• Abr. 16, 2015, 10:46 a.m.

Paseando por el centro histórico de La Habana durante una reciente visita a Cuba, quedé intrigado por los dos mundos que conviven en el lugar. En las partes restauradas de la Habana Vieja, turistas y artistas callejeros llenan las calles empedradas, y una multitud de restaurantes anuncian delicias caribeñas en menús en inglés y en español. Sólo a unos pasos, sin embargo, se encuentra una serie de cuadras desgastadas por el tiempo a las cuales los esfuerzos de restauración no han llegado todavía.

Las calles estropeadas están bordeadas por edificios en ruinas con ropa tendida en los balcones. En la acera se venden fruta fresca y pequeñas pizzas, y el reggaetón resuena a través de las puertas y ventanas abiertas de las salas de estar. A pesar de que ya había oído hablar de este contraste, igualmente me sorprendió. Es por ello que decidí averiguar más acerca del deterioro y la renovación de la Habana Vieja, y cómo afecta a sus residentes.

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Pronto me enteré de que las partes más deterioradas de la Habana Vieja enfrentan un desafío complejo de vivienda e infraestructura. En promedio, uno o dos edificios se derrumban parcialmente cada día y recuerdan a los más de 87.000 habitantes del barrio la gravedad del déficit de vivienda que existe en Cuba. Según las estimaciones oficiales, se necesitan 600.000 viviendas adicionales para acomodar adecuadamente a los residentes del país. En una zona particularmente saturada como la Habana Vieja, a veces 60 o más familias viven juntas en las denominadas “cuarterías”, compartiendo las instalaciones de edificios históricos que fueron construidos originalmente como mansiones o hoteles.

El origen del deterioro de la Habana Vieja se encuentra en las restricciones económicas que Cuba ha enfrentado en las últimas décadas. Si bien estas restricciones protegieron a los edificios históricos de ser remplazados por nuevas construcciones, también obstaculizaron su mantenimiento, ya afectado por el sol, los fuertes vientos y el implacable mar. No sólo han sido escasos los materiales necesarios para hacer reparaciones, sino también han hecho falta los incentivos para mantener el centro histórico en buen estado.

A partir de 1959, tuvo lugar una reforma inmobiliaria en Cuba y el alquiler de propiedades se fijó en un 10% del ingreso familiar. La vivienda digna se convirtió en un derecho del ciudadano, con miras de a la larga poder ofrecerla de forma gratuita. Muchos inquilinos eventualmente se convirtieron en propietarios de sus viviendas, al tiempo que los residentes de las cuarterías recibieron arrendamientos gratis a largo plazo. Todo esto hizo la vida más fácil para muchos ciudadanos, pero la ambigüedad en las responsabilidades de mantenimiento, junto a la falta de materiales, de líneas de crédito y subsidios para reparaciones, llevó al deterioro del centro histórico de la ciudad de La Habana.

Las cosas cambiaron radicalmente a principios de los años 1990 cuando el Historiador de la Ciudad de La Habana, Eusebio Leal, convenció al gobierno de que le proporcionara derechos sin precedentes a su oficina para generar sus propios ingresos, sobre todo a partir del turismo. En menos de diez años, la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana (OHCH) creó una red de empresas que eventualmente incluyó más de una docena de hoteles, varios restaurantes y museos, generando ganancias de US$23 millones en 2011. Con estos fondos, la OHCH comenzó a financiar proyectos de restauración adicionales para preservar lugares de interés histórico, mejorar las condiciones de las viviendas y crear instalaciones para el turismo.

Además de las actividades de la OHCH, hay otras dinámicas que están cambiando la Habana Vieja. Las recientes reformas para estimular la iniciativa privada y el mercado inmobiliario han creado incentivos y recursos para que los ciudadanos cuiden mejor de sus hogares. Desde 1993, el gobierno cubano permite que sus ciudadanos administren pequeñas empresas. Siendo el turismo la fuente de divisas más accesible, no resulta sorprendente que a partir de esa medida los restaurantes familiares (paladares) y alojamiento privado (casas particulares) proliferaran rápidamente. En 2011, se reformó también el mercado de la vivienda, y una nueva ley permitió a los cubanos comprar y vender casas, siempre y cuando tuvieran tan solo una vivienda principal. Hasta entonces, las viviendas solo podían ser intercambiadas, resultando un proceso bastante engorroso. A partir de su mayor participación en los sectores de turismo y bienes raíces, los propietarios tienen ahora más incentivos que nunca para mantener sus propiedades.

Por supuesto, la revitalización de la Habana Vieja tiene desafíos. El más notable es mantener un balance entre la renovación del centro y la preservación de la calidad de vida de los ciudadanos. Una vez que un edificio antiguo ha sido restaurado por la OHCH, puede ofrecer mejores condiciones para sus residentes. Sin embargo, ya no puede acomodar el mismo número de personas sin violar los códigos de construcción,  por lo que no todos los habitantes originales pueden regresar a la propiedad, y algunos se ven forzados a abandonar el centro histórico. Por otro lado, el aumento del número de turistas también pone presión sobre la vivienda, y algunos señalan que la gentrificación podría ser inevitable en el marco del nuevo mercado inmobiliario.

Por estas razones, es una prioridad para la OHCH mantener a los ciudadanos y los puestos de trabajo de La Habana Vieja a fin de preservar el tejido social de esta zona de la ciudad. La OHCHinvierte alrededor de la mitad de sus ingresos en proyectos sociales como la construcción de escuelas y hospitales y su visión es la de alcanzar una “restauración integral” que constituya, en las palabras de un anterior empleado de la oficina, “un renacimiento en todos los aspectos de la vida de la ciudad, no sólo en las piedras, la madera y el yeso".

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