• Nov. 29, 2015, media noche

Algunas personas con quienes he tenido la oportunidad de conversar recientemente, expresan inquietudes matizadas de cierto grado de ansiedad y hasta temor, por lo que ocurre en el mundo.

Si nos atenemos a lo que vemos, oímos y leemos en algunos medios, el panorama no puede ser menos angustioso. Se habla de cambio climático, guerras, atentados terroristas, enfermedades contagiosas, etc.; y como si no fuera suficiente, a nivel local se agregan situaciones tales como: crisis con país vecino por inmigrantes ilegales, personas de una u otra tendencia política, para quienes todo lo que sucede en el país está mal. Para rematar, la naturaleza nos mueve el piso con temblores y explosiones de un volcán.

Las inquietudes de amigos y amigas no son infundadas, tienen como fuente de alimentación las situaciones mencionadas, y otras más. Algunas de ellas reales, otras imaginarias o sobredimensionadas. Lo cual puede generar preocupaciones, angustias, aflicciones, temores, es decir, posibles estados neuróticos, que atentan contra estilos y calidad de vida de las personas.

La historia, independiente de quien la escriba, nos muestra que las crisis han estado presentes desde siempre, quizá con diferentes matices a las actuales, por lo tanto, si la resolución de un problema no está en nuestras manos, no hay por qué darle más cabida de la minimamente necesaria. 

Estoy próximo a finalizar la sexta década de vida, y en todo este tiempo he vivido de crisis en crisis, de problema en problema: huracanes, inundaciones, terremotos, crisis políticas, guerras, problemas económicos, etc…, y aquí estamos. ¿Por qué? Porque de cada problema o crisis, o situación difícil, he salido airoso por la misericordia de Dios. La Biblia dice que Dios nos lleva de gloria en gloria, de misericordia en misericordia, por ello le digo, no se angustie, saldremos adelante, ¡Créalo!

Durante todos estos años, en defensa de la calidad de vida de mi familia y la mía, trato de no sobredimensionar los acontecimientos; analizar y aceptar la realidad desde mis creencias, poner en práctica en cada situación la oración de la serenidad: aceptar lo que no puedo cambiar, cambiar lo que esté a mi alcance, y saber diferenciar entre una y otra; mantenerme aferrado al sentido de mi vida; tener la disposición y decisión inquebrantable de ser mejor cada día, de no quedarme en el piso cuando caigo, y aprender de los errores propios y ajenos.

Evitar la contaminación de malas noticias y augurios fatalistas no es sencillo, es una lucha diaria, la cual, en mi caso no ha sido posible lograrlo en mis propias capacidades, lo hago tomado de la mano de Jesús y el Espíritu Santo. 

Cuando Jesús estaba cerca de partir de esta Tierra, le dijo a sus apóstoles: les conviene que me vaya, porque les enviaré al consolador, intercesor, ayudador que es el Espíritu Santo, quien intala su fruto en nuestro corazón, nos conduce por un proceso de renovación de la mente y transformación de conductas, para ser cada vez mejores. Este fruto es: amor, gozo, paz, benignidad, fe, esperanza, paciencia, mansedumbre y dominio propio. Poniéndolos en práctica, podemos vivir sin ansiedades y preocupaciones innecesarias, vivir en paz aún en medio de la tormenta. ¡Créalo!

Queremos saber de Uds. Les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com

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