• Feb. 15, 2016, 9:04 a.m.

El “tsunami de la longevidad” será uno de los conceptos que más resonarán en este 2016 para hablar de la sostenibilidad de las pensiones. Así quedó de manifiesto en la última edición del World Pension Summit en La Haya, Holanda, evento que reúne a expertos en pensiones de distintas latitudes, especialmente de países desarrollados. Ante la transición demográfica que enfrentan diversos países, especialmente en Europa y Estados Unidos, la imagen del “tsunami” quiere enfatizar el “necesario sentido de urgencia” para abordar el tema del envejecimiento de la población.  Sin duda financiar las pensiones se convierte en un tremendo desafío al tener que dar cobertura a un mayor número de personas que alcanzan la etapa de retiro. Sobre todo si además se considera que viven más tiempo como pensionadas y que, simultáneamente, hay cada vez menos trabajadores activos, y por tanto, contribuidores al financiamiento de las pensiones. Según estadísticas de Eurostat de Enero 2014, para los 28 países de Europa, por cada 10 personas en edad de trabajar había en promedio casi 3 personas mayores de 65 años. En América Latina esta relación es hoy en día cercana a 1 jubilado por cada 10 personas en edad de trabajar, pero se espera que alcancemos los niveles de Europa en unos 50 años (Datos CEPALSTAT, 2015).

Este desafío ha puesto en jaque la solvencia de los tradicionales sistemas de pensiones, financiados a través de transferencias intergeneracionales (los trabajadores de hoy financian a las generaciones ya jubiladas). Y para hacerle frente, los países desarrollados han recurrido a diversas vías, como aumentar la edad de jubilación, cambiar las fórmulas de cálculo de beneficios, subir las tasas de contribución y reducir beneficios. Y, finalmente, también se ha recurrido a la transición hacia mecanismos de ahorro complementario para el financiamiento del retiro (OECD Pensions Outlook, 2014).

Retos para la región

En el caso de América Latina, además del desafío de la longevidad que enfrentan los sistemas de pensiones de países desarrollados se suma un bajo nivel de cobertura contributiva, asociado a los altos niveles de informalidad laboral. El rol que los sistemas de pensiones deben jugar en este entorno es crítico. Se requiere de diseños que promuevan la formalidad y canalicen los subsidios hacia quienes tienen mayor vulnerabilidad. Asimismo, canalizar estos recursos hacia actividades que promuevan la productividad es especialmente importante a la hora de pensar en una futura población envejecida.

La adecuada cobertura del riesgo de longevidad debe abordarse a través de una mirada integral a los sistemas de pensiones. En este sentido es relevante el evaluar aspectos tales como el nivel y cobertura de beneficios no contributivos, fórmulas que generen incentivos a contribuir, la fiscalización del pago de las contribuciones, y otros temas relacionados con cobertura de los sistemas tratados en extenso en libro Mejores Pensiones, Mejores Trabajos (Bosch, et al 2013). A su vez, la eficiencia y nivel de competencia en las industrias privadas, las regulaciones a las inversiones de los fondos, la edad legal de retiro, los mecanismos e incentivos al ahorro voluntario, entre otros, son también muy importantes. Pero, en un escenario de aumento de expectativas de vida, también son de la mayor relevancia los mecanismos a través de los cuales se pagan los beneficios. Ya que, para que un sistema de pensiones cumpla con su principal objetivo, el pagar pensiones, es imprescindible el cubrir adecuadamente el riesgo de longevidad y que los productos de retiro se destinen al fin para el cual se aportó.

Al igual que en el caso de un Tsunami, el primer paso para hacer frente al aumento de la longevidad es tomar conciencia de la existencia de este riesgo. De hecho, la llegada de la etapa de retiro en el contexto de mayor expectativa de vida, más que un riesgo será una realidad para la gran mayoría de los habitantes de América Latina. Por ello, a nivel de la sociedad se requiere de sistemas de monitoreo que permitan tomar medidas tempranas, mecanismos de mitigación de los riesgos, así como también conductos para canalizar solidaridad hacia quienes lo necesiten. El aumento en longevidad es un Tsunami que, a diferencia de los maremotos devastadores, debería ser una oportunidad. De nosotros depende que así sea y no nos encontremos frente a la incapacidad de dar una vida digna a la población de mayor edad. Una mirada al camino recorrido por otros países frente a este fenómeno sin duda ayudará a identificar fórmulas para llegar mejor preparados a esta etapa.

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