias iniciativas que buscan trabajar con las familias para mejorar sus prácticas de crianza y, entre ellas, el manejo de la disciplina. El enfoque que favorece la disciplina positiva es uno que ha ganado popularidad entre los educadores y sicólogos en años recientes.  La disciplina positiva propone enseñar y reforzar los comportamientos positivos. Enfatiza la necesidad de no herir física ni verbalmente al niño para eliminar comportamientos negativos.

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¿Cuál es el potencial de programas que buscan mejorar las prácticas de crianza y promover herramientas de  disciplina positiva para cambiar efectivamente el comportamiento de padres y madres en sus interacciones diarias con sus hijos? Este es un tema que ha sido poco estudiado y que merece mayor atención dentro de la agenda analítica en la región.

Me atrevo a proponer una hipótesis. Aunque estos programas pueden cumplir un rol fundamental al concientizar a los padres sobre la importancia de la disciplina positiva y proveerles de herramientas que les permitan manejar situaciones de la vida diaria, pocos han sido rigurosamente evaluados. Pero además, incluso si tuvieran impactos grandes, los esfuerzos acotados de estos programas son insuficientes para observar cambios sistémicos.

El entorno cultural que determina en gran medida las actitudes, preferencias y expectativas sobre el comportamiento de los niños necesita reinventarse e incorporar ideas nuevas. Para esto es indispensable que exista una masa crítica de padres, madres, abuelos, vecinos, maestros y otros actores de la comunidad, que haya internalizado enfoques diferentes sobre la disciplina y la crianza de los niños, de tal manera que poco a poco marquen nuevas normas sociales y pautas culturales.

Probablemente se requiere una combinación de iniciativas educativas y comunicacionales para dar a nuestras sociedades el sacudón que éstas requieren en materia de crianza de los niños. ¿Qué crees que funcione mejor en nuestra región? Cuéntanos en la sección de comentarios o en Twitter.

 

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