• Mar. 16, 2015, 5:24 p.m.

Mark Twain, el gran escritor norteamericano, confesaba en ese estilo tan ocurrente que lo definía: "Cuando solo tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no lo podía soportar; pero cuando cumplí los veintiuno, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años".

Esta incomprensión del adolescente hacia los gustos, las formas de actuar y la manera de ver la vida de los mayores, no por común deja de ser preocupante. Puede provocar roces familiares cuando no se enfrentan con inteligencia y paciencia.

La paciencia es un arma, una virtud esencial para alcanzar el éxito. Pero ningún triunfo profesional o social será completo si no está avalado por el éxito familiar. Esto solo es posible si sabemos enfrentar situaciones contradictorias en ese entorno. En lo fundamental, aquellas provocadas por lógicas incomprensiones de los adolescentes.

No es mi intención convertirme en consejero familiar. Sencillamente, enarbolo otra vez la virtud de la paciencia como una expresión máxima de la prudencia. Los puntos de vista encontrados entre generaciones, sobre todo en el ámbito familiar, son normales. Nunca deben convertirse en "conflictos" que dividan y alimenten roces ásperos. Las personas mayores somos las encargadas de evitarlos.

¿Por qué actuar con prudencia y paciencia en estos casos? Porque dichas características humanas ofrecen tiempo a nuestra capacidad de razonar. También impiden que nos arrastren criterios personales, sin que hayamos hecho, primero, el análisis correcto de la opinión del otro. Esto es pernicioso, sobre todo cuando se trata de adolescentes, sean hijos, sobrinos o conocidos.

Actuando con prudencia y paciencia, podemos colocarnos en su lugar, razonar y preguntarnos: ¿Habríamos actuado de esa misma manera, hoy día, si fuéramos adolescentes? Se trata de un cuestionamiento básico. Y nosotros, los mayores, tenemos la responsabilidad de formularlo primero. Ponernos en el lugar de los más jóvenes no significa relativizar la disciplina, ni los valores universales, que sirven para cualquier edad. Pero tampoco perdemos prestigio si accedemos a analizar cada situación en su contexto. Este es el primer paso para que ellos también, en algún momento, se pongan en nuestro lugar. Se trata de un ejercicio básico de empatía.

Si actuamos con amor, comprensión, paciencia y prudencia, quizás no tengamos que esperar a que ellos cumplan 21 años, la edad señalada anteriormente por Mark Twain. A lo mejor aceptan antes que podemos tener razón en la mayoría de las cosas.

www.IsmaelCala.com

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