• Dic. 9, 2015, 10:56 a.m.

En estos días he realizado un repaso de mí vida, que este próximo 7 de diciembre alcanza los 68 años. Ello con el propósito de descubrir actitudes y conductas que han sido beneficiosas, pero también, aquellas que en algún momento me han causado daño. Como resultado reafirmo que el afán y la preocupación son un grave impedimento para atender debidamente el presente.

Una de las cosas que más frecuentemente nos roba la posibilidad de disfrutar del presente es estar preocupados tanto por el ayer como por el mañana. Antes de descubrir esta conducta, por lo general siempre priorizaba las cosas futuras, lo cual impedía vivir a plenitud el momento en que me encontraba. Tengo recuerdos lejanos de actividades realizadas, quizá a causa, de no darles la atención debida por estar con preocupaciones situadas en el pasado o en el incierto futuro.

Pareciera que tendemos, consciente o inconscientemente, ha echarnos cargas en nuestras debilitadas espaldas, algunas referidas a los problemas que enfrentamos en el presente; otras, posiblemente más pesadas, que tienen que ver con situaciones vividas en tiempos pasados, tales como fracasos, heridas recibidas en alguna relación, las cuales siempre con los lamentos las mantenemos abiertas y sangrantes; adicionalmente nos empeñamos en llevar una tercera carga muy pesada: la del futuro. Generalmente viendo venir el mañana con miedo, esperando siempre lo peor.  

Ansiedades, estrés, adicciones, preocupaciones innecesarias, hipertensión, úlceras, quebrantamientos emocionales, enfermedades del sistema nervioso, con las inevitables repercusiones negativas en el hogar, en el lugar de trabajo, y en la sociedad son los resultados que se obtienen de llevar a cuestas estas cargas.

En los últimos años me he propuesto vencer estas actitudes y conductas, por lo que he abrazado una filosofía de vida que consiste en aprovechar al máximo el día presente, el día de hoy, disminuyendo la atención al pasado y dejando en paz el futuro.  

Sigo sin titubear las enseñanzas del Señor de la vida, Jesús, que nos dice: “Bástale a cada día su propio afán”.  Él nos enseña que el día es para trabajar, luchar y esforzarnos; y la noche para dormir, descansar y olvidar.  

En este propósito de vivir una día a la vez, al final de cada día me digo: veo para atrás solo para tomar lo que vale la pena, el resto lo tiro al saco del olvido, porque el pasado ya pasó. Con respecto al futuro este es incierto, no se si llegará, asi que, ¿porqué preocuparme por ello?

Así que me esmero en vivir a plenitud cada día, con sus cosas buenas y malas, de modo que no tenga a la noche de qué lamentarme. La biblia en Romanos 8:28 dice: Todo lo que sucede a los que aman a Dios, ayuda para bien, si es conforme a sus propósitos. Yo me agarró a cada momento de esa palabra para no estar lamentando lo que no salió bien, ni angustiarme por lo que aun no sucede.

Amiga, amigo, Dios quiere que sea feliz, que disfrute la vida. Es difícil para nosotros, pero para Él todo es posible. Invítelo a su vida, déjese guiar, ponga en práctica sus mandatos, confíe en Él y aprenderá a vivir un día a la vez con los beneficios que ello acarrea.
 
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