• Jun. 23, 2008, 1:28 p.m.
Mamá tiene cuatro grandes amigas, y cuando están juntas, se sienten tan fuertes que les encanta hacer imposición de manos colectivas. En alguna ocasión les comuniqué de las dolencias de un par de conocidos, e inmediatamente corrieron al rescate. Así asistieron el tobillo de un amigo, la cirrosis de un colega periodista, y el estado en coma de mi ex suegra. En esas ocasiones, las amigas “súper-poderosas” corrieron a salvar vidas con sus manos pero Dios únicamente se apiadó del tobillo del amigo.

Todavía recuerdo el día en que mamá dejó el uniforme miliciano y se volvió al cristianismo; eso fue hace mucho tiempo, pero inclusive hoy, cuando ella aún quiere imponer su criterio, repite ese cliché: “Mirá, hija, cuando yo estaba en el mundo…”, y aconseja con tanta manipulación que logra engendrar en mí un sentimiento de culpa.

A los meses de que muriera papá, mamá en una ocasión reunió a todos sus hijos, y en el comedor de la casa, sin mucho preámbulo, nos anunció: “Me he vuelto a casar, pero está vez con Jesucristo, mi hombre, mi guía, mi pastor.”

Tiempo atrás, cuando cumplí los 11 años, mamá me mostró manuales de salud y sexualidad, y me puso durante varias noches a aprender sobre menstruación, métodos de planificación y algunas técnicas de estimulación. En realidad empecé mi vida sexual en la adolescencia y sin muchos traumas. Tenía tanta confianza en ella que cuando le llegué llorando porque había perdido la virginidad, sólo me dijo: “Espero que no hayas sangrado, pues es tradición en nuestra familia llevar ese pecado”,  entonces, me dio un beso en la sien y me abrazó largamente.

Mamá fue bella madre. Gustaba de hacernos leche-con-canela por las mañanas, compraba bolsas frescas de glu-glu, planchaba, cosía, y nos sacudía la cama de políticos  alacranes que poblaban el calor de nuestras sábanas.

Pero a Carmen, mi hermana menor, le fue difícil aprender a ser mujer. Y es que mamá ya Reborn-in-Jesús, reprimió su crecimiento al extremo, porque siempre pensó que el salir, ameritaba necesariamente una acción libida. Siempre pensé que su sobre-protección y el haberle negado a ella lo que a mi me había enseñado, repercutió en el embarazo prematuro de Carmen. Mamá nunca la abandonó pero se lo sacó en cara por casi una década.

Nunca he entendido el cristianismo, ni siquiera he podido ver sus beneficios, y a pesar de haber sido educada en un colegio jesuita, ni siquiera he podido percibir el altruismo que anuncia esa revolución triádica.

Aún me cuesta en mí escurridiza fe, comprender conceptos esenciales como milagro, conducción de sí uno mismo (autocontrol), alabar a Cristo y honrar al padre y a la madre. Restaría agregar que ni siquiera asimilo esa ciega idea de que el pueblo elegido de Dios sea el más pródigo de los pueblos.

Siempre me ha parecido tan obvio la inexistencia del dios judeo-cristiano, que ni siquiera lo he convocado alguna vez entre mis monólogos interiores. Pero evidentemente mamá es tan feliz que cuando habla de él, me hace soltar alguna risa con lágrimas de cocodrilo.

Mamá y su mundo adverso al mundo; es decir, su sentido de venganza, su sentido de guerra preventiva con el odio contra la diversidad, contra la intolerancia, y con la  conveniencia de su androcéntrica teología, me ha llevado con los años únicamente a esperar a que envejezca. A que con el tiempo todo quede encerrado en ella misma y se diluya en su privado misterio.

He decidido con los años no luchar contra las incongruencias de nuestros padres,  contra las calamidades mundiales que ha hecho esa generación diáfana de egos, y de ese modo he decidido perdonar en mí toda castración desde ella hacia nosotros.

Mi madre hoy tiene cáncer de mamas, y lleva dos años rehusando a la ciencia. Niega todo poder humano y aunque en las últimas semanas, ya ha recibido dos secciones --nada alentadoras-- de quimio, espera aún ser sanada por Cristo.

Pasa todo el día leyendo la Biblia, y sus amigas llegan alrededor de su cama a estar calladas. Susurran entre dientes y elevan sus palmas al techo. Ellas también lloran, disimulan sus nauseas y fracturan constantemente el poder de su fe.  

Mamá juega todas las noches a ser fuerte y consume cada tres días un nuevo tanque de oxígeno. Mamá muere entre las cenizas y el olor dulzón de su habitación envejecida; nunca llora, come menos y en su mirada cada vez se aloja un aquilatado universo de tristezas.
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