• Jun. 3, 2015, 10:22 a.m.

Me refiero a la productividad bajo el concepto de cuan efectivo es el uso del capital y la mano de obra para producir bienes y servicios. La productividad como una variable que junto al capital y la mano de obra representa la troika de factores que generan la producción (o el PIB de un país). La producción -en su expresión más simple- es entonces una función de: 1. La productividad (llamada también Factor Total de Productividad–FTP);  2. El capital físico (o bien el dinero necesario para producir “K”); y  3. La mano de Obra (que se es también ajustada al desarrollo del capital humano “L”).

Esta simple expresión dice que a nivel de país, el PIB aumenta en un porcentaje igual a la suma del aumento de cada uno de los tres factores mencionados. En Nicaragua el crecimiento del PIB real (que ha promediado 4 por ciento en los últimos 10 años de acuerdo con las últimas cifras del BCN)  refleja un crecimiento positivo en el capital y la mano de obra, es decir en “K” y en “L”; no así en la productividad FTP, la que más bien no aporta al crecimiento. De acuerdo con el último análisis del FMI (Johnson, 2013) sobre el crecimiento del PIB promedio en República Dominicana, Panamá, y Centroamérica -el cual es público-,  el crecimiento estable (de largo plazo) del PIB de Nicaragua es de 3.9 por ciento. 2 puntos porcentuales (p.p.)  lo explica la acumulación de Capital, 2.1 p.p., la acumulación de mano de obra, y -0.2 p.p. el FTP.   Que esto no nos sorprenda, pues según recientes estudios del BID y el FMI este es un problema generalizado en toda América Latina, pues su crecimiento reciente  -muy contrario a sus pares asiáticos- se ha debido a la acumulación de factores K y L, más que a la productividad-FTP. La baja productividad en América Latina ha sido su talón de Aquiles y la principal razón de su rezago.

Se sabe que hay muchos elementos que a nivel de país conducen a la productividad, pero -aunque suene inverosímil- se conoce poco respecto a que exactamente es lo que la genera y cómo. En los últimos dos años me he dedicado a investigar los modelos de crecimiento económico con bastante rigurosidad (incluyendo los últimos ajustes que han aportado Stiglitz y Pickety) desde la perspectiva de la teoría económica y su validez en el mundo real utilizando modelos empíricos. No los voy a aburrir con diatribas técnicas, lo que sí me gustaría hacer es compartir estos seis mitos -entre muchos-, sobre la productividad con los que me encuentro cotidianamente y que presenté en la asamblea anual de la Asociación Latinoamericana de Instituciones de Desarrollo (ALIDE) realizada en México la semana pasada:

Mito No.1: “Los economistas son los que conocen las tuercas y tornillos de la productividad”.

NO. No son los economistas los que conocen los resortes de la productividad.  La productividad tiene sus bases a nivel microeconómico, es decir, a nivel de la empresa, finca, fábrica, puesto de servicio. Son entonces los ingenieros, los agrónomos, gerentes, productores, y empresarios, los que Sí conocen las entrañas del  proceso productivo y por ende la productividad. Son los que la saben medir, identificar sus impedimentos, la saben aumentar, y sobre todo, saben lo que necesitan para lograrlo. Es que él por ejemplo nos dice: mi finquita (o mi gremio) necesita riego y drenaje, análisis de suelos, mejores semillas, energía más barata, y un mercado de renta de maquinaria, que nos permita elevar nuestros rendimientos, pues son los más bajos de Centroamérica. El economista eleva este concepto microeconómico a nivel macroeconómico a través de un ya más elusivo concepto: Factor Total de Productividad. El economista tiene también un espacio en aportar al diálogo entre este productor y los que diseñan e implementan las políticas públicas (el Gobierno),  en la discusión de políticas fiscales, monetarias, de inversión pública, clima de negocios, educación,  que sabemos tienen una correlación con el aumento de la productividad que necesita el productor, y necesita el país para crecer.

Mito No. 2: “La Productividad de un país se puede medir con precisión”.

NO. La productividad de un país, o Factor Total de Productividad (FTP) no se mide directamente, sino que se toma del residuo que queda una vez que se hacen aproximaciones al Capital y la Mano de Obra. El FTP es entonces la parte del crecimiento económico del país que no es atribuible ni al capital ni a la mano de obra. Adicionalmente, en economías como las latinoamericanas compuestas de sectores informales tan extensos, ¿qué menos medir su productividad?  A pesar de sus grandes limitaciones, el FTP es una referencia útil para tener una idea del impacto del progreso tecnológico en la economía nacional respecto de la de otros países.

Mito No. 3: “La educación nos hace más productivos”. Depende.

La educación por sí misma no nos hace más productivos. Lo que nos hace más productivos y que a veces se confunde con “educación” es “la acumulación de habilidades”. De hecho, los modelos de crecimiento japoneses (Dr. Sabro Okita, 1985) separan claramente la educación formal de lo que ellos llaman “aprendiendo haciendo”. La educación genera bachilleres, licenciados, abogados, pero las importantes asimetrías entre oferta y demanda a menudo nos arrojan enormes superávits de profesionales con cualidades sin demanda, y déficits de técnicos, soldadores, operadores de maquinaria, mecánicos, es decir, de gente con “habilidades técnicas”. Un caso emblemático fue el caso de Argentina, que en los albores del  siglo XX tenía un ingreso per cápita 11 veces mayor y un nivel de educación más que quintuplicaba al de Corea del Sur, sin embargo, las habilidades técnicas de los coreanos sostuvieron el vertiginoso aumento en los factores de producción que condujeron a Corea donde está ahora. Con un per cápita que casi duplica el de Argentina (el mayor de América Latina). Según mis investigaciones el crecimiento de Corea arrancó con acumulación de factores (Capital y Mano de Obra), la educación vino después, es decir, una vez que se generó la demanda para investigación y desarrollo, para diseño e innovación, es que comenzaron a egresar ingenieros, investigadores, científicos en cantidades masivas.

Mito No. 4: “Hay una fórmula universal para la productividad”

NO. No existe una fórmula universal para la productividad. Se trata de  un proceso multifactorial complejo y acaso caprichoso. Lo que sí hay es una masa crítica de condiciones con canales de transmisión favorables a la productividad, a los que ya nos referimos en el mito No. 1. Lo demás es un arte de calibrar políticas producto de un diálogo dinámico con los agentes económicos tomando en cuenta la etapa de desarrollo del país en cuestión. Si se trata de un país de bajos, altos, o ingresos medios; si se trata de un país con o sin recursos energéticos, niveles de educación, progreso tecnológico; un país agrícola, o industrial, y por supuesto no ignoremos lo que nos dice Thomas Pickety (El capital en siglo XXI, Harvard University Press, 2014): que las realidades económicas son “más bien producto de la interacción entre poderosos agentes económicos, sociales, y políticos, y de las opciones resultantes de dicha interacción”.

Mito No. 5: “La empresa latinoamericana está muy rezagada respecto a la empresa asiática, lo que hace a América Latina menos productiva”.

NO. La empresa latinoamericana del sector formal comparada con una empresa homóloga asiática no necesariamente está tan rezagada como para explicar las enormes diferencias entre la productividad en América Latina vs. la de Asia. Lo que según los investigadores del tema explica esta diferencia, es el gran tamaño del sector informal en América Latina vs. el de Asia. El  investigador y vicepresidente de sectores y conocimientos del BID, Dr. Santiago Levy, quien también se dirigió a la audiencia en la asamblea de Alide, nos ofreció datos reveladores: “El típico país de América Latina produce cerca del  40% de su PIB y emplea el 70% de su fuerza laboral de manera  informal”. (No me voy a aventurar a ofrecer números sobre la informalidad en Nicaragua, pues los que he escuchado no sé de dónde salen).  Levy también nos señala (con datos econométricos en mano) que la informalidad denota ineficiencia en la distribución de recursos de la economía, incentivos perversos, y distorsiones, que afectan negativamente la productividad y el crecimiento de un país. Sin embargo yo agrego que es importante advertir que “declararle la guerra” a la informalidad --que más bien representa una válvula de escape social en un proceso de transición-- puede ser contraproducente y hasta catastrófico. Pienso que debemos irla reduciendo de manera paulatina --aunque proactiva-- con casos que generen efectos demostrativos y en la medida que vayamos logrando que los beneficios de la formalización  sean mayores que los costos de la informalidad.

Mito No. 6: “La innovación tecnológica es motor de la productividad”. Depende.

Tengo un amigo empresario que me dice que está cansado de escuchar el discurso que traen muchos expertos del Banco Mundial o el mismo BID aquí a Nicaragua, de que “hay que innovar, innovar, e innovar para alcanzar progreso tecnológico y alcanzar mayores tasas de crecimiento”. Mi amigo me hizo la inteligente observación de que nuestros “expertos” están encajonados en una ciega receta que corres-ponde a una etapa elevada del desarrollo, y que hay que primero saber “copiar”; es decir, saber seguir instrucciones de algo que está ya bien hecho. ¡Mi amigo tiene razón! No solamente los modelos sino las experiencias empíricas lo respaldan. Corea del Sur, cuyo PIB per cápita en 1981 era menor que el de la Nicaragua de hoy --y que es ahora 13 veces mayor-- pasó la mayor parte de este período copiando tecnologías y no comenzó a innovar sino hasta muy recientemente cuando una masa crítica de su capital humano había ya alcanzado la  frontera tecnológica global tanto en conocimiento como en habilidad técnica. Es como la diferencia entre un cocinero y un chef. Las escuelas de alta cocina en París, Lima, México y Estados Unidos, no te dan el título de chef sino hasta que creas tu propia receta de manera consistente. Pero antes tuviste que haber sido muy bueno copiando las recetas de los mejores chefs del mundo.

*El autor es representante de Nicaragua en el FMI. Tiene una  maestría en  Economía y Finanzas Aplicadas en La Universidad de Johns Hopkins y es Ingeniero Eléctrico y en Computación de la Universidad de Texas en Austin.

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