• Ene. 17, 2016, 7:48 p.m.

A como ya lo he manifestado en columnas anteriores, el primero y más importante propósito que me he fijado alcanzar en este 2016 es aprender a vivir un día a la vez. Al iniciar cada día, subo a la barca y me dispongo a navegar el día, con total y absoluta fe en que el Espíritu Santo de Dios va conmigo, que bogaré aguas adentro, posiblemente se presentarán dificultades, pero con Él las enfrentaré y al final de la jornada llegaré a la otra orilla, con la satisfacción y alegría de un día más vivido a plenitud, por la gracia del Padre, del Hijo y del Espiritu Santo.

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Previo a zarpar dedico aproximadamente dos horas a llenarme del fruto del Espiritu de Dios, que me proporciona la guianza, fortaleza y energía necesarias para la jornada. Sin embargo, me doy cuenta que administrar emociones, deseos y debilidades es uno de los temas más complejos que enfrento durante el día.

Por muchos años he acostumbrado hacer lo que quiero, cuando quiero y como quiero, los resultados de este comportamiento no siempre han sido los mejores. En la etapa de vida actual he llegado al convencimiento que uno puede hacer lo que quiere, pero no todo es conveniente.

Los seres humanos por naturaleza somos emocionales, si no controlamos las emociones, lo más probable es que tengamos muchos problemas. Dios nos ha dado libre albedrío, como dice el Apóstol Pablo en 1 de Corintios 6:12,

“Todo está permitido, pero no todo es para bien y no dejaré que nada me domine.”

Para evitar hacer lo que no nos conviene, que causa daño, el fruto del Espiritu de Dios proporciona dominio propio, mediante el cual nos capacita para controlar y administrar las emociones.

Amiga, amigo, les estoy invitando a vivir a plenitud, hacerlo un día a la vez. Para lograrlo, Dios les equipa con dominio propio, para enfrentar y vencer las acenchanzas propias de la miseria humana, tales como: ira, egoísmo, envidia, orgullo, celos, contienda, etc., que les pueden conducir a conductas que roban la paz y la alegría impidiendo una vida sana y de convicencia pacífica con el prójimo, especialmente con la familia.

Cuando una persona está atrapada por la ira, celos, egoísmo, envidia, etc.., tiende a actuar dejándose llevar por esa gama de emociones negativas.

Arrancar esas raíces de amargura es una batalla difícil, para obtener la victoria requerimos contar con las armas y poder necesario, especificamente con el dominio propio que proporciona el Espiritu Santo de Dios. El prerrequisito para acceder al poder dado por el Espíritu Santo, es reconocer a Jesús como nuestro Señor, salvador, libertador, sanador y proveedor.

Jesus ha prometido estar con nosotros todos los días de nuestras vidas y mediante su amor y su poder podemos dominar emociones y debilidades. Dios desea que seamos amorosos, disfrutemos la vida diaria, que seamos pacientes, mansos de corazón, que perdonemos así como Él nos perdona a nosotros.

¡Con Dios todo es posible!, tener dominio propio ante nuestras emociones, naturaleza humana, la maldad y pensamientos negativos es posible con Jesús, pues Él no nos ha dado un espíritu de cobardía, si no de amor, de poder y de dominio propio.

Queremos saber de Uds. Les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com

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