• Jun. 30, 2008, 11:14 a.m.
Hace años confundí, en un ensayo, la primera frase de Los Cachorros de Vargas Llosa, citando “Tres, -- dijo el Jaguar”, cuando, en realidad, dijo “Cuatro”. Me dejé llevar, sin saberlo, por la cábala del tres. Y ahí me puse a especular, no recuerdo ya sobre qué cosas, acerca del “tres” en varias culturas. Es curioso que me haya dispuesto a escribir tonterías sobre una premisa de arranque falso. Espero, sobre la corrección y disculpa debida, aunque tardía, no cometer ahora la equivocación inversa, sobre una premisa verdadera, derivar conclusiones falsas.

Seré sencillo y breve con este tema que, con sólo leer el título, sé que espantaría a más de algún lector. Pero es casi hablar de otra cadena más clara: teología, humanismo y nihilismo; o, presencia, representación y ausencia; o, premodernidad, modernidad y postmodernidad; o, tardomodernidad, decolonialidad y postcolonialismo. Y de lo que todas ellas rompen y guardan sin solución de continuidad, ni síntesis, al mismo tiempo, en una suerte de paradoja profunda.

Cada eslabón, para empezar por donde concluiré, contiene a los demás, siendo más poderoso el último que contiene siempre a los anteriores, sin eliminarlos (para mantener la diferencia y articularse con ella) pero absorbiendo sus potencias y subordinando a los derrotados, que lucharán contra su hegemonía de mil formas. Así, la cadena entera no se destruye ni se crea, sólo se transforma por medio de ilusiones o juegos de poder, tal como lo dijeron hace más de cinco mil años los hinduistas.

Sartre con su Ser y la Nada, eliminando a Dios, el primer eslabón, no pudo, con todo, evitar la gravitación del fundamento, recubierto en los otros dos, alrededor de una libertad proyectiva y decisional, que él la supuso como condena, y reconocer, por otro lado, desde la nada, el absurdo de la vida y al mismo ser, como una pasión inútil.

Cada eslabón se cree en su momento, la certeza fundamental que construye mundos donde ejerce hegemonía sobre los eslabones rivales y subalternos. Pero al final, si es que hay alguno, encontramos no la reconciliación ni la coexistencia pacífica, sino el retorno de lo reprimido.

Creímos expulsar a Dios y regresó en el “Hombre”, y éste al ser denunciado en su carácter representacional, ha terminado por abrazar sucesivamente a la razón, el poder y la tecnología, bajo la crítica, la diferencia y la emancipación. Ahora, el vacío de la mente empezará a ser necesario para justificar los bancos de datos afuera y los motores de búsqueda como Google; el sentido se pluralizará en el comercio para estar siempre vacíos de espíritu y elegir cualquiera; el consumo tratará de convertir la nada en algo, y la virginidad de los cuerpos, al tatuarlos, nos diferenciarán unos de otros como huellas digitales. La Nada ocupará el lugar desfondado de los eslabones anteriores y abrirá sus brazos para recibirnos o ahogarnos. O las dos cosas al mismo tiempo.

Es viejamente sabido que Dios es un fundamento y garantía de sentidos de todo tipo. Origen (Arché) y destino (Telos) de todo ente. Sin él nada existiría y nada se explicaría. Se puede contar con él al comienzo o al final, no importa, porque en los procesos circulares limpios (como los no modernos) o entorchados como el hegeliano, siempre se reencuentra consigo mismo, en cualquier punto de la circunferencia. Cuando muere este Dios, o lo matan, da lo mismo, es el vacío, que sus herederos suponen le antecedió al propio Creador, quien se encargará de construir su sucedáneo: el Ser.

El Ser, heredero secular de los atributos divinos, puede ser visto desde dos puntos de vista: el epistemológico/metafísico que inaugura Descartes y el óntico que señala Heidegger. Mientras Descartes anuncia el ascenso de una conciencia que se tendrá a sí misma por universal, cuyos coronamientos lo harán Kant para los liberales y Hegel para los marxistas, esconderá detrás suyo un “punto cero”, una borradura, como sus antecesores paganos y cristianos, invisibilizando no solamente a un observador europeo para justificar su dominio epistémico frente a los colonizados, como creen los decoloniales, sino a alguien más amplio y más grave aún, que me incluye y me hace responsable en su denuncia: los intelectuales, que siempre han hablado por los demás, a través de promesas y amenazas, sin garantías ni controles de parte de los que no son como ellos.

Sobre el dominio de los colonizadores, hay que seguir reflexionando sobre la reveladora importancia que han tenido los intersticios interimperialistas. Se sabe que tales intersticios, mientras se hacían la guerra, generaron las dos revoluciones más grandes en los países semicoloniales (la Primera Guerra Mundial desencadenó la revolución Rusa y la Segunda, la revolución China) y al final de esas guerras, por su decadencia, cansancio y subordinación ante EEUU por medio del Plan Marshall, permitieron de algún modo la descolonización afroasiática.

Sin embargo, es en el terreno epistémico donde poco se sabe que Alemania, la potencia sin colonias, dos veces derrotada, es a la que le debemos la denuncia y desenmascaramiento (primero con el Romanticismo frente a la Ilustración, seguido luego de un marxismo dogmático frente al liberalismo clásico, continuado a su vez por el escepticismo de la Escuela de Frankfurt, combinado débilmente con el nihilismo precedente que legitimó al nazismo), por su misma ambición de obtener ventajas de sus rivales, de toda la miseria eurocéntrica, representada por Francia e Inglaterra. Heidegger llegó a decir, una vez, que los franceses, pese a Descartes, no podían pensar, sino era a través de los alemanes y Nietzsche siempre despreció a la “pérfida Albión”.

Los pensadores postcoloniales todavía no terminan de explotar estas revelaciones alemanas (que, no por denunciar a sus gemelas rivales, dejaba de compartir con ellas sus valores, incluso superiores para justificar la colonización que no pudo hacer afuera, efectuándola adentro con ellas, e inventar sus propias cartografías que iban desde Grecia hasta ella misma), aunque se sirvan de muchos de sus principios para sembrar la desconfianza en todo tipo de utopías entre los colonizados.

Desde los cínicos hasta Heidegger, pasando por Bakunin (punto de fuga en esta colonia de autores), pero también desde el Baghavad Gita hasta Lao Tsé, esta corriente nos dejó la sospecha sobre el asunto con “la representación de lo ausente” (Vorstellung), con la fuga e inasibilidad de la presencia plena. Y nos sembrará la duda hasta el corazón de la Representación de ninguna esencia y fundada sobre un abismo (Ab grund). Abismo, parecido pero no igual al de las corrientes “orientales”, que no han podido saltar los occidentales porque en vez de eliminar la “acción”, le multiplicaron con placer, más bien, su velocidad.

Habrá seres y no Ser; habrán incertidumbres y no certezas; habrá suspensión del juicio y no crítica; habrá empoderados y desempoderados; habrá lo que no es y no lo que será; habrá siempre desconfianza y no utopía.

Reconoceremos, entonces, que la máscara sólo venía cubriendo un vacío, llamado deseo de encontrar algo sólido. Esa nada creadora en otras culturas, nos desesperará en la “nuestra”, es decir, en la de los occidentales. Mientras a las culturas que mejor la conocen las calma, las serena, a la nuestra la excita, la droga y la destruye. Consumo sobre consumo, deseo sobre deseo, velocidad sobre velocidad, la nada nos está cobrando el precio para llegar a conocerla como el nuevo Dios que un día expulsamos: nuestra propia ejecución en nombre del centro de una cebolla, tras la caída de todas sus capas, que no encontraremos jamás.

Es curioso que sólo sepan ver las cosas así, los filósofos conservadores contemporáneos (especie de sucesores de la Contrarreforma) del tipo de De Maistre, Bossuet y Bonald, que imaginan al Dios de todos los tiempos, cambiar frente a sus enemigos, dejándose derribar, y al mismo tiempo colocarse en lo más profundo de los nuevos principios victoriosos y, así sucesivamente, llegar a declararse por fin vencedor en su desaparición completa, que es nuestro nihilismo de hoy. “La trampa de la divinidad articulada en torno al nihilismo consiste precisamente en subsumir a la razón (con minúscula), en el interior de sí misma, y hacerse a la vez invisible: eso es nihilismo consumado. La trampa del nihilismo consiste pues en que finalmente se hace desvariar a la propia razón, y en la medida en que la divinidad es invisible, se convierte a la razón en víctima de sí misma, en ejecutora de lo que en realidad ejecuta esa divinidad ausente” (Serrano, 2006: 236).

Para concluir, en la cadena que he presentado, Dios, como fundamento, está siempre en todos los eslabones, pero en los dos últimos se invisibiliza como certeza, primero, y como abismo, después. Pero siempre triunfa.

Harto de escribir sobre estos temas, imagino cómo deben sentirse aquellos de ustedes que soportaron el sufrimiento de llegar hasta aquí. Como les ordeno a mis alumnos, recordando los tiempos goliárdicos de las universidades renacentistas, cuando se aburren con mis charlas: cierren sus putos cuadernos, salgan a secuestrar un bus, llénenlo de cervezas y meretrices, y vayámonos todos al mar !!!

REFERENCIA:
Serrano, Vicente (2006). Nihilismo y Modernidad (Dialéctica de la antiilustración). Madrid. Plaza y Valdés.


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