• Ago. 9, 2015, media noche

Uno de estos días mi pequeña nietecita Isabella (8 años) me acompañó en mi caminata dominguera. Antes de salir, le expliqué que el trayecto a recorrer era de aproximadamente cinco kilómetros; ella aceptó el reto e iniciamos el camino.

Cuando habíamos avanzado más o menos tres kilómetros, apareció mi esposa invitándonos a abordar su vehículo, argumentando que ya habíamos caminado suficiente. Sinceramente, ante la insistencia de mi esposa estuve tentado a ceder y le dije a mi nieta que si estaba cansada, continuáramos en el auto; sin embargo, con firmeza me contestó: “¡Cuando yo me hago un propósito, aunque me sienta cansada, no me rindo, sigamos!”. Así se hizo, llegamos a la meta y dije: “Hija, lección aprendida”. 

Recientemente, después de tres años de sobreesfuerzo durante los que me tocó cumplir con la responsabilidad que me corresponde en el hogar como esposo, padre y abuelo; mantener el ritmo de actividad laboral y dedicar fines de semana, y horas de la noche a estudiar, logré finalizar satisfactoriamente los estudios de maestría en psicología clínica y de la salud que me había propuesto alcanzar desde el 2012. 

Con toda sinceridad, debo reconocer que en el trayecto de los tres años en más de una ocasión me sentí agotado y agobiado; mi mente se encargó de intentar empujarme a la salida fácil de aceptar la derrota y tirar la toalla. Sin embargo, participar en esa maestría tenía propósitos, especial y principalmente adquirir capacidades técnicas y científicas para contribuir al bienestar psicológico, espiritual y físico de personas que así lo demanden. 

Al igual que lo hace mi nietecita, cuando se presentaba el agotamiento, le anteponía el propósito por el cual estaba luchando, hacía conciencia que ese cansancio era el precio que debía pagar para lograrlo. 

He aprendido que para te,ner una vida plena de realización, independiente de la edad, siempre hay que estar en movimiento, ir de un punto A a un punto B, siempre tras un propósito; salir de la zona de comodidad y no quedarse estancado, a sabiendas que se presentarán momentos de agotamiento psicológico y físico, pero estando siempre tomado de la mano de Dios. Él nos dará la fortaleza para salir avante, porque escrito está: “Los que esperan en el Señor Renovarán sus fuerzas. Se remontarán con alas como las águilas, Correrán y no se cansarán, Caminarán y no se fatigarán”. Isaías 40:31.

Amiga, amigo, dispongámonos a vivir una vida plena, no importando la edad que en este momento tengamos. Siempre hay metas que alcanzar y propósitos que le dan dirección a nuestra vida, que además inyectan fuerzas como las del búfalo para lograrlos. No tiremos la toalla, ojala que la actitud y el actuar de mi nieta nos inviten a la reflexión, y seguramente llegaremos a concluir que cuando tenemos propósitos no nos rendiremos. Apropiémonos del Salmo 31:24 que dice: “Esfuércense, y aliéntese su corazón, Todos ustedes los que esperan en el Señor”.

Le invito a tomarse de la mano de Jesús, dígale: Jesús mío, yo le acepto como Señor y Salvador de mi vida. Le pido que me dé sabiduría de lo alto para establecer propósitos, esforzarme y contar con la fuerza y energía suficientes para alcanzarlos. 

Queremos saber de Uds. Les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com . 

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