• Feb. 15, 2016, 9:05 a.m.

Una persona con quien tuve la oportunidad de conversar en estos días expresaba angustia y temor por los riesgos que estábamos corriendo debido a las consecuencias que podría tener la actividad volcánica que, en días recientes, ha originado movimientos telúricos.

La persona elaboró toda una historia que desembocaba en un evento de gran magnitud. En dicha historia, el lago de Managua se contaminaba aún más de lo que está debido a los ríos de lava que recibiría; el agua para consumo humano se dañaría;  vinculaba lo que está ocurriendo aquí con el terremoto registrado hace unos días en Taiwán; etcétera. En fin, para esta persona, según lo que andaba en su mente, asignaba altas probabilidades a que ocurriera una fatalidad.

Días después escuché a una persona, experta en el tema, explicando que estos períodos de actividad son más o menos normales y necesarios. Entendí que son mecanismos propios que contribuyen a liberar energía y, por ende, a disminuir el riesgo de acontecimientos de mayores proporciones. Decía que era poco probable de que en caso el volcán expulsara lava, esta llegara hasta el lago de Managua; comentaba que en otros países la formación de mantos o lagos de lava era motivo de atracción turística, enviaba un mensaje tranquilizador. Hay que tomar precauciones, pero no dejarse atrapar por el pánico.

Esto es un ejemplo de una persona prisionera (la primera) de pensamientos negativos, vulnerable a trastornos emocionales, y otra (la segunda), con sentido de realismo, de pensamientos positivos, con la fuerza necesaria para mantener un equilibrio emocional.

Estos dos tipos de pensamientos (negativos o positivos) no tienen límites, cruzan transversalmente la sociedad; no tienen color político, ni religioso, ni étnico, ni ideológico, ni preparación académica, ni clases sociales. Son inherentes al ser humano, están presentes allí donde uno anda, y más aún hay circunstancias en que, en lo personal, fui portador de fatalismo y negatividad.

Las causas que activan estas formas de pensar pueden cambiar, son diversas; sin embargo, las manifestaciones y los efectos en la salud psicológica, particularmente en lo emocional, son iguales o parecidas.

Hay estudiantes que todos los años al aproximarse los exámenes tejen historias en donde el malo de la película es el o la docente y dan por sentado que no aprobarán; sin embargo, quizá nunca han reprobado. También se da el caso de trabajadores que todos los días viven en ascuas, porque en su pensamiento ronda la idea negativa que serán despedidos; no obstante, tienen cantidad de tiempo de laborar en dicho lugar.  

Epicteto, filósofo griego (35-135 d.C.), en su 'Manual de Vida' afirma: No nos afectan (psicológica, emocionalmente) los acontecimientos… sino lo que pensamos y nos decimos sobre dichos acontecimientos (cómo los asumimos).

Jesucristo, el Maestro de la vida, el Maestro de las emociones, en la carta del apóstol Pablo a los Romanos (8:28), nos promete: Todo lo que acontece a los que aman a Dios, ayuda para bien.

Si nos apropiamos de esta palabra, toda puerta al fatalismo y a pensamientos negativos se cierra y entonces agarrados de esta promesa, podemos cambiar la forma de pensar y alejarnos de toda vulnerabilidad psicológica y emocional.

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