• Jul. 6, 2008, 5:01 p.m.
La educación es siempre un ejercicio de la libertad. Sin ella estaríamos ante situaciones de amaestramiento, manipulación o adoctrinamiento, que podrían resultar eficaces en procesos de socialización, pero indudablemente, no ante actuaciones realmente formativas.

Debe considerarse que las instituciones educativas formales son un reflejo de la sociedad y de las problemáticas que en ella se propagan. Por eso la educación no hay que concebirla como un fenómeno aislado, ni tampoco que ésta tenga como único escenario la escuela, el colegio o la universidad. En este sentido, podemos recordar la frase de Marshall McLuhan: "hoy en nuestras ciudades la mayor parte de la enseñanza tiene lugar fuera de la escuela".

Por eso un auténtico líder educativo, también debe posar su mirada sobre la educación informal, pues la educación se da en todas partes: en las computadoras, los programas televisivos, las revistas, etc. Un liderazgo de éste corte estaría claro sobre el ensanchamiento de los cauces de la educación y del influjo que ejerce sobre los educandos.

Una de las insatisfacciones que una persona líder, desde lo pedagógico, debe recalcar, es el fraccionamiento de las disciplinas que se atomizan en "asignaturas", reduciendo los todos a partes, sin establecer puntos de encuentro o discordancia. El perfeccionamiento intelectual supone la profundización en determinados campos del conocimiento, pero implica también la adquisición de una cultura general o humanista, como ideal de la formación humana completa. Nuestra educación no debe consistir en acumular información dispersa, sino en adquirir una visión de conjunto que nos capacite para comprender y transformar el mundo.

Es por ello que la filosofía educativa del nuevo liderazgo pedagógico podemos denominarla educación integral. Este paradigma busca esculpir al ser humano en toda su dimensión y profundidad y puede aplicarse, tanto en los centros educativos, como fuera de ellos.

El auténtico líder educativo tiene como objetivo primordial no sólo preparar a los individuos para que se valgan por sí mismos en una determinada "especialidad", sino a persuadirlos y motivarlos para aprender a lo largo de toda la vida, de que sean capaces de escrutar las zonas profundas de su yo, de que aticen siempre su curiosidad, y de que fomenten el riesgo creativo sin importar las edades.

La educación no puede reformarse a base de decretos, como una sociedad no puede sanear sus índices delictivos a base de cambios en sus leyes. Los maestros sólo pueden beneficiarse con las nuevas ideas si las comprenden desde adentro. Pero uno de los grandes inconvenientes del ser nicaragüense, es su resistencia al cambio y quizás sólo a esperar que las transformaciones vengan de otras civilizaciones, aplastando toda tentativa de innovación propia.

Se prefiere convertir la educación en una larga carrera de obstáculos, con trabajos aburridos y desanimando a cualquier pupilo creativo. Hay incluso docentes tan mediocres que repiten invariablemente el mismo programa durante casi tres décadas. Los profesores creativos se enrolan, a veces, en programas experimentales, que suelen encontrar problemas burocráticos. En la profesión más decisiva para la transformación humana de la sociedad, hemos privilegiado escasamente el talento y la sensibilidad.

Por eso un líder o lidereza educativo/a tiene visión de futuro al plantear propuestas sobre la formación del "hombre y de la mujer del mañana" y no ser un simple "apaga fuegos" del momento. Sin embargo, podemos apreciar que la educación, en términos generales, no está planificada a largo plazo y no se tiene claro un concepto ideal de ser humano y de sociedad. Sin una base filosófica de estos temas, la educación, lejos de ser una formación integral, puede transformarse en instrucción, adoctrinamiento, amaestramiento o una práctica meramente artesanal.

El líder pedagógico debe buscar resaltar las sorprendentes capacidades humanas, las nuevas fuentes de conocimiento y aprendizaje, proporcionar una orientación hacia la creatividad y la trascendencia. Es alguien que intenta siempre despertar el aprendiz que se lleva adentro y que está aguardando a ser liberado. Destaca cómo la educación institucionalizada vino a encarcelar ese aprendiz.

Esta ineptitud para enseñar, con un sistema educativo en el que repetir "verdades inamovibles" es más importante que mantenerse abierto a los nuevos descubrimientos, es algo que debe detectar el líder educativo. El reconocimiento de este malestar pedagógico es el producto de un sistema que enseña a los estudiantes a "estarse quietos", a repetir el pasado, a atenerse a lo mandado y a apoyarse en certidumbres petrificadas.

En nuestro tiempo, en un mundo sometido a profundas y rápidas transformaciones, en que los acontecimientos adquiridos hoy se tornan caducos en la generación siguiente, resulta cada vez más urgente capacitar al estudiante para el autoaprendizaje, la criticidad y la inventiva para la resolución de problemas. Sin embargo, no es posible concebir que este tipo de educación no esté estructurada sobre la base del diálogo, sobre la comunicación interpersonal de educador y educando, mediante el respeto y la confianza mutuos, sobre la participación democrática de los educandos en el autogobierno del aula, o como forma de incentivar el liderazgo educativo.

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