• Ago. 30, 2015, media noche

Con mi esposa tenemos por norma no andar viendo por el retrovisor de la vida, hace muchos años decidimos sacar del baúl de los recuerdos todas las facturas y prenderles fuego con el fin de no andar pasando cuentas por situaciones vividas en tiempos pasados. 

Sin embargo, pensamos que es sano de vez en cuando repasar algunas cosas, para no volver a repetirlas. Con ese propósito, una tarde de estas le pregunté que le había causado más daño en aquellos tiempos de relación tormentosa. 

La respuesta fue: infidelidades, adolecer de falta de apoyo del esposo y sentirse ignorada constantemente.

En relación a este último aspecto recuerdo que me jactaba ante mis amigos, como si fuera un gran mérito, de ser especialista en la aplicación de la llamada “ley del hielo”, entendida como una actitud que se propone ignorar a una persona y herir sus sentimientos haciéndole sentir que no nos interesa. 

Analizando en retrospectiva esta situación, he tomado conciencia que la aplicación de la indiferencia es una arma que destruye autoestima, hace sufrir, causa dolor y abre heridas profundas en el corazón de la persona agredida, que no sanan fácilmente.

Iniciamos una nueva etapa de vida matrimonial, hace 14 años, el punto de partida que marca un antes y un después es el momento en que decidimos aceptar a Jesucristo como Señor y Salvador de nuestras vidas. 

Estábamos en medio de una crisis que nos había llevado a vivir “juntos, pero no revueltos”, teníamos casa, pero no había hogar, teníamos hijos y nietos en común, pero no constituíamos una familia, como matrimonio estábamos en el borde del precipicio. Allí nos encontró y de allí nos rescató Jesús.

Guiados por la palabra de Dios, hemos luchado por erradicar de nuestra relación la odiosa “ley del hielo”, respetándonos, aceptándonos con virtudes y defectos, manejando diferencias, enfrentando opiniones dispares, buscando y encontrando soluciones a los problemas sin renunciar a la propia individualidad y sin pretender sojuzgar ni imponer el propio punto de vista a la pareja.

El camino recorrido no ha sido fácil, ha significado reconocer y aceptar que se ha causado daño a un ser amado. También ha implicado ponerse frente al espejo del alma y ver lo que no se había querido ver, una persona arrogante, altiva y soberbia.

Todos los días le pedimos a Dios que mantenga viva la llama del amor hacia él y entre nosotros, que seamos sensibles, que no subestimemos, que no le demos cabida a la indiferencia afectiva, a la frialdad,  a la ausencia de contacto físico  y estemos dispuestos a practicar la escucha activa. 

Pedimos habilidad para saber escuchar lo que la otra persona expresa verbalmente, que sepamos atender el lenguaje corporal y todo lo que subyace en las expresiones de la pareja, y de esa manera comprender y asimilar sus sentimientos e ideas.

Amiga y amigo, si Ud. aplica la “ley del hielo” o si a Ud. se la aplican, pídale a Jesús que ponga amor en Ud., dígale que lo acepta como Señor y Salvador, que le dé valor y humildad para erradicar esas actitudes y conductas asociadas que solo dolor y sufrimiento acarrean, clámele y él le responderá.

Queremos saber de Uds. Les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com . 

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus