• Jun. 19, 2015, 5:11 p.m.

No todo lo que cuenta se puede medir y no todo lo que se puede medir cuenta”. Albert Einstein

Ninguno de nosotros se ha escapado de escuchar o leer el término más importante --y más sonado-- en el lingo de los economistas: el PIB o Producto Interno Bruto (en inglés --la lingua franca de nuestros días-- el “Gross Domestic Product” o GDP). El PIB como indicador de la riqueza de un país o el tamaño de su economía se popularizó en los años 90 y fue el sucesor del PNB (Producto Nacional Bruto) desarrollado en los años 30 por un grupo de economistas del Buró Nacional de Investigaciones Económicas de EE.UU.,  siendo el más visible el economista bielorruso-estadounidense Simon Kuznetz (1901-1985), premio Nobel 1971.  Kuznetz, padre del PIB,  fue además  su primer crítico al reconocer sus importantes limitaciones: “El bienestar de una nación no puede inferirse de una medida del ingreso nacional” (1942).   

De manera escueta y sin entrar en su forma de cálculo ni en las implicaciones de la inflación y el poder adquisitivo, el PIB se define como la suma a valor de mercado de todos los bienes y servicios finales producidos y transados en una economía en un periodo (mes, trimestre o año).

A pesar de ser el PIB (en su versión total o per-cápita) la medida internacional estándar con la que por el momento contamos para medir la riqueza de los países y sus habitantes, y  apartando la inherente subjetividad de los datos económicos --que en realidad son estimaciones gruesas para representar realidades que típicamente arrojan márgenes de error considerados inaceptables en las ciencias exactas (química, física e ingeniería)--, este tiene enormes limitaciones. Dichas limitaciones, aunque no lo descalifican como indicador y herramienta útil de comunicación para medir el desempeño cuantitativo de la economía sí advierten no solo mucha cautela en su comprensión y uso, sino que nos invita a todos a evolucionar hacia indicadores más completos y humanizados. A evolucionar más allá del PIB.

La primera gran limitación del PIB es que es un flujo, no un “stock” o balance de la riqueza.  Típicamente, para medir la riqueza de las empresas o los individuos se usa la famosa ‘hoja de balance’, ya saben: activos menos pasivos es igual al “stock” de capital que la empresa o el individuo poseen. Por esta razón el PIB para una nación --en un sentido estricto-- es un indicador del desempeño anual de la economía, mas no de su riqueza o ‘stock’ acumulado. Un indicador más propicio para medir la riqueza material --que ya estaría en condiciones de usarse en muchos países-- se denota en con la letra “β” (beta) y consiste en los activos físicos (sin deuda) o riqueza neta de un país dividido entre su Producto Interno Bruto. En Francia y Estados Unidos, por ejemplo, “β” o su riqueza, es entre 5 y 6 veces su Producto Interno Bruto (Piketty, 2013). Si --entreteniendo una atrevida extrapolación-- aplicáramos el mismo ‘ratio’ a Nicaragua que tiene un PIB de aproximadamente US$11,000 millones (2015), nos arrojaría una riqueza que podría oscilar entre 55,000 y 66,000 millones de dólares (un poco menos de lo que le estima la revista Forbes a los señores Gates y  Slim, individualmente). ¿Será que si sumamos el valor de mercado --neto de deuda-- de bienes raíces, activos financieros, infraestructura vial y demás activos tangibles --incluyendo la tierra--, en todo el territorio nacional llegamos a una cifra parecida?

Otra conocida limitación del PIB es que solo incluye bienes y servicios que se transan en el mercado. Pero ¿qué hay de la agricultura de autoconsumo? ¿Del trabajo en casa y el cuido de los niños y adultos mayores (que no se cobra ni se paga)? Estas actividades --muchas de ellas de subsistencia, altruistas, voluntarias (aunque también algunas delictivas)-- que tienen un costo de oportunidad que sí cuenta, no forman parte de los indicadores de ‘riqueza’. Por otro lado, actividades que admiten medición como las reservas minerales y/o petroleras del subsuelo, el agua, los bosques, la biodiversidad y el balance de emisión del dióxido de carbono también quedan fuera de la medida de ‘riqueza de las naciones’, no solamente por no ser un flujo que se transa en el mercado sino porque el consenso mundial aun no madura lo suficiente como para hacerlos contar, a pesar de que forman parte de las valoraciones geopolíticas que generan fricciones internacionales y guerras expansionistas.  
¿Qué hay con otras formas de bienestar como la paz y la felicidad, hasta hace poco descalificadas como totalmente subjetivas por la teoría económica, pero que vienen siendo integradas en los análisis costo-beneficio de las políticas públicas con un cada vez más alto costo de oportunidad? ¿No son acaso bienes públicos o privados que tienen valor a la hora de levantar un inventario? Cuando a mí me preguntan cuáles son los activos más importantes de mi país, mi respuesta corta es siempre “la paz, la seguridad ciudadana, y la naturaleza afable y generosa de mi pueblo”.

La contabilidad ‘verde’ que toma en cuenta los recursos naturales y la contabilidad social --que incluye las acciones intangibles a las que nos hemos referido-- sin duda agregan un gran valor, pero debido a que aún navegan por terreno heterodoxo y sin estándares internacionales, están lamentablemente marginadas del ‘reino’ de los indicadores económicos, aunque afortunadamente recogidas en los indicadores de desarrollo humano de Naciones Unidas.

Siendo un ávido consumidor de estadísticas económicas, no pido en este artículo peras al olmo. Lo que estoy sugiriendo es que la próxima vez que veamos las cifras del PIB de un país, sepamos que estamos viendo un indicador cuya vida útil ha expirado y que hace falta ver mucho más allá --hacia dentro de una nación-- para realmente captar las complejidades de su economía, y entre ellas las bases del bienestar de sus habitantes.

*El autor es representante de Nicaragua en el FMI. Tiene una maestría en economía y es ingeniero eléctrico.

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