• Jun. 30, 2008, 5:17 p.m.
Si la frase “las aguas negras del capitalismo”, lo remonta a la célebre marca de bebidas carbonatadas Coca- Cola, permítame decirle que el título de este artículo nada tiene que ver con dicha sustancia-ícono del capitalismo.

16 de septiembre de 2007, un día normal en Irak. Mueren baleados en la carretera 17 civiles iraquíes, entre ellos, el niño Alí Abdul Razzaq, de un disparo en la cabeza.

Los autores de las descargas, según la media y testigos: agentes de seguridad de la transnacional Blackwater, compañía estadounidense que brinda servicios de seguridad privada en conflictos armados dentro de otros países, y que está conformada por hombres procedentes de las fuerzas especiales y servicios de inteligencia norteamericano. Es decir, la privatización de los servicios de seguridad personificada. Body guards de altos funcionarios estadounidenses, que debido a la naturaleza de la labor realizada, tienen licencia para hacer de todo y responder por nada en absoluto.

Ese día, Abdul-Razzaq, su hijo Alí, la hermana de Abdul y sus tres hijos, se dirigían a casa. Nunca fue tan fatal hacer lo cotidiano: un convoy del cuerpo diplomático estadounidense transitaba la misma carretera que ellos, y era resguardado por guardas de Blackwater, quienes súbitamente dispararon contra los vehículos civiles. El resultado de “peinar la carretera”, fue la muerte de 16 civiles y Alí, de 9 años.

"Sólo seguían disparando, aunque nadie se movía, estaban simplemente ‘peinando’ el camino entero". Éstas fueron las declaraciones que Abdul-Razzaq, junto a otros testigos, dieron el pasado 27 de mayo ante un jurado a puerta cerrada en Washington. Las ofertas de compensaciones de la empresa Blackwater no se hicieron esperar.

Familiares de las 16 víctimas tomaron su premio de consolación–compra conciencias de 12.500 dólares por muerto ¿Cuántas cosas se podrían comprar en Nicaragua con esa cantidad? No muchas. Los seres humanos ultimados a disparos –a juzgar por la indemnización dada- no valían en el mercado nicaragüense ni para comprarse una casa de clase media baja, un automóvil nuevo no suntuoso, una vida digna, una terapia psicológica familiar y su medicación vitalicia. No regresarían al niño fallecido, ni a las otras 16 personas, aunque eso finalmente era lo que deseaban las familias sobrevivientes.

Contrario a los demás, el padre de Alí demandó de Blackwater una reivindicación moral ante él, su familia y su tribu por la muerte de su hijo. Dos cosas: la admisión del crimen y una disculpa pública. Pero era sabido, que admitir la comisión del delito o una disculpa era inconcebible, debido a las implicaciones legales.

Lo curioso del caso, es que la política estadounidense indica que se dará una compensación a civiles iraquíes que perezcan en circunstancias en las que sea evidente que éstos no se vieron involucrados en un ataque contra Estados Unidos. Lo cierto es que las familias Msobrevivientes fueron compensadas. ¿Por qué habrían de serlo? Sencillo: evidentemente los civiles iraquíes no se vieron involucrados en un ataque contra Estados Unidos y aún así, Blackwater abrió fuego.

El propósito de la compensación es claro: acallar las denuncias propias de las atrocidades de una guerra. Si ofrecieron a esas personas una compensación, ésto constituye una implícita aceptación de Blackwater ¿Qué hay que discutir? Es incuestionable que ellos dieron muerte a esos civiles, y lo peor, sin razón aparente.

Lamentablemente, pese a la existencia de testigos presenciales, un video filmado por el gobierno iraquí y los cuerpos de las víctimas, desde septiembre de 2007, nada se ha resuelto; tal vez las dilaciones en el proceso y la impunidad ostentada por esa firma norteamericana, se deba a la inmunidad conferida por una orden especial firmada por Paul Bremmer, ex jefe de la ocupación estadounidense en Irak.

Después de 8 meses, el padre de Alí, sólo tiene el consuelo de la palabra ahora, pues a raíz de la situación acaecida, cada convoy debe ir ahora acompañado por un funcionario del Departamento de Estado de Estados Unidos e instalar cámaras y equipo de grabación en sus vehículos.

Dicen que la espera en sí es una muerte a cuenta gotas. Un padre iraquí no tiene más que esperar con paciencia de reloj de arena, mientras la realidad supera las más optimistas expectativas, mostrándonos cómo las aguas negras estadounidense hunden los gritos de Abdul diciendo: “¡Me han matado a mi hijo!”, en otro amanecer en Irak, entre balas, irregularidades y violaciones de garantías y libertades ciudadanas.

La escritora es Abogada.
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