• Jun. 22, 2015, 10:57 a.m.

Tuve un padre excepcional, él partió hace 44 años, sin embargo, la llama de sus enseñanzas  se mantiene siempre viva en mis creencias, actitudes y conductas, me atrevo a decir que él vive en mí, posiblemente eso es expresión de vida eterna.

Mi padre predicaba con sus actuaciones, nos enseñó a trabajar, él fue súper trabajador, lo hacía de día y de noche, su oficio se lo permitía, era músico, en el día tocaba en iglesias, daba clases de piano en colegios y a domicilio; era integrante de un conjunto musical, por las noches amenizaban fiestas y tocaban en centros nocturnos de la época.

Nos trasmitió valores de convivencia pácifica, tolerancia y respeto hacia los demás, particularmente a la familia. No recuerdo nunca una palabra ofensiva en mí casa, nunca gritos o maltratos, jamás recriminaciones o quejas por lo que cada quien hacia, nunca lamentos por limitaciones económicas, aunque las hubiese.
 
Nos dio catedra de fidelidad, lo que durante muchos años me rehuse a practicar. Nunca supimos de relaciones extra matrimoniales, es decir, que mí padre fue hombre de una sola mujer, fiel, leal a su esposa hasta el último día.
 
La disciplina financiera en el hogar era casi una obsesión, en mí casa no se gastaba más de lo que ingresaba, no existía estrés por presión de cobradores, lo que se tenía, por muy modesto que fuese, se adquiría de contado.
 
Nos enseñaba que hay que esforzarse para alcanzar una meta o tener algún bien material. Cuando un familiar intentó lanzarnos a una contienda con un tío por una herencia, el consejo de mi padre fue: cuando lleguen a tener algo, que sea porque se lo han ganado con el sudor de su frente, porque les ha costado. Solo lo que cuesta se aprecia, decía.

Trasmitía afecto pero también firmeza. A los 13 años me rehuse a continuar estudiando, su decisión fue ponerme a trabajar, posiblemente él consideró que no aguantaría la carga y que en poco tiempo renunciaría y volvería al colegio; o quizá pensó que iría a él a pedirle auxilio y  que nuevamente se hiciera cargo de mis gastos.

Nada de lo anterior sucedió, trabajar fue para mí una gran escuela, significó madurar con carburo. Me imagino que su corazón se le hacía chiquito de verme agenciandome el sostenimiento diario, pero hoy pienso que si él hubiese optado por chinchinearme, ser permisivo, darme todo a cambio de nada, quien sabe cuales serían los resultados.

Nadie es perfecto, todos, al menos tenemos una debilidad, la de mí padre fue el alcohol, que penetraba y minaba las bondades, calidades y cualidades que le caracterizaban. Posiblemente él no conoció esa palabra que está escrita en la biliba: “No mires al vino (El licor) cuando rojea, cuando resplandece en la copa; entra suavemente, pero al final como serpiente muerde, y como víbora pica”.

Cuando visito la Diriamba de mi niñez, siempre alguna persona me refiere alguna anectoda de él. Soy un hijo orgulloso del padre que le tocó, sus virtudes son inmesamente mayores que sus defectos y debilidades. Doy gracias infinitas a Dios por haberme dado el privilegio de tener un padre terrenal como él.

  • Queremos saber de Ud., le invitamos a escribirnos al correo electrónico crecetdm@gmail.com
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