• Ene. 25, 2016, 7:06 p.m.

Sabemos que la violencia contra la mujer es un problema de salud pública de proporciones epidémicas a nivel mundial y en nuestra región. De lo que no se habla con tanta frecuencia es de cómo esta violencia afecta a los niños y de que además a menudo ambas coexisten. La exposición de los niños a la violencia es el predictor más fuerte y consistente de su transmisión intergeneracional.

En el caso de los varones, vivir violencia en el hogar durante la infancia hace 2,5 veces más probable que agredan a su pareja de adultos, ya que han aprendido que el que tiene más poder en una relación puede usar la violencia para imponer su autoridad. Las mujeres que de niñas vivieron violencia en el hogar también tienen mayor probabilidad de ser agredidas en sus relaciones de pareja.

A medida que el conocimiento sobre estos tipos de violencia aumenta, hemos aprendido que sus diferentes manifestaciones están interconectadas y que comparten factores de riesgo. Por ejemplo, sabemos que tanto la violencia de pareja contra la mujer como la violencia contra los niños tienden a darse en familias donde hay normas rígidas de género, relaciones distantes e inseguras entre padres e hijos, incapacidad para resolver conflictos sin agresión y legitimación del uso de agresión por quienes tienen mayor poder para sancionar a quienes desobedecen.

La violencia durante la infancia se mete bajo la piel y puede perjudicar el desarrollo físico, socioemocional y cognitivo de niños y niñas de por vida, aumentando sus probabilidades de tener dificultades en el desempeño escolar, tener problemas psicológicos como depresión o ansiedad, mostrar comportamientos agresivos y establecer relaciones saludables.

A pesar de sus consecuencias perniciosas y duraderas, el uso de violencia física o psicológica contra los niños es extremadamente común en la región: entre el 45% y el 85% de los niños sufre alguna forma de disciplina violenta en sus hogares por parte de progenitores o cuidadores. Los castigos físicos o psicológicos son una forma social y, en algunos países, legalmente aceptada de violencia a pesar de vulnerar derechos fundamentales de los menores. Dichos como “la letra con sangre entra” reflejan una creencia generalizada sustentada por encuestas que muestran que muchos adultos -en algunos países más del 80%- consideran natural recurrir al castigo violento para imponer disciplina.

Sólo 8 países en la región cuentan con legislación que penaliza explícitamente el uso de violencia contra los niños de tipo corporal. En el otro extremo, la situación más alarmante se encuentra en el Caribe, donde algunos países legitiman su uso en escuelas u hogares. Lo cierto es que contar con legislación que proteja a los niños es un prerrequisito, pero prevenirla requiere de esfuerzos importantes para modificar pautas de crianza arraigadas en la cultura.

Detener la violencia en los primeros años, un factor clave

Y aquí tenemos una gran oportunidad. Históricamente la investigación, políticas y programas de prevención y respuesta a la violencia contra la mujer y a la violencia contra los niños han seguido trayectorias paralelas. Sin embargo, la creciente evidencia sobre su intersección y las oportunidades de un abordaje integrado exponen claramente la necesidad de un trabajo coordinado en estas dos áreas.

Recientes revisiones de evidencia sobre cómo prevenir la violencia contra la mujer señalan como muy prometedoras, intervenciones que cuestionan normas que sustentan la desigualdad de género, promueven la comunicación asertiva y la resolución no violenta de conflictos, así como los programas que buscan fortalecer competencias parentales, mejorar las relaciones entre padres e hijos y promover el uso de disciplina positiva. Detener la violencia antes de que ocurra, durante los primeros años de vida, es una de las áreas críticas tanto para frenar su transmisión intergeneracional como para evitar consecuencias negativas en el desarrollo de los niños.

Por eso, las intervenciones de desarrollo infantil temprano presentan una oportunidad privilegiada para integrar el cuestionamiento de los roles y expectativas estereotipados de género, promover la participación de los hombres en la crianza, modelar relaciones familiares equitativas y respetuosas, identificar situaciones de violencia y referirlas a las autoridades competentes.

El objetivo en ambos casos es el mismo: promover entornos familiares seguros y estables donde mujeres y niños vivan libres de violencia y que las próximas generaciones aprendan a establecer relaciones basadas en la igualdad, el respeto mutuo y la resolución pacífica de conflictos.

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