• Nov. 8, 2015, 11:11 a.m.

La recién pasada conmemoración del Día de Difuntos fue una ocasión para realizar un repaso de hechos vitales relacionados con ese día, así como mecanismos de afrontamiento y superación de la adversidad propia del duelo.

Me ha tocado experimentar la cercanía de decesos de personas muy queridas, familiares y amigos, pero indiscutiblemente la muerte de mi único hijo varón fue la que me condujo por un camino de trastornos emocionales, una gran desorganización en todos los aspectos de mi vida, e incapacidad para enfrentar y resolver situaciones y problemas cotidianos que son propios de la etapa de vida adulta.

Durante cinco años estuve enfrascado en negar la muerte física de mi hijo, de alguna manera me aferraba a la idea de que él estaba vivo y que en cualquier momento lo encontraría. Qué difícil se hace aceptar la muerte de un ser querido, sobre todo cuando uno tiene la creencia que los hijos entierran a los padres y no al revés.

En mi caso personal, la resolución de la crisis de duelo se inició cuando decidí enfrentar la realidad y aceptar con mucho dolor que mi hijo había muerto físicamente, pero que en espíritu estaba con nosotros. Esto no lo logré por mis propias capacidades, sino que, al amanecer del siguiente día del domingo de resurrección del año 2002, un varón de Dios en una calle de Managua me habló de un Jesús que había muerto por nosotros hace dos mil años, que había resucitado al tercer día y que ese día estaba presente, vivo. Este varón me invitó a repetir una oración de aceptación de Jesús, y ese fue el inicio de una etapa de sanación que ha durado desde entonces y que me ha dado muchas razones para continuar viviendo.

Durante todo este tiempo mi mente ha estado sometida a un proceso constante de renovación, que a su vez me ha conducido a transformaciones de conducta. La renovación ha consistido en sustituir creencias viejas por nuevas, que se encuentran en la palabra de Dios. Entre muchos cambios ocurridos, debo mencionar que pasé de ser una persona desesperanzada a una llena de esperanza. He aprendido que la esperanza es una fuente inagotable de vida y una armadura imbatible en las adversidades.

La esperanza que el fruto el Espíritu Santo me inyecta todos los días, que me dice que llegará el día en que me reuniré con mis seres queridos que ya han partido, me proporciona las energías suficientes para superar los problemas del diario vivir y tener una calidad de vida en donde trato de sustituir: tristeza por alegría, resentimiento por amor, pensamientos negativos por positivos, frustración por confianza, desánimo por esperanza, ira por mansedumbre, temor por fe y venganza por perdón.

La esperanza nos permite tener paciencia en momentos adversos. El Salmo 62:5 dice: Alma mía, espera en silencio solamente en Dios, pues de él viene mi esperanza. Solo él es mi roca y mi salvación, mi refugio, nunca seré sacudido.

Hoy vivo aferrado a Dios, utilizo algunas herramientas poderosas y efectivas como la fe en Él, la fuerza de la oración, la esperanza y el amor. Trato de amarlo a Él por sobre todo y de amar a mi prójimo como a mí mismo.

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